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La lección de los ocho sándwiches.

Por Alberto Morales Gutiérrez

Viene difundiéndose por las redes sociales una historia ocurrida en Medellín, que es una lección soberbia sobre la esperanza, la solidaridad y la revolución de las pequeñas cosas. Hay algunos aguafiestas que se niegan a creerla y exigen evidencias. Debo confesar que no las necesito. Quiero creer en ese relato formidable, necesitamos creerlo.  

Se supone que los hechos sucedieron en el barrio Manrique de Medellín.

A lo largo de seis años, entre 2016 y 2022, aparecía amarrada de un poste, una bolsa con ocho sándwiches. La colgaban todos los días más o menos a las 3 de la madrugada. Indigentes de la zona se acostumbraron a ella, la esperaban. Se trataba de hombres de la calle, muchachos drogadictos casi todos ellos. Un día de 2022, la bolsa dejó de aparecer.

Pasado un tiempo, a través de las redes, una trabajadora social que realizaba sus tareas en la zona, empezó a preguntar quién conocía o sabía de la persona que realizaba ese gesto diario. Quería conocerlo. Muy rápidamente le llegó la respuesta. Una mujer confesó ser la hija del hombre que los elaboraba y empacaba, era su padre y había fallecido cinco meses atrás de un infarto. Le narró la tragedia de su hermano quien fue atrapado por la droga y la manera como su padre se dedicó a buscarlo en la ciudad por todos los rincones. Cuando lo encontró fue tarde. Había aparecido muerto en el barrio Manrique, al lado del poste en donde se colgaban los sándwiches. El hombre se enteró de los suplicios de su hijo y fundamentalmente, de la manera como el hambre contribuyó a su muerte.  Se le ocurrió entonces elaborar los sándwiches y colgarlos como un homenaje diario a su muchacho y con la intención expresa de que los indigentes se alimentaran.

Nunca faltó, independientemente del clima o de la fecha.  

Unas veces tenía los recursos para hacerlos con jamón y queso, otras veces solo queso, otras solo mantequilla. Pero jamás dejó de llevarlos. Su hija afirma que debieron ser más de 17.000 a lo largo de ese tiempo.

El hombre hizo su tarea en silencio, sin reclamar el más mínimo reconocimiento. Era su “causa”. La comunidad quedó impactada. Hubo una multitud rodeando el poste en donde le rindieron homenaje a su memoria, colocaron una placa para que el gesto no fuera olvidado y se distribuyeron entre todos, la tarea de hacerlos. Todos los días, en el mismo poste, los sándwiches siguen apareciendo.

Pero claro que todo esto es un grito de esperanza, un homenaje a la portentosa capacidad solidaria de nuestra especie, al poder del gesto mínimo, a la fuerza del calor humano. Se trata de un contraste abrumador con la otra realidad que nos asedia, la realidad de la violencia, de la intemperancia. La realidad del embrutecimiento colectivo, de la ausencia de pensamiento.

Entonces, inundado de esa especie de sensación beatífica en la que el optimismo prima, me he dado a leer con otros ojos, sobre las realidades medievales, esa época oscura de la humanidad en la que los pesimistas pudimos tener la certeza de que no era posible, en lo más mínimo, creer en la posibilidad de algún cambio.

En “Los Libertinos Barrocos” (Anagrama 2009) Michel Onfray se detiene en Francoise De La Mothe Le Vayer (1588-1672) el célebre tutor de Luis XIV, a quien no le gustaba “la multitud estúpida”, el pueblo, la tenebrosidad de las grandes masas. No sabían leer, desde luego. ¿ Cómo podrían escribir – se pregunta el autor- para un pueblo encadenado, sometido a la exigencia de asegurarse la subsistencia cotidiana y, por tanto, obligado a trabajar con las manos “y a alienar su cuerpo y su carne, su alma, su libertad, su inteligencia”?.

Y clama: “¿cómo un campesino, un vendedor de pescados, un carpintero, enviados desde su más tierna infancia a los campos, a los mercados, los talleres y el océano, podrían aprender a leer, amar la lectura, entender lenguas extranjeras, moverse en el mundo de las letras y de los eruditos, captar las finezas dialécticas de los filósofos?”

Eran otros los que tenían acceso al pensamiento…la nobleza, los clérigos, fracciones reducidas de los ejércitos. A los libertinos no les interesaba verse afectados por “el aliento del pueblo”.

Esa era la idea dominante, una idea que era cierta, además. Pero ocurrió algo. Siempre, siempre, siempre, cualquier cosa puede suceder. Entre los años 1685 (13 años después de la muerte de La Mothe De Le Vayer, y el año 1815, la Ilustración tomó forma, el Siglo de las Luces lo iluminó todo, aparecieron Voltaire, Diderot, Rousseau, d’Alembert, d’Holbach, Montesquieu, Louis de Jacourt y el mundo se puso patas arriba.

No hay que perder la esperanza. El mundo es capaz de tomar formas diversas, desconocidas.

De hecho, en esas discusiones intelectuales que perviven en medio de la agitación revolucionaria, aparecen nuevos iluminados que nutren los juegos del pensamiento, aun nadando contra la corriente. Un personaje muy olvidado pero que fue ciertamente notable, Saint- Évremond, llega a la conclusión de que la filosofía no sirve para nada (la había ejercido con cierto éxito a lo largo de su vida) y construye de manera rebelde, un nuevo axioma: “para hablar con sensatez, nos interesa más gozar del mundo, que conocerlo…”

Fue más allá y esto explica la razón por la cual es hoy un perfecto desconocido u olvidado. “para vivir feliz no hace falta reflexionar ni pensar demasiado”. Dejó de ser trascendente.

Tengo fe en el pensamiento y tengo fe en la revolución de las pequeñas cosas. Si en el siglo XVII, en medio de condiciones tan adversas, el mundo conocido fue capaz de empezar a reflexionar en la soberanía de la razón, en la búsqueda de la felicidad, la libertad, la igualdad y la tolerancia; en el humanismo, en el poder de la ciencia y fue capaz de derrumbar monarquías ineptas, cardenales corruptos, ideas oscuras, sectarismos bárbaros, es definitivamente válido mantener vivo el fuego de la esperanza. Cualquier cosa puede suceder.

P.D. Encuentre en www.alalberto.com todas las columnas, artículos y reportajes. Puede escribirme a alberto.morales@moralescom.com

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4 respuestas a «La lección de los ocho sándwiches.»

Bien venida de regreso la esperanza simple y sencilla, sin comillas ni letras capitales..!
La esperanza es como el olor de las arepas asándose en los millones de hogares humildes alrededor del mundo.. básicas como el entender que permite la lectura , la filosofía ó la buena charla..o los cambios crueles que nos llevan a aceptar un mensaje de amor en trozo de pan.

Hola Eduardo. estimula tu respuesta de bienvenida a la esperanza simple. Hay una fuerza poderosa y desconocida en la revolución de las pequeñas cosas…

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