Por Alberto Morales Gutiérrez
Esa conmoción que vivimos a las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto, cuando el mundo empezó a sacudirse con fiereza y desencadenó ese estropicio de cosas que caían, vidrios que se rompían, sirenas que aullaban, paredes que se abrían, techos que colapsaban, edificios que se derrumbaban; fue terrorífica e indescriptible. Y entonces, de manera concomitante, apareció el dolor en la forma de los gritos desesperados de las víctimas, la polvareda de la debacle y ese coro de muertes que impuso un silencio desgarrador y penetrante. Tal vez la duración de ese suceso, esa prolongación irracional del movimiento, esa idea de que estábamos presenciando, sintiendo, viviendo una conmoción física que ya jamás se iba a acabar, le dio a todo lo que estaba ocurriendo una dimensión adicional absolutamente pavorosa.
Nos enteramos entonces que todo el occidente del país había sentido lo que nosotros sentimos, y que allá, en el Chocó, en un pueblito invisible hasta esa fecha, San José del Palmar, había sido el epicentro. La fuerza de la hecatombe fue brutal con ellos, las viviendas todas se derrumbaron.
Y el martes pudimos ver los estragos; también pudimos ver la solidaridad de los colombianos, las cadenas de salvamento, la respuesta de las gentes con aquellos que los necesitaban, y también pudimos ver sin matices, en vivo, la dimensión intelectual, psíquica y humana del señor de La Espriella. Qué grotezco, qué patético, que ignorante, qué insulso resultó
