Llegar a un estado en el que la gente ya no habla porque lo juzga inútil, es abrir las puertas a la conspiración del silencio. Fue así como emergió y se impuso el mundo de la abstracción, “el mundo de las oficinas, y de las máquinas, y de las ideas absolutas y del mesianismo sin matices”
Por Alberto Morales Gutiérrez
Esta es la lógica de la agitación política en los tiempos modernos. La pregunta recurrente que gravita en las cabezas del “estratega” político, del “experto” en comunicación política, del dirigente “político” y del “analista” político, es: ¿qué tenemos que hacer para sumar más votos?
El voto es lo que lo inspira todo, el voto es a lo que debe conducir todo. Es de antología el interrogante que le escupió tal vez uno de esos genios asesores o periodistas encumbrados (la verdad es que no recuerdo quién fue el personaje) cuando le preguntó a un cliente potencial o a un político frente al micrófono: “¿usted quiere hacer política, o quiere ganar?”. Fue una profesión de fe sobre lo que significa la política para todos ellos.
Sumar votos a como dé lugar es lo que aniquiló el debate político. No hay espacio ya para la discusión de las ideas. Un estratega político español que asesora a un político en Colombia, soltó recientemente este “axioma” que comparten incluso analistas inteligentes: “Eso de los programas políticos es una fantasía. Jamás un programa político ha servido para ganar unas elecciones”.
Es precisamente por ello que el voto se convirtió en una mercancía susceptible de ser comprada, vendida, canjeada. Mas aún: es por eso que “aliarse hasta con el diablo” se convirtió en el “modus operandi” de la actividad política y es por eso que los principios ya no existen. La idea es ganar a como de lugar.
Finalmente, lo que ha demostrado la historia de la agitación electoral en Colombia es precisamente el patético descubrimiento de que siempre, siempre, siempre, todos ganan, incluso la enorme mayoría de los que pierden, porque su “derrota” ha sido negociada.
Los electores son espectadores de una gran charada, una puesta en escena.
Hay reflexiones filosóficas que hablan de la “mitología democrática”. Y es válido, porque se transmutó en un mito la idea de las declaraciones de principios. La oratoria política degeneró en ser una escenificación burda de frases comunes, sentencias lapidarias. La retórica inteligente es un asunto del pasado. Ya el concepto del partido político fue reemplazado por candidatos que quieren ser fetiches: calculan el color de sus prendas, calculan el gesto y calculan la mirada. Calculan cuál es la fotografía y el ángulo de la cara, calculan cuál es el perfil de la anciana a la que van a abrazar. En eso se les va la vida.
De hecho, las decisiones del voto, que ya nada tiene que ver con las ideas, degeneran en un juego de apuestas. No importa ya quién es, o cómo es el actuar del candidato que voy a votar cuando tengo la certeza de que el mío no es el que va a ganar. La decisión inapelable es que votaré por quien tiene la posibilidad de ganarle a ese candidato que, definitivamente, no me gusta.
¿Recuerda usted la grotesca romería de políticos “de avanzada” que se acercaron en las elecciones pasadas a Rodolfo Hernández con el objetivo de negociar? No negociaron porque carecieran de ganas, no. Fue el patán de Rodolfo, el fascista de Rodolfo, el ignorante de Rodolfo, el truhan de Rodolfo, el que les dijo que no le interesaba negociar nada con ellos. Esos políticos borraron de un tajo todo lo que decían representar.
Nunca, como en ese momento, fue más válida esa descripción que hace Michel Onfray sobre “los profesionales de la deserción” a quienes define como los “renegados que van de un extremo al otro según los conduzca el interés, de la misma manera que los centristas, esa peste de la política, que acampa a igual distancia de aquellos a los que se venderá con tal de que sea el mejor postor”.
Esta degradación, esta reducción de la política a la compra del voto, a la transacción con el voto, a la idea que con el voto tengo la obligación de ganar y, si no gano, debo votar para que no gane el contrario, es el triunfo decadente de la economía de mercado, es el triunfo de la “democracia” neoliberal.
Las masas de votantes se movilizan enajenadas por una especie de estribillo grabado en su inconsciente y que se ha constituido en la buena nueva, en la nueva verdad: “lo que es bueno para el mercado, es bueno para el individuo y lo que es bueno para el individuo es bueno para el mercado”
Eso explica el consentimiento, la resignación con los actos corruptos institucionalizados, la difusión colectiva de esa frase deplorable según la cual se da patente de corso a todos los funcionarios y políticos profesionales: “que roben, pero que roben poco” y, más grave aún, que el individuo alienado, como lo sentencia Michel Onfray, quiera solo lo que el sistema le hace desear y asuma que eso que desea lo está deseando en libertad.
El mismo Onfray hace, en esta lógica, una descripción impecable de todo personaje que llega al “poder” y lo que llama sus manifestaciones teatrales: “con el cetro en la mano, hablan como si todavía, y siempre, estuvieran en la oposición. Incapaces de actuar y sin ningún deseo de poner en evidencia su magnífica impotencia, solo enuncian los contornos de su acción para mañana, mientras convierten el presente en la escena perpetua de futuras fiestas que no llegan”. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.
