Acallar a Ana Cristina, estigmatizarla, combatirla, vencerla, es su obsesión. Cuenta para ello con el coro entusiasta de los machos, muy varones, que no soportan la entereza, la fuerza, la seriedad, el coraje, la valentía y la persistencia de Ana Cristina Restrepo, que ya a estas alturas, se ha convertido, a pesar del deseo ardiente de sus detractores y del mismísimo Pastrana, en un verdadero símbolo de dignidad y de profesionalismo.
Por Alberto Morales Gutiérre
Hablando de la frivolidad, el inefable Antonio Caballero escribió en una de sus reflexiones semanales, que el cuatrienio de Andrés Pastrana había sido “el más vacuo, el más insustancial, el más frívolo de nuestra historia”. Estaba haciendo un balance, y concluyó que la gente hastiada “de Pastranas vanidosos y de Samperes irresponsables, de Gavirias superficiales y de Barcos amnésicos, de Belisarios volubles y de Turbayes veleidosos…la gente, digo, eligió entonces presidente a un tipo serio, decidido, consecuente: Álvaro Uribe Vélez…” y concluía con todo el poder de su sarcasmo y su aguda inteligencia: “Pero resulta que tampoco. Porque no es solo el presidente Uribe quien ha salido frívolo: es todo el establecimiento colombiano, y a todo lo largo de su historia, desde la Conquista…ese remoquete de “la patria boba” debería servir en realidad para describir nuestro último milenio…es decir, la totalidad de nuestra historia conocida”. ¡Una conclusión brillante!
Mira usted los periplos de Juan Manuel Santos, del impresentable Iván Duque y del patético Gustavo Petro, y no puede menos que entender cómo ese diagnóstico de “patria boba” milenaria, sigue inmodificable.
De la Espriella ha elevado la frivolidad y la bobada a niveles descomunales. Baste con mirar su actuar diario desde los tiempos de candidato y en sus pocos días de presidencia.
Debo decir que, en honor a la verdad, los presidentes no están solos en su actuar bobalicón. Un caso muy reciente, francamente penoso, por su falta de seriedad manifiesta, su ligereza, y la superficialidad del abordaje, lo protagonizó Blue Radio el pasado 31 de agosto, cuando una vez terminada la emisión del programa Mañanas Blue, anunció su cancelación. Las periodistas Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo no pudieron despedirse al aire.
Esa decisión abrupta argumentando falta de pauta y de audiencia, es de un infantilismo colosal. Insulta la inteligencia. No es de imaginar que Gonzalo Córdoba haya llamado “repentinamente” a dar la orden de cancelación porque se “horrorizó” o “colapsó” con un informe de rating.
A no dudarlo, hubo una voz más alta que ordenó ese cierre. No hay que ser un genio para imaginar que tal mandato y su cumplimiento relámpago, ha de haber sido dado por el mismísimo Alejandro Santo Domingo Dávila. No soy capaz de imaginar una voz que esté más arriba. Es el dueño del balón y puede hacerlo. Ha de importarle un pito el escándalo que, además, él debe asumir como un hecho efímero.
La pregunta es: ¿qué pudo hacerlo tomar esa decisión?
Ese grupo económico no se ha caracterizado por ser particularmente dado a perseguir las opiniones contrarias. Su relación con el periodismo de El Espectador es de carácter liberal y no ha sido proclive a acallar voces en los medios que controla. Hay en todos ellos una evidente diversidad de opiniones.
Mi creencia es que confluyeron por lo menos tres fuerzas conspiradoras, aunque podrían ser más.
Es cierto que el día después de la cancelación del programa, trascendió el acta en la que se relata la política oficial de este gobierno para su relación con los medios. Plantea que no habrán ruedas de prensa y que las entrevistas se concederán solo a medios “amigos”. Tales entrevistas tendrán que ser previamente autorizadas por el presidente y cualquier comunicado emitido por ministerios o institutos descentralizados o entidades públicas, tendrá que ser sometido a revisión antes de ser enviado. No es descartable que Abelardo haya hecho chistes con esa decisión, en su encuentro con los empresarios, por lo que tampoco resulta arriesgada la idea de que a Alejandro Santo Domingo (que estuvo allí) no le interese que sus medios sean definidos como “enemigos” de este régimen.
