Tampoco se acepta “la verdad”, como premisa, pues ya es sabido por todos que “la verdad” es una auténtica asesina. En nombre de “la verdad” se ha justificado la muerte de los otros a lo largo de la historia, puesto que quienes desconocen “la verdad“, quienes no la tienen, no merecen estar vivos.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Juan David Correa escribió el pasado 14 de agosto en la revista Cambio, una columna en la que, rebelado contra el pesimismo, convoca a “radicalizar la esperanza”. Se opone con vehemencia a la estrategia de esa “plutocracia global que ha colonizado las mentes para hacernos creer que no tenemos remedio” y anuncia, en contravía, que este es “el tiempo de los radicales de la vida”. Su reflexión es juiciosa: alude de manera directa a las realidades de nuestro país y sus circunstancias; se ubica con inteligencia en un contexto global, señala instituciones y creencias que han hecho mucho daño y, finalmente, no deja títere con cabeza.
Advierte: “Claudicar es la promesa de quienes cuentan las horas y los minutos para que se acabe “esta horrible noche”. Señala con claridad los desatinos de algunos prohombres, muy mediáticos, que proclaman los dolores de la patria y concluye que lo que está en crisis es un tipo de cultura y un tipo de pensamiento. Anuncia que quienes, como él, no están dispuestos a seguir sintiéndose culpables, asumirán la bandera de hacerse responsables de sus destinos. Lo suyo es, decididamente, una apuesta por la vida.
El pesimismo, se ha dicho en todos los tonos, no es solo una manera sombría de mirar todo lo que ocurre y nos rodea, sino “una valoración esencialmente negativa de la existencia”. El profesor Pedro Naranjo, de la Universidad de Sevilla lo sintetiza como “un dolor estructural”, una inmanencia de la naturaleza humana.
Naranjo explica que hay dos tipos de pesimismo: el pesimismo clásico y el pesimismo de la fortaleza. Tales pesimismos se diferencian por la respuesta que cada uno tiene frente a ese dolor. Los primeros consideran que es insuperable, mientras los segundos consideran que, no solo podemos manejar ese dolor, sino escaparnos de él.
Fue Nietzsche quien acuñó el “pesimismo de la fuerza” en su texto Ecce Homo (Plutón 2020) donde se pregunta si ese sentimiento es, como todas las apariencias lo señalan, un signo de declive, de ruina o de fracaso o, por el contrario, el pesimismo de la fortaleza se constituye en “una tentadora valentía de la más aguda de las miradas”, pues “anhela lo terrible”, porque considera que ese anhelo es el digno enemigo contra el cual poner a prueba su propia fuerza.
Eso que es “terrible” desencadena sufrimiento, es cierto, pero tal sufrimiento le permite al pesimista de la fortaleza probarse a sí mismo la dimensión de su catadura.
¿Discutible? ¡Desde luego! Pero pareciera ser una visión más conectada con la realidad, que la narrativa “pesimista” de Rousseau, quien construye otra inmanencia: la bondad. “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Rousseau, con gran audacia, hace el análisis y propone una solución. Es Michel Onfray quien lo explica, al plantear que la idea “jacobina” se estructura en cuatro discursos básicos: la degeneración del hombre por culpa de la civilización; la excelencia del hombre natural; la regeneración obtenida por la educación de los niños y el pacto social.
Onfray, tan cáustico y tan crítico, esclarece que esa “religión civil” que propone Rousseau y en la que los ciudadanos que no entiendan esta nueva fe “serán obligados a ser libres”, logró demostrar en el París de la revolución, por el año de 1789, con el liderazgo de Robespierre y el accionar de “los jacobinos”; que esa política del hombre nuevo podría imponerse a fuerza de guillotinas instaladas en las plazas públicas e instaurar lo que fue finalmente registrado por la historia como “el reinado del terror”. Acabó mal.
Me resulta más atractivo el postulado de Voltaire, su defensa de la libertad del espíritu y de la tolerancia.
Lo fascinante es que tanto Rousseau como Voltaire representan, de manera sobresaliente, no solo el brillo incandescente del Siglo de las Luces, sino los pensamientos encontrados de el Renacimiento y el acontecimiento supremo de la Revolución Francesa.
