El mundo contemporáneo necesita de manera desesperada la sensatez aprendida a fuerza de errores y derrotas, para que nos brinde una luz en medio de este desafuero de las urgencias. Un desafuero en donde, está demostrado, la reflexión no tiene cabida.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Todo parece indicar que sí existe la justicia poética. Donald Trump, que es un atarván de siete suelas, convirtió la enfermedad de Joe Biden y los achaques de su edad, en un chiste de mal gusto. Fue tan burdo en la pasada campaña electoral (bueno, siempre ha sido burdo) que alcanzó a imitar groseramente las torpezas de su contrincante, al caminar.
Hoy, es Trump quien protagoniza en las redes sociales la burla colectiva: se cae, se hincha, se resbala, no duerme, se pierde, cojea. Muy pronto cumplirá 80 años.
La División de Población de la ONU ha alertado sobre el hecho de que el crecimiento de los índices de envejecimiento de la población mundial no tienen precedentes y que se trata, además, de un fenómeno generalizado a nivel global, que “afecta a cada hombre, mujer y niño de forma diferente”. El informe concluye con un tono pesimista: “no volveremos a tener porcentajes de poblaciones jóvenes como los de antes”.
La acelerada disminución de los nacimientos en Colombia, agudizada después de la pandemia, permite afirmar según datos recientes publicados por Corficolombiana, que nuestro país lidera el envejecimiento de su población en América Latina. De hecho, la prospectiva indica que, para el año 2070, seremos uno de los países más envejecidos del mundo.
El filósofo Italiano Norberto Bobbio (1909-2004) publicó “De senectute” (Taurus 1997). Ese texto, esa reflexión, ha de haber sido escrita cuando Bobbio tenía 86 años. Lo hizo, pues, con conocimiento de causa.
Su balance recoge con humor la frase de un poema japonés (no menciona el nombre) en el que el autor confiesa: “no poseo una filosofía, solo poseo nervios”. Bobbio sintetiza con esa frase, la “dolencia” con la que más sufrió en su juventud: “ira santa”. Todo apunta a que era un colérico, un irascible empedernido, y que el mal se le fue curando en la medida en la que él, por fin, empezó a aprender con el tiempo.
Relata Bobbio los inevitables impactos personales, cuando sintió que su vida transitaba cabalgando en un epíteto: “vejestorio”, “anciano cadavérico”. Con todo y su portentosa trayectoria, vivió los efectos de “la marginación de los viejos”. Confiesa que fueron esos sentimientos encontrados los que lo impulsaron a escribir el libro.
Reflexiona sobre la velocidad de vértigo con la que se mueve el mundo de hoy y su impacto en las percepciones del tiempo. Se detiene en la lectura de un texto de Sandra Petrignani – “Viejos” – y no oculta su horror con el contraste entre el testimonio de una anciana que acaba de perder un hijo: “la vida es siempre un error. Por nada del mundo volvería a vivirla”, y la también horrorosa estrategia de los “genios” del marketing, que han convertido al viejo en un target para impulsar nuevos consumos. “En una sociedad en la que todo se compra y se vende, también la vejez puede convertirse en una mercancía como las demás”.
Es desgarradora su mirada sobre los viejos pobres.
Y entonces, en el camino, se nos aparece el Bobbio genial, el que está preparado siempre para el debate, el pluralista, el humanista; cuando concluye que, el viejo satisfecho de sí (el viejo de la tradición retórica), tanto como el viejo desesperado, son dos actitudes extremas. Propone que la reflexión será tanto más poderosa, si se ubica en la variedad de nuestros humores hacia la vida, en ese pluriverso de valores contradictorios donde nos movemos; en el escenario de las dificultades existentes para comprender el mundo y, dentro de este, las dificultades para comprendernos a nosotros mismos.
Su primera afirmación categórica marca un terreno: “El mundo de los viejos, de todos los viejos, es, de forma más o menos intensa, el mundo de la memoria”. La dimensión en la que vive el viejo – concluye- es el pasado. “El tiempo del futuro es demasiado breve para que se preocupe por lo que sucederá”. Esta última frase es, desde luego, una provocación, pues esclarecerá el concepto ya al final.
