Se entiende que, finalmente, Alexa no es nada distinto a un truco de “prestidigitación”. Resignar en ese tipo de software el aprendizaje; resignar en el silicio nuestra memoria; resignar en la pantalla el ejercicio de nuestras vidas; es una apuesta al embrutecimiento, cuyos efectos ya se hacen mas que evidentes en el mundo contemporáneo.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Estas últimas semanas han sido abundantes en muertes que conmueven. Entre ellas, las de personalidades que, al pensar en quiénes fueron y lo mucho que hicieron, desencadenan en nosotros la sensación de estar frente a inmortales auténticos que, a través de sus ideas, van a gozar por siempre de cabal salud.
Se trata de la etóloga inglesa Jane Goodall y el filósofo estadounidense John Searle, dos seres humanos excepcionales, decididamente notables, cuya luz brilla en medio del imperio de la oscuridad y cuya inteligencia genera esperanzas, en estos tiempos en los que la imbecilidad y la estulticia se han tomado casi todos los espacios.
De Jane Goodall se ha hablado en abundancia, no así del filósofo fallecido.
El periodista Daniel Arjona, al anunciar el deceso de John Searle afirmó que “se va el aguafiestas oficial de Silicon Valley, el filósofo que durante más de cuarenta años se dedicó a pinchar el globo de la inteligencia artificial, con un alfiler de pensamiento elegante y certero…”. No podría haberlo dicho mejor.
Los libros, ensayos y conferencias de Searle dan cuenta de una originalidad, independencia y solvencia intelectual a prueba de ciclones. Su visión disruptiva sobre lo que significa la “inteligencia artificial” es, de verdad, muy esclarecedora. El mismo Daniel Arjona lo resume con una gran carga didáctica: “…Searle nos susurra desde la tumba una duda radical: ¿y si todo fuera un formidable engaño? ¿Y si la máquina más sofisticada no “entiende” nada, sino que se limita a ejecutar un truco de magia perfecto?
En el siglo XVIII, el talentoso, impertinente e inolvidable Julien Offray De la Mettrie definió al cerebro humano como una máquina perfecta, dotada de células que, al interconectarse entre ellas, hacían funcionar la mente. Los llamados defensores de los “Sistemas de Símbolos Físicos, SSF” asumieron esa reflexión con reverencia, y la adoptaron como el “leitmotiv”de su trabajo. De hecho, toda la construcción conceptual de la informática en general y la denominada “inteligencia artificial” en particular, se ha desarrollado como un monumento erigido a las “conexiones”.
Así, en un principio el universo de la IA se movía solo y exclusivamente en el territorio de las ciencias computacionales, de la lógica de las matemáticas. Se trataba de una aventura asociada al conocimiento ingenieril, que logró asombrar al mundo con ejercicios de lo que se denominó la “inteligencia específica”. Abundaron ejemplos como el de las máquinas que competían con los jugadores de ajedrez, pero que eran incapaces de jugar al parqués (un juego más sencillo). Fueron los tiempos en los que se categorizó esa “inteligencia” en dos grandes bloques: La IA débil y la IA fuerte.
El sueño de los optimistas (casi todos ellos trabajan en Open AI y Google) es lograr la creación de un computador que iría muy lejos, pues no sería un simulador de la mente humana, sino que sería, decididamente, una mente. Ello significaría que la máquina soñada contaría con una inteligencia general igual o superior a la humana y que el prodigio y velocidad de sus conexiones le permitiría abordar lo que antes no había podido ser abordado.
Día de por medio hay algún “experto” que, al ser entrevistado, prevé que en los próximos tres años, o tres meses, esa mente artificial estará perfectamente culminada. Elon Musk, desde luego, aplaude excitado y cientos de miles, millones de personas en el mundo, tienen la certeza de que ese es un camino inexorable. Asumen que esas máquinas multitarea (que no ejercen la IA fuerte) exhiben ya una “inteligencia similar a la humana” , aunque reconocen que no experimentan estados mentales. Su convicción es que están cada vez más cerca de generar un software que se comportará en un todo, como un sistema neuronal
Lo objetivo es que no hay respuesta aún a la pregunta que se están haciendo desde hace más de sesenta años, tanto los cultores de la IA como sus detractores: ¿cómo dotar a las máquinas de sentido común?