El ejercicio del pensamiento, del pensamiento crítico, surge entonces como un imperativo, una urgencia, una necesidad inaplazable. El pensamiento es la herramienta necesaria para construir el diálogo, la reflexión. Eso que Albert Camus reclamaba con fervor, convencido de que “un hombre a quien no se puede persuadir es un hombre que da miedo”
Llegar a un estado en el que la gente ya no habla porque lo juzga inútil, es abrir las puertas a la conspiración del silencio. Fue así como emergió y se impuso el mundo de la abstracción, “el mundo de las oficinas, y de las máquinas, y de las ideas absolutas y del mesianismo sin matices”
Todo el mundo cree tener la razón absoluta. Somos totalmente incapaces de mirarnos a nosotros mismos. No podemos seguir así.

12 respuestas a «La política reducida a la gestión electoral.»
Cordial saludo, descripcion clara de nuestra politica quiza agregar el uso de la fe la mercaderia de la religion donde escogen iglesias lloran se persinan hasta tres veces, se disfrazan, bailan tocan guitarra alzan bultos en eso se convirtio una campaña pero lo torste de eso es que por la ignorancia de la gente eso es lo que les gusta el clic entre lo burdo y la carencia de educacion
Jesús hola. Gracias por leer y comentar. Los escenarios de la política de hoy y sus puestas en escena, transitan entre la comedia y la tragedia.
La política sctual es el ejercicio de perseguir la ruina en los demás; sean supuestos opositores o no; todos se autoflagelan cuando los controles les advierten su ilegalidades actuarias. Escándalos tras escándalo……..mientras no se depure el ejercicio y se destoerre el conciliabulo con patrocinadores y congresistas, el margen de maniobra legal quefa redicido a minucias o sobras de esas nauseabundas prácticas…….
Hola Juan. Muchas gracias por tu lectura y comentario. Ciertamente son nauseabundas todas esas prácticas…
Gracias estimado Alberto por este artículo que de principio a fín es un Manifiesto libertario…!!
Es libertario porque nos lleva a reflexionar sobre la esencia de elegir a un líder y su profunda connotación con la forma en que la palabra es la realidad..
A partir del momento en que los colombianos aceptaron al ladrón y al comediante no como estereotipos sino como carácteres de poder
Con funciones del grado político el aparato de gobierno y justicia se transformaron en un teatro del absurdo.
Debemos hablar y escribir mucho sobre esto de la política porque es el liquido vital que le dá vida al mundo..!!
Precisamente frente a nuestros ojos se estan desarrollando escenarios mortales de guerra que son producto de comediantes y ladrones que fueron aceptados por sus votantes…
Hola Eduardo. Comparto tu reflexión.En eso degrneró la política, bandas de comediantes!
Alberto, reflexivo y muy profundo su articulo y me identifico con sus planteamientos. Al leerlo, me acuerdo de mi abuelo, campesino santandereano de la otra raya del tigre, entre Girón y Zapatoca, ante una situación como lo planteas, exclamaba con su agudeza de inteligencia natural: “La abeja pierde todo su tiempo y energía en convencer a la mosca que la miel es mas nutritiva que la mierda”. Un poco prosaico pero refleja el nivel de estupidez de la cultura del votante.
Hola Gerardo. Una consecuencia de la degradación de la política es la.exacerbación del fanatismo. La gente no tiene la disposición de escuchar nada que no tenga relación con sus ideas
Realmente Colombia no es un país democrático. Estamos llevados con la clase política, se corrompió todo desde tiempos ah! Votar a conciencia es el ejercicio de quienes creemos aún, pero es deplorable todo lo que hace campaña. Parece un circo la derecha! Gracias don Alberto por estos espacios.
Hola Helena. Muchas gracias por pasar por aquí. La corrupción hace estragos.
La incultura política logra todo eso y mucho más: la compra de votos con un sancocho y un bulto de cemento para la losa del rancho.
Hay niveles de conciencia política. El más triste es el que te menciono. Por fortuna en este gobierno la labor pedagógica ha sido intensa y se han abierto los ojos. Y no sólo delirios intergalacticos o pataletas de resentido,no, ya la gente se pregunta cosas, compara y analiza, busca respuestas. No es solo la foto, el logo o el abrazo oportunista. Los ciudadanos, principalmente aquellos golpeados por la desdicha, ven que surgen oportunidades que antes no vislumbraban. Ahora es más difícil ser manipulado con el mismo cuento del miedo. Si van a votar lo harán casi convencidos que la vida les mejorará impidiendo que los mismos mentirosos vuelvan al poder.
No es tanto lograr el voto, ahora se trata de seducir con ideas, hechos palpables y realizaciones.
Al parecer, y espero no equivocarme, en Colombia la época del voto inconsciente- sin sc-, ya pasó.
Muchas gracias Juan Fernando, por leer y comentar.