El libro se sumerge entonces, en un relato de vivencias, sensaciones, dolores incluso, sobre el ejercicio de su propia vejez, la lentitud del cuerpo, la sensación de que el mundo del futuro no le pertenece y se aferra a la idea de rescatar los recuerdos, como mecanismo de sobrevivencia. Explica su “pesimismo biológico” y también “su pesimismo existencial”, para que uno crea que está derrotado, pero, de repente, asciende al cielo en cuerpo y alma cuando retoma sus saberes sobre historia, democracia, derecho y política, para tratar de explicar lo que cree, en lo que cree y lo que ha aprendido, de manera decisiva, ahora que está viejo: “Aprendí a respetar las ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de las conciencias, a entender antes de discutir, a discutir antes de condenar. Y como estoy en vena de confesiones, hago una más, quizás superflua: detesto con toda mi alma a los fanáticos…”
Fue ahí cuando lo entendí todo. Ningún aprendizaje se logra para construir el pasado. Los aprendizajes son para construir futuro.
Setenta mil años antes de que apareciera la escritura, cuando la sociedad era ágrafa, no existían registros de su historia. Así, para cada clan, cada grupo humano, los únicos intermediarios entre el presente y el futuro, fueron siempre las personas mayores. Sobrevivientes heroicos, repletos de historias y de conocimientos heredados también de sus mayores, a quienes supieron escuchar.
Somos una especie animal frágil, y en medio de esos entornos agresivos, peligrosos, de los tiempos primeros, alcanzar edades avanzadas significaba un privilegio imposible de lograr sin la ayuda de los dioses. La longevidad era percibida como una recompensa divina que solo era dispensada a los justos y a los sabios. Los ancianos eran, además, los jueces y los educadores. Era en ellos que descansaba la posibilidad de un futuro cierto.
La invención de la escritura hizo que el saber del viejo ya no fuera necesario. Ella nos liberó de la peste del olvido. La sabiduría del viejo entró en desgracia.
Olvidamos el significado profundo de la sabiduría. Ella es tener la capacidad de aprender…aprender de la vida, aprender de la experiencia, aprender de los errores, entender.
Siento que hay una gran confusión. Está probado que la sabiduría no es el cúmulo de datos, no es simplemente el conocimiento, no es la especialidad. La sabiduría se parece más al acto de pensar y discurrir con claridad (que es la manera como se define a la lucidez). La sabiduría, sin lugar a duda alguna, se parece más a la sensatez.
El mundo contemporáneo necesita de manera desesperada la sensatez aprendida a fuerza de errores y derrotas, para que nos brinde una luz en medio de este desafuero de las urgencias. Un desafuero en donde, está demostrado, la reflexión no tiene cabida.
Pareciera que es necesario revivir lo que desde tiempos inmemoriales fue reconocido como el Consejo de los Ancianos o el Consejo de los Sabios. Aún hoy, hay organizaciones sociales en donde pervive esta institución: los hopis, los huicholes, los navajos, los iroqueses.
Hoy, analistas sociales, expertos en alta gerencia y la epistemología antropológica, empiezan a transitar de manera conjunta hacia ese rescate. Cualquier cosa puede suceder.
Es con Bobbio que uno aprende que Trump es solamente un imbécil, cuya vejez es nada más que un cúmulo de ignorancia, de incapacidad de aprender. Trump se negó a entender el significado de la vejez. Los años que ha vivido no le sirven para nada.

22 respuestas a «¿La puta vejez…?»
En un planeta cada vez más “devorado” por el sobre poblamiento, sigo sin entender por qué el temor al decrecimiento humano, que va a la par con la disminución del consumo destructor y la expansión de la miseria, tanto material como existencial. Pienso que detrás del “apocalíptico” anuncio de merma de la natalidad, vociferando desde el espectro hegemónico del poder global, no hay preocupación por el envejecimiento poblacional, es más el temor de la caída en el consumismo desbordado que les genera más riqueza.
Si, William, tu reflexión encaja con los contenidos que angustian a la visión neoliberal del mundo. Gracias por leer.
Alberto, al contrario de lo que aparentemente se nos muestra la ancianidad de Trump si es una gran muestra y muy contundente de la realidad que lo produjo y de quienes lo siguen ( porque aqui mismo entre mis conocidos hay los que lo admiran..!)
Esa triste ancianidad desperdiciada y catastrófica es el fruto de una sociedad igualmente estéril y sin frutos.
Los jóvenes que lo siguen resultan igualmente estériles.
Es mejor asi…
Tienes razón Eduardo. Trump es el complejo reflejo de una sociedad decadente que ha sido capaz de construir una visión distorsionada de absolutamente todo. Gracias por leer.
Este artículo me queda a la medida, mil gracias Alberto.
Muchas gracias a ti Eduardo. Un abrazo
Buenisima tu salida de hoy. Abrazo “viejo” amigo
Hola Alejo, que bueno verte por aquí. Gracias por leer, sobre todo temas que “no” te aluden. Abrazo inmenso.
Que buen tema. Es la pura vejez?
A donde llegaremos los más poderosos no lo digo en fuerza sino en sabiduría.