El profesor español Ramón López de Mántaras explica muy bien las dificultades de esa probabilidad. El sentido común es un fenómeno que trasciende la capacidad de raciocinio individual y conecta al sujeto con su historia, con sus experiencias. El sentido común se construye a través de creencias colectivas, está imbricado en la cultura y en la condición de seres sociales que nos identifica como especie. El sentido común está ligado de igual manera a conceptos bastante abstractos: sensatez, prudencia. El sentido común es un juicio razonable que no ofrece grandes complicaciones. Podría decirse que es una decisión fácil ligada a nuestra cotidianidad. El sentido común es literalmente espontáneo. Se ha dicho que es una expresión del pensamiento común. El sentido común es conocimiento heredado.
La dificultad estriba en que la modelación matemática que sustenta el constructo de la IA es simétrica, mientras que todo el ejercicio de construcción de aprendizajes (como los que el sentido común enseña) son asimétricos, en la lógica de las relaciones causa – efecto.
Percepción, representación, razonamiento, acción, son cuatro componentes esenciales que deben desarrollarse con solvencia en el intrincado universo de los microcircuitos, para empezar a avizorar el sentido humano de aprender.
Esto explica por qué Noam Chomsky siempre ha criticado la denominación de “inteligencia artificial” que se ha dado al desarrollo de ese tipo de software predictivo (ese tipo de software que, cuando usted escribe en el WhastApp, le propone palabras que usted puede utilizar en su frase).
Esa “predicción” es la misma que hace, en medidas de tiempo inusitadas, el Chat GPT; que constituye la más sofisticada operación de plagio jamás desarrollada. Su función es recoger a una velocidad prodigiosa toda la información: textos, diseños, voces, planos, imágenes, que existen en la web y mezclarlas y utilizarlas sin autorización.
Andrés del Corral Salazar, quien ha estudiado el tema, sintetiza así lo que considera tal vez la mayor contribución de Searle a la filosofía: la teoría de la intencionalidad, que se aplica a su enfoque de mente y lenguaje. La intencionalidad es una característica de algunos estados mentales, tales como percibir, desear, creer o imaginar, de tener la capacidad de referirse a algo, o ser sobre algo, o ser de algo, o de dirigirse a algo,
En este aspecto (para citar solo uno) la mente es fundamentalmente diferente de cualquier máquina, por sofisticada que ésta sea.
En 1980, Searle publicó su libro “Mentes, cerebros y ciencia” -Ediciones Cátedra- en el que hace referencia al experimento de “la habitación china”. Se trata de una explicación formidable que destroza la creencia de que el pensamiento es simplemente computación. A partir de la comprensión de lo que ocurre en la habitación china, resulta absolutamente asimilable la idea expresada por Daniel Arjona en el sentido de que las máquinas, sin entender nada, hacen trucos de magia perfectos.
Searle sostiene que la mente humana va mucho más allá de la simple manipulación de símbolos (la gramática o sintaxis), la mente humana posee una capacidad semántica que le permite darse cuenta, estar consciente, de los significados y de los símbolos.
Se entiende, finalmente, que Alexa no es nada distinto a un truco de “prestidigitación”. Resignar en ese tipo de software el aprendizaje; resignar en el silicio nuestra memoria; resignar en la pantalla el ejercicio de nuestras vidas; es una apuesta al embrutecimiento, cuyos efectos ya se hacen más que evidentes en el mundo contemporáneo. En esta perspectiva, es la inteligencia humana la que agoniza.

8 respuestas a «Agoniza la inteligencia humana…»
Usada como complemento creativo, la IA uede servir para configurar una obra artistica. De pronto caemos en la trampa de que también puede tener “sentido común” – común denominador preciso para no disrumpir, para no molestar- dependiendo de nuestro grado de conocimiento y sensibilidad. La actitud creativa es fundamental. La IA puede ser sutil acompañante del testaferro artístico, del impostor que se disfraza, del mentiroso, que trata de convencer y demostrar.
