El sionismo ha convertido a la población israelita en el corazón de las tinieblas del supremacismo contemporáneo -dice-, Israel se ha transformado en la máquina de la solución final. Por ello sabemos que nunca habrá una posguerra. Ya nadie puede creer que habrá paz en momento alguno del futuro, porque el exterminio se ha incorporado a una máquina que se autocorrige, se perfecciona, se conecta y se expande
Por Alberto Morales Gutiérrez
Lee usted a los expertos en la apología de la guerra (que ahora abundan y se mueven por los pasillos de los edificios inescrutables de los batallones; sobre las alfombras mullidas de los palacios presidenciales y por entre los médanos de los salones de las industrias tecnológicas) y va descubriendo un universo de ideas escabrosas expuestas con singular tranquilidad y no menos cinismo, en las que la guerra y la muerte se integran de manera fluida en sus conversaciones y en sus documentos, a la manera de verdades reveladas o hechos inexorables de la civilización.
Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz, muy admirado y respetado por los militares, afirmó en el siglo XVIII: “una de las dos partes tiene que ser, desde el punto de vista político, necesariamente la atacante, porque de la mutua intención defensiva no puede surgir la guerra. Pero el atacante tiene una finalidad positiva, y el defensor una meramente negativa...
Quien entendió, entendió…
Imagino que tanto usted como yo, no habíamos oído hablar jamás de la teoría RAM (la Revolución de los Asuntos Militares) que empezó a exponerse en la década del 90 del siglo pasado. Sostiene tal teoría que el éxito de una confrontación bélica depende de la fortaleza productiva y tecnológica de cada uno de los actores implicados en el conflicto.
Se trata de una revolución evolutiva-estratégica que está relacionada con la sociedad “basada en la información y el conocimiento, gestionado por las nuevas tecnologías”. La teoría RAM es, en últimas, “una teoría sobre el futuro de la guerra”.
El concepto de la RAM tiene en cuenta la historia misma de todos los combates, pues se trata del esclarecimiento de las innovaciones protagonizadas desde siempre por las Fuerzas Armadas, en las que la aparición de “nuevas tecnologías modifican el arte de la guerra”.
Ya han transcurrido 35 años desde la publicación de la teoría RAM y está claro hoy, cuál es la consistencia de ese futuro aludido.
Blass Comas, buen amigo, me permitió conocer la semana anterior a Bloghemia. Se trata de un medio digital argentino que invitó a Franco Berardi, un filósofo y escritor italiano, contestatario, inteligente, informado, profesor de la universidad de Bolonia; quien escribió para ese medio un texto formidable: “El exterminio inteligente”, en donde desvela la atrocidad de la estrategia del sionismo en Gaza que, utilizando los recursos de la denominada “inteligencia artificial”, está cometiendo los crímenes más atroces.
Explica que, en tanto los seres humanos que manejan las máquinas de la guerra son, a menudo, dotados de conciencia y de sensibilidad; han sido reemplazados por las mismas máquinas, que ya poseen “capacidades de autoaprendizaje” y no tienen ninguna limitación ética o racional para torturar, mutilar, matar y exterminar. Se trata de “inteligencia sin conciencia”.
Afirma que mientras el nazismo del siglo XX tuvo que tener en cuenta las limitaciones de la inteligencia emocional (los traumas de los torturadores y asesinos, pues el trabajo de matar es agotador y desencadena fatigas psíquicas), el “tecno-nazismo del siglo XXI, del que los sionistas son el símbolo y la vanguardia”, se emancipa de esas limitaciones.
Resalta que el dron es el ícono, la figura emblemática de esta nueva era: tanto la guerra de Ucrania como el genocidio de Gaza configuran el teatro de experimentación de esta nueva fase de la guerra exterminadora. El dron es una aeronave sin piloto humano a bordo, controlada por ordenadores que “pueden ver, oír y ejecutar el exterminio”.
Refiere Franco Berardi el contenido aterrador de un artículo publicado por la revista israelí “+972” en el que se describe “la estructura epistémica y pragmática de un sistema de inteligencia artificial (llamado LAVENDER) diseñado para detectar y atacar objetivos hipotéticamente hostiles”, objetivos que han sido, en la práctica, transeúntes inocentes, niños que vuelven del colegio, mujeres que van por agua a la fuente. Ese exterminio automático funciona -dice Berardi- estocásticamente, es decir, al azar.
Afirma que los seres humanos, a la hora de seleccionar objetivos, ralentizan los procesos y acrecientan la incertidumbre. Estos drones, en cambio, no se van por las ramas.
Un oficial israelí entrevistado, afirma: “en la guerra no hay tiempo para incriminar a todos y cada uno de los objetivos, así que tenemos que aceptar un cierto margen de error en el uso de la inteligencia artificial, debemos correr el riesgo de provocar daños civiles colaterales o de atacar a alguien por error y tenemos que aprender a vivir con ese conocimiento”.
De hecho, entre las variables “consideradas” por el algoritmo para esclarecer la “hipotética hostilidad” del objetivo, están pertenecer a un determinado grupo de WhatsApp, cambiar a menudo de móvil o cambiar con frecuencia de dirección.
Es por ello que el artículo relata cómo “el ejército israelí atacó sistemáticamente a los individuos seleccionados por LAVENDER en sus casas, sobre todo por la noche, cuando familias enteras estaban con ellos […]. Según dos fuentes a las que interrogamos, el ejército decidió que por cada operativo de Hamás señalado por LAVENDER, se le permitía matar hasta quince o veinte civiles […] en caso de que el objetivo fuera un oficial de Hamás, se le permitía eliminar a cien civiles […].
La conclusión de Franco Berardi arruga el alma: el sionismo ha convertido a la población israelita en el corazón de las tinieblas del supremacismo contemporáneo -dice-, Israel se ha transformado en la máquina de la solución final. Por ello sabemos que nunca habrá una posguerra. Ya nadie puede creer que habrá paz en momento alguno del futuro, porque el exterminio se ha incorporado a una máquina que se autocorrige, se perfecciona, se conecta y se expande. Una máquina que nadie tiene la capacidad de desactivar. La emergencia de la inteligencia artificial se revela como la consecuencia de la obsolescencia humana y simultáneamente como la condición para la subyugación técnica definitiva de los seres humanos.
Pablo Neruda clama en el Canto General: “…contadme todo, cadena a cadena,/ eslabón a eslabón, y paso a paso,/ afilad los cuchillos que guardasteis,/ ponedlos en mi pecho y en mi mano,/ como un río de rayos amarillos,/ como un río de tigres enterrados,/ y dejadme llorar, horas, días, años,/ edades ciegas, siglos estelares.