Con lo de Trump. Es caso aparte allá él con sus poderios .
Francisco Javier hola. Muchas gracias por leer y participar. Es un tema que hay que seguir tratando.
Mi papá no fue a la escuela pero era uno de los mejores contando historias que entretenían hasta sus tataranietos,lo hizo hasta el último momento antes de irse de este plano a los 94 años sin dolor y como se van los grandes,con una sonrisa.A falta que hacen ese tipo de viejos,muchas gracias Don Alberto para un montañero como yo es un honor poder leer tus artículos🙏
John, bienvenido siempre por aqui. Muchas gracias por tu comentario. Muchas gracias por leer.
Gracias por este escrito Alberto. Pienso que como en sociedades como la nuestra el panorama de envejecer con dignidad y respeto es bastante oscuro, entonces citando al mismo Bobbio, que escribió: “La melancolía está atemperada, no obstante, por la constancia de los afectos que el tiempo no consumió” ; que construir lazos de afecto, cultivar los amigos, es fundamental para un horizonte más amable.
Hola Claudia. Me gusts mucho verte por aquí. No dudo que los lazos de afecto y los amigos son vitales. Gracias por leer y comentar.
Que maravilla leerlo hoy. La vejez es un regalo, más aún cuando se vive con dignidad y salud! Contrario a la vejez de trump, haber vivido a plenitud y dejar legado tiene sentido.
Muchas gracias Helena.
Buenas “Al Alberto”, de sus reflexiones, me detengo en: “Su primera afirmación categórica marca un terreno: ‘El mundo de los viejos, de todos los viejos, es, de forma más o menos intensa, el mundo de la memoria” La dimensión en la que vive el viejo – concluye- es el pasado. “El tiempo del futuro es demasiado breve para que se preocupe por lo que sucederá”.
Porque creo que cuando hamos vivido más de 70 años, en mi caso, no damos cuenta que hemos malgastado muchísimo tiempo, y lo peor seguimos haciendolo, en particular con la dedicación al dispositivo virtual. Y entonces asumimos un reto, pues “como ese futuro es demasiado breve”, ya es a mediano o aún corto plazo: corrregir y enderezar. Leer montones de libros que reposan en nuestras bibliotecas, películas, discos que ya no sabemos hace cuanto escuchamos. Y sobre todo vincularnos a proyectos pensantes, o promoverlos… Y como dijo alguien en los comentarios cultivar la conversación y el diálogo, no solo con amigos, aún contradictores..
Lautaro. Muchas gracias por tu reflexión. Me parece que haces una apología al “aprender” que es la quintaesencia de la sabiduría. Abrazo
Vivirno es de edad, entrado en mis inicios a la llamada vejez, me agradesco en no haber menajado dogmas y seguir siendo libre y sensata. Espero disfrutar muchisimos años y desencarnar llena de salud y gozo.
Luz Marina. Gracias por leer y comentar. De eso se trata, ¡de la libertad!
Hola Alberto. Un saludo. Dice Bobbio:El mundo de los viejos, de todos los viejos, es, de forma más o menos intensa, el mundo de la memoria”. . Y no se si estoy de acuerdo porque nadie vive el pasado. Es imposible. Lo que hacemos los viejos es vivir “del” pasado y en ello puede haber una gran fuerza creativa -si ello es consciente- porque cada vez que recordamos estamos “re-creando el pasado y volverlo presente. Lo que de esto resulta es un nuevo presente que no tiene porqué ser terrorífico aunque a veces pueda ser deprimente. He escrito algo referente y me perdonas el largor: “Elegí un balcón para otear. Miré desde el balcón la tierra y construí un mapa. Bajé del balcón y penetré la tierra con el mapa. Camine por ella para reconfigurar el recuerdo. Hice nuevas anotaciones en el mapa … y construí otro mapa. He oteado esta tierra en mi memoria muchas veces Y solo he encontrado una atmósfera amnésica. He tratado de mirar el horizonte y los espacios desde una visión aérea; He configurado un mapa de los tiempos, los personajes y los lugares por donde me he desplazado. Me veo caminando, corriendo, amando, odiando, cantando o silbando, untadas mis manos de barro, al frente de una hoja para escribir. Nunca tengo rostro ni nombre. Este mapa es lo que envuelvo muchas veces y lo vuelvo a envolver otras tantas. Es una intentona más. Al final, se podrán dar cuenta que el resultado configura un mapa por el que cualquiera puede viajar y aún perderse porque me ha sido imposible construirlo de otra manera”
Hola Hugo. Muchas gracias por tu lectura y por tu aporte. Me parece fascinante tu imagen de la construcción de mapas.