Sabiendo de sus posibilidades, lo mejor sería, seguir intentando como ejercicio eficaz la creación en el silencio del verdadero artista con sus pequeñas batallas y tormentas.
La IA hace parte del gran Cliché, de lo esperado, de lo que debe ser correcto, de lo parecido, de lo “bonito” , de lo que siempre debe ser dicho, de la crítica somera y superficial, insabora, poco ofensiva y perfectamente permisible. Gran edulcorante y sustrato básico del mecanismo del poder previsto y aceptado por el consumidor acrítico, masificado y doblegado.
No creo que un mecanismo de IA logre los diálogos de un Dostowiesky o las intimidades literarias de un Faulkner.
Las expectativas que llena la IA se enmarcan en el espectro del máximo aderezo que se anexa a lo conocido y que complacería con creces a un receptor de poco, nulo o mediano conocimiento.
Hola Juan Fernando, aciertas al definir ese software predictivo como un edulcurante.
Su columna de hoy estimado Alberto esta sustanciosa como un caldito de pollo..!
A partir de lo que he investigado sobre los restos arqueológicos de sitios como Oriente medio, moenjo daro y la zona del Peru me atrevo a asegurar que este paso en la comprensión y entendimiento del pensamiento del hombre sobre si mismo y su reflejo operativo ya lo vivió en forma destructiva varias veces.
El hombre ya logró cúspides poderosas en ingenierías y ciencias de control de la naturaleza pero se le ha terminado escapando la habilidad de sincronizar sus emociones con su expectativas.
Es probable que un reducido numero de individuos lo haya logrado…
Pero hoy la ingeniería promete de nuevo llevar a las masas a esa sincronización imposible.
De nuevo el sueño del silicio, de nuevo otros seres vivos convertidos en roca.
Hola Eduardo, es un recorrido pendular y doloroso. Pareciéramos olvidar que a lo largo de milenios han desaparecido civilizaciones enteras y nuestra especie no sistematiza sus experiencias. Transitamos por el mundo como si nada de eso hubiese ocurrido, mientras irresponsables como Harari proclaman que nos hemos transmutado en dioses.
Huy sin dudas ese apóstol de los idiotas hace una labor de catequesis muy efectiva.
Ese es un desquilibrado marrocano sometido en las catedrales del insularismo Británico…eso es Yuval.
Su atroz predicamento encaja de manera impecable en la narrativa neoliberal. Hemos llegado ya al mejor de los mundos posibles…Es una pluma al servicio de un gran postor. Imagino que Elon Musk lo adora.
Hola Albert0. Gracias por desatar controversia. No confió en la inteligencia humana. No confío en lo que nos están haciendo creer, que la IA destruye la inteligencia humana y nos hace idiotas. No es la IA sino los que están detrás de este sistema “tecno-economico-politico” los que están ganando la batalla por nuestro embrutecimiento. Y hace tiempos, antes de que saliera a la palestra la famosa IA. Solo los brutos (no los animales) nos matamos entre si y nos comemos el planeta, solo los brutos no entienden que la orden de “DISPAREN” la obedecen precisamente los estúpidos. Y creo que apuntar nuestra comprensión hacia aparatos tecnológicos y no hacia lo que es y está haciendo el capitalismo bestial, no ayuda a esclarecer el problema. El papel de Arari con sus tres libros ha sido ese, “desviar la atención hacia otro lado” .
Sólo la acción política empieza a cambiar un sistema, pero precisamente el primer paso es tener claridad desde donde y quien dispara. Un saludo.
Hola Hugo. Muchas gracias por tu precisión. Quise hacer un homenaje al filósofo John Searle y su lucidez para enfrentar la farsa de la IA, pero hay que insistir en quienes son los gestores del engendro y cuáles sus perversas intenciones. Abrazo