No obstante y aunque puedo ser calificado como liviano en mi reflexión, creo que la bárbara dimensión de esta mordaza contenida en la política gubernamental de relación con los medios, haría que al final de cuentas, un programa como Mañanas Blue, no fuera una amenaza sensible para los intereses estratégicos de De la Espriella y de la manera muy particular que él tiene de interpretar el manejo de la comunicación. No significa ello que el tipo deje de sentir una satisfacción genuina con su desaparición. Que Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo no tengan micrófono puede interpretarse como un “milagro” que le hizo Cristo Rey al muy frívolo presidente.
Otra fuerza puede estar representada por el susurro sibilino de algún o algunos clérigos colombianos de alto rango que, no solo sientan un particular entusiasmo con el tigre salvador, sino que sean amigos de monseñor Timothy Dolan, el Cardenal emérito que se mueve como pez en el agua dentro de los médanos de la altísima aristocracia de New York. Ana Cristina en particular ha sido señalada como rebelde por algunos jerarcas de la Iglesia.
O podría ser, el muy “diligente” Andrés Pastrana. Ya sabe usted que Alejandro Santo Domingo estuvo en Colombia el pasado 22 de agosto, en esa reunión con Abelardo que acabamos de mencionar. Allí, la oportunidad estaba servida para un encuentro privado con el expresidente, tal vez, o para una llamada telefónica quizás…debemos entender que no es fácil, ni siquiera para Pastrana, franquear las puertas de The Southamptons, cerca de New York. Tenerlo en Colombia era una oportunidad inigualable.
Andrés Pastrana detesta a Ana Cristina por sobre todas las cosas y se encuentra en un estado de alta vulnerabilidad. Este tema de su relación con Jeffrey Epstein, Ghislaine Maxwell y Jean-Luc Brunel no es un tema menor y su resonancia mediática es bochornosa.
Pudieron haber confluido esas tres fuerzas y muchas más. No olvide usted la animadversión de Fico, cuya influencia sobre De la Espriella es innegable. Considere también al repugnante Daniel Quintero y su capacidad conspirativa, en fin.
El caso de Pastrana y la amplia presencia de su nombre en los “archivos Epstein” no es un caso de poca monta. Él, con prepotencia y sobradez ha tratado de pasar agachado, pero el tema es grave. Ana Cristina Restrepo ha liderado con otras periodistas un movimiento que, bajo la denominación de “no al pacto de silencio” busca que el frívolo expresidente dé explicaciones sobre las 57 veces que es referido en esos archivos, las fotografías y mails cruzados con Maxwell y Brunel, y sus viajes en el “Lolita Express”. Un manifiesto suscrito por 109 periodistas lo instó a responder y él se negó. Ana Cristina en compañía de Ana Bejarano presentó una tutela con un cuestionario de 33 preguntas y la Jueza María del Pilar Acevedo, del juzgado 41 civil municipal de Bogotá ordenó que respondiera. Pastrana impugnó el fallo y la jueza Carol Benavidez Triana decidió a su favor. El paso subsiguiente es la remisión del expediente a la Corte Constitucional.
Es francamente difícil que, en esa instancia, prospere la tesis peregrina de Pastrana en el sentido de que el cuestionario apunta a asuntos que son privados y de su fuero personal. La convocatoria a la defensa de la familia, al dolor de la esposa y sus hijos, al impacto en sus nietos, no es argumento válido, pues la responsabilidad de sus efectos e implicaciones corresponden a quien visita los santuarios de la pederastia o se relaciona con sus impulsores, y no a quien lo juzga o lo sanciona. El caso Epstein es ya un muy reconocido escándalo internacional.
Acallar a Ana Cristina, estigmatizarla, combatirla, vencerla, es su obsesión. Cuenta para ello con el coro entusiasta de los machos, muy varones, que no soportan la entereza, la fuerza, la seriedad, el coraje, la valentía y la persistencia de Ana Cristina Restrepo, que ya a estas alturas se ha convertido, a pesar del deseo ardiente de sus detractores y del mismísimo Pastrana, en un verdadero símbolo de dignidad y de profesionalismo.