Así las cosas, pienso que la propuesta de hacernos los responsables de nuestros propios destinos, de negarnos a sentirnos culpables e impulsar la discusión y el pensamiento crítico; no es una propuesta orientada a que se imponga una u otra idea, sino a que la deliberación creadora se agite, la inteligencia se desate, la conversación tome forma, el argumento se exija, la ética apalanque a la palabra y el fanatismo sea inadmisible.
Es bienvenido el coraje a esta deliberación, pero está proscrita la zalamería.
Tampoco se acepta “la verdad”, como premisa, pues ya es sabido por todos que “la verdad” es una auténtica asesina. En nombre de “la verdad” se ha justificado la muerte de los otros a lo largo de la historia, puesto que quienes desconocen “la verdad“, quienes no la tienen, no merecen estar vivos.
La negación de la verdad es la quintaesencia del pesimismo de la fortaleza que, a estar alturas, podemos concluir es el tipo de pesimismo que nos da el empuje para seguir vivos.
También pienso que este es el tipo de cultura y el tipo de pensamiento que deberían instalarse en las nuevas sociedades, porque se trata de aprender a escuchar al otro, aprender a disentir sin atropellos, aprender que el no estar de acuerdo no significará jamás una sentencia de muerte.
Me uno con pasión a la causa de radicalizar la esperanza. Es cierto, “la complejidad es el desafío”

14 respuestas a «La balada de los pesimistas…»
Imprescindible para continuar buscando respuestaa asi sean incómodas…..
Gracias Juan. La búsqueda alimenta el alma. Se hace camino al andar. Abrazo.
El pesimismo y la desesperanza frente a los problemas sociales de nuestra realidad no es causa de descompensación química cerebral, es presenciar y evidenciar la ausencia de soluciones, o por lo menos de paliativos, que generen alivio.
Recientemente estuve trabajando en la comuna de Belén y pude conocer el crecimiento de la pobreza multidimensional en su periferia (Altavista, Aguas Frías, Las Violetas, El Rincón, El Manzanillo), a donde todos los días están llegando migrantes venezolanos a engrosar los cinturones de miseria, que de continuar el crecimiento de su población, en poco tiempo superarán en número a los habitantes nativos. Qué futuro pueden encontrar estas personas en una ciudad que no ofrece alternativas de vivienda digna ni para sus locales, pues en Medellín hace ya varios años no se construyen proyectos VIS y el déficit de viviendas es dramático.
Para aterrizar en esta pavorosa y desesperanzadora realidad, hay que sentir la “transpiración” de los problemas, como cuando se transita los bajos del Metro de Medellín desde San Juan hasta la estación Pasto, para sentir el “olor” de las miserias humanas, que incrementa exponencialmente la migración venezolana, ese “hedor” que no llega a los olfatos de quienes habitan en la ciudad de los privilegios.
Ni quienes gobiernan, ni la academia, ni los intelectuales, ni los centros de pensamiento, ni la izquierda… ¡Nadie actua o se conmueve con el devastador impacto social de la caótica migración venezolana!
Hoy Medellín es una ciudad más inviable y oscura en la perspectiva de otro mundo posible, a cuya realidad aplica esta frase: “A la mierda el Armagedón, esto ya es el infierno”.
Puto auto corrector, es estación Pasto.
no problem.
Hola William, son hechos como los que describes los que convocan al pesimismo de la fortaleza. Creo que tu “¡a la mierda el Armagedón, esto es el infierno!” opera como un griti de combate. Gracias por leer y comentar.
“La verdad sin amor es insoportable” no sé dónde leí esa frase, pero me parece hermosa.
Se es pesimista cuando “no hay remedio” ( pero no para cerrar la droguería como diría Montecristo). De ahí más bien partirían los diferentes planteamientos en busca de soluciones. “Las cometas se elevan contra el viento” otra frase interesante. Todo depende de la convicción y el estado de ánimo. Ser pesimista en un mundo en crisis nos llama al aislacionismo y a la posverdad creada por las emociones negativas, aquella que nos sume en una realidad sin salvación como fruto consolidado de un poder diluido pero contundente: nada más peligroso que la ignorancia disfrazada de ilustración, nada más peligroso que una sensación de libertad dentro de una cómoda esclavitud. Es la indiferencia producto de un estado de arrogancia egoísta producto del pensamiento neoliberal caduco. Característica muy común entre los miembros de la élite de la mejor Economía Naranja, aquellos de audífonos y portátiles que como nómadas digitales ( hordas fastidiosas) van ocupando espacios apersonales, acriticos y apáticos, producto del pesimismo consolidado en una carrera corta hacia la extinción de un pensamiento creativo.
