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Al Alberto

La mano de Dios.

Por Alberto Morales Gutiérrez

Hablemos de política electoral.

El 22 de junio de 1986, en México, Argentina se enfrentaba a Inglaterra en un partido crucial del Mundial de Fútbol de ese año. En el minuto 51, Diego Maradona saltó al mismo tiempo que el arquero inglés Peter Shilton, con la intención de golpear el balón con la cabeza hacia el arco, pero, en un segundo de inspiración seráfica, utilizó su mano para empujar la esférica. Ali Bin Nasser, el árbitro, no vio la infracción y legitimó el gol.

Cuando empezó a escribirse la historia de ese partido,  el Diego dijo que había sido ayudado por “la mano de Dios”. Todavía hoy los argentinos, que quedaron de campeones ese año, creen en los prodigios de este milagro y, de hecho, fue ese suceso el que le dio origen a la muy reconocida “Iglesia Maradoniana” que tiene su sede en Buenos Aires y una sucursal en Nápoles.

Las religiones, cuya historia se remonta al origen de la civilización, tienen una especial predilección por los milagros. Ellos las inspiran y sustentan. Su importancia tiene tal dimensión, que en el mundo de hoy no es posible pensar en el poder político, económico y social, al margen de lo que las religiones están en capacidad de hacer en esos terrenos específicos.

En Estados Unidos, por ejemplo, las iglesias evangélicas cristianas tienen una relevancia inusitada. Su acompañamiento histórico al Partido Republicano, ha generado la consolidación del denominado “Cinturón Bíblico” que opera en nueve estados de la Unión y que ha sido decisivo en los dos triunfos “presidenciales” de Donald Trump. Marco Rubio las adora.

Las narrativas de Trump y sus funcionarios sobre el aborto, la inutilidad de la ciencia, la diversidad sexual y todo aquello que ellos consideran va en contravía de los dictados de la Biblia, es un reflejo de su incidencia.

Está probado que desde mediados de la década del 70 del siglo pasado, la CIA se encargó de sembrar iglesias pentecostales a lo largo y ancho de América Latina, para contrarrestar lo que consideraban la nefasta influencia subversiva de la “teología de la liberación”, impulsada por curas católicos rebeldes.

Hoy, los evangélicos ya son los grupos religiosos más grandes en países como Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Bolivia, Guatemala y Brasil. Aprendieron a elegir presidentes.

Según el portal Las2orillas, para el año 2021 el Ministerio del Interior colombiano había otorgado más de 9.500 personerías jurídicas a Iglesias. De esta manera, en promedio, ya llegan a 9 las comunidades cristianas que existen en cada municipio del país y, en términos estadísticos, el 20% de nuestra población  se considera cristiana de este tipo.

Lo objetivo es que ya tienen un peso específico y una masa crítica capaz de hacerle el milagro a todos los partidos que quieren ser protegidos y animados por ellas.

La evidencia es la manera obsesiva como los políticos se les acercan. Mire usted el repentino salto cuántico del “ateo” Abelardo de la Espriella, que aterrizó con los brazos extendidos y en trance espiritual en los brazos de la Misión Carismática Internacional, cuyos rituales místicos son, además, los preferidos del señor Álvaro Uribe Vélez. La Iglesia Antigua de las Américas, del inefable Alfredo Saade, abrazó a Petro y son también conocidas las alianzas del MIRA con antiguos camaradas de origen marxista.

La política, en modo electoral, está centrada en el conteo de cada voto posible, sin atender principio alguno, idea alguna.

Les ha rendido mucho a los evangélicos su propuesta existencial. Tienen como misión acompañar y guiar a los otros para que vivan con ellos la experiencia de “nacer de nuevo”. Ese renacimiento les permite pecar y empatar contentos. Su contubernio con las derechas más recalcitrantes, está concebido para convertir en un infierno, desde el poder, las vidas de quienes no comparten sus creencias.

Desaparecidas las ideas de la agitación política, no es una locura avizorar que el futuro de nuestros países va a ser muy parecido al de Brasil. Ya usted se habrá enterado de cómo llevaron a Bolsonaro al poder y las creencia que éste trató de imponer desde su gobierno.

Para que tenga una idea de la situación, déjeme contarle de los prodigios del pastor Estevam Hernades, el pomposo líder de la iglesia pentecostal Renacimiento en Cristo, quien organiza cada año “La marcha por Jesús”. Se trata de una movilización colosal que realiza en Sao Paulo, a la que asisten cerca de dos millones de personas y en la que reafirman, con gritos y con cantos, la protección de la familia tradicional y rechazan el aborto. Ha de saber usted que el presidente Lula da Silva, en 2009, aprobó una ley que incluyó esa marcha en el calendario nacional de eventos oficiales. El poder es para poder.

La dinámica de crecimiento de las iglesias evangelistas en Brasil es francamente impresionante. En 1990 solo el 9% de la población asistía a iglesias pentecostales. Diez años después, en el año 2000, ese número casi se había duplicado, ya eran el 15.4%. Hoy son el 33% de la población total.

Hay perfiles claros de esa feligresía brasilera: la mayoría son mujeres, afrodescendientes y de bajos ingresos. Los pobres de la tierra constituyen su grupo objetivo. Los estudios destacan además que todo nuevo converso evangélico es dado a participar en actividades diarias, tendientes a compartir, con los no conversos, sus experiencias cristianas, esperanzados en guiar a los otros a ese suceso de nacer de nuevo. Y lo logran.

La novedad es que estas iglesias ya no ocultan sus intenciones y su objetivo de llegar al poder, para que el país entero reciba la gloria de su dios. Lo tienen más claro que los políticos y partidos que se les acercan.

El exabrupto de las alianzas electorales de sectores progresistas de la política con estas iglesias, es negarse a entender que su crecimiento y desarrollo está ligado al avance del neoliberalismo en la década del 90, cuyas consecuencias para “los más pobres de la clase trabajadora fueron devastadoras”. Es cierto que centenares de miles de personas encontraron “respuestas objetivas y subjetivas a su dolor y angustia en estas iglesias”. De esta manera, “la antigua identidad de clase de “trabajadores” es gradualmente suplantada por la de “hermanos””.

La CIA sabía que ese iba a ser el resultado, por eso el diseño de su estrategia.

Hay, en “Los Grandes Textos Políticos” de Jean Jacques Chevalier – Biblioteca de Ciencias Sociales- Aguilar- 1979, una conversación entre Maurice Barrès y un joven escritor: “sí, ya sé sus ideas, pero ¿cuál es su sed? Es decir, su deseo profundo, su impulso afectivo, del cual las ideas no son más que la traducción intelectual?”

Poderosísima pregunta que ningún progresista que se alíe con iglesias cristianas podrá responder, porque no hay allí ninguna sed, solo hay votos.

Hay quienes manifiestan que debemos ser pragmáticos y que no es esta la hora de las ideas. Convocan a la resignación. ¿Se imagina usted la posibilidad de la revolución francesa si no hubiese ocurrido que, 300 años atrás, un puñado de personas hubiese imaginado que era posible romper el oscurantismo medieval y se dieron a la tarea de difundir ideas nuevas, pensamientos nuevos?, ¿se imagina?

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