En manos de estos sujetos, una ciudad o un país, se convierten en fácil botín y en un erial apto para el saqueo y la prostitución.
Es el pesimismo consolidado como forma de vida, y que alimentado con las mieles del narcotráfico, impone la cultura del aislamiento entretenido.
Hola Juan Fernando. Gracias por aportar tu visión. Describes muy bien el pesimismo clásico.
Excelente por eso debemos ser optimists de pder cambiar a nuestro pais que ha sido privilegiado desde su creacion, Colombia nació con dos mares, con montañas, ríos infinitos, selvas que respiran por el mundo y tierras que todo lo dan, páramos, minerales, oro, esmeraldas, carbón, café, frutas que parecen inventadas por poetas, aves que pintaron antes que los pinceles, sin embargo, lo que nos quiebra no es la tierra, es lo humano: la ambición, la corrupción, el odio entre hermanos.
La leyenda dice que el Creador, ante el reclamo de los demás países, que le pedían “colóquele algo malo” el creador para equilibrar tanta riqueza, le puso políticos corruptos y odios que dividen.
¿Qué decirle entonces a mi Colombia? Hoy le hablo a mi Colombia así:
Colombia Patria mía, deja de mirar solo la herida y mira también el tesoro que tienes El Creador no se equivocó contigo: te dio la mayor abundancia de naturaleza como prueba, para ver si aprendías a ser grande de corazón y no pequeño de espíritu.
Colombia, Los políticos corruptos y los odios no son una condena eterna, son un reto. Y un reto se supera cuando el pueblo se despierta, cuando no se conforma con el saqueo, cuando decide que la riqueza más grande no está en el subsuelo ni en los ríos, sino en la conciencia y en la unión.
Quizás lo que necesitamos es recordar que con el mismo fervor con el que defendemos un equipo de fútbol o un festival, podríamos defender la justicia, el respeto y la vida; que la grandeza no es seguir el camino fácil de la queja o la indiferencia, sino el de construir comunidad, elegir distinto, pensar en el otro.
Colombia tiene oro en las montañas, pero el verdadero oro está en su gente cuando deja de odiar y se une. Si aprendemos eso, quizá por fin la profecía de la leyenda se rompa, y el regalo de la naturaleza sea también el regalo de la paz.
Ha llegado la hora de mirar la riqueza que tenemos y usarla para vivir en paz y con dignidad.
Ese es el país que podemos y debemos construir.
Con Afecto y Respeto
Jesús Heraldo Rueda Suarez
Gracias Jesus Heraldo por tu comentario y lectura. ¡Tenemos mucho que aprender!
A veces creo que la falla esta en equiparar verdad con realidad…
Hola Eduardo. Pienso que hay siempre, en el caso de la especie animal humana, una especie de filtro cognitivo que permite afirmar que la realidad no existe. El mundo es como cada quien lo mira y el filtro cognitivo determina la manera como el hecho objetivo se ve. Eso es lo que que hace que la verdad sea relativa. Muchas gracias por tu lectura y comentario.
Si, también creo que la verdad no existe sólo se busca ….
Y aparentemente estamos en el punto de ruptura de la civilización que nos va a permitir ver los resultados supremos de la sociedad jacobina contemporánea.
Tambien comparto con aquello del pesimismo de la fortaleza porque según recuerdo de mis experiencias en épocas pasadas…la vida era un reto diario cuyos placeres mínimos eran gustosamente celebrados y nó como ahora que pretenden invertir esa ecuación.!!
Post data: discúlpame la tardanza Alberto..! Pero es que estaba ocupado precisamente atendiendo un pequeño placer..!!
Hola Eduardo. Creo que hay que darle al placer las prioridades que se merece. Abrazo agradecido