Günther Anders (1902-1992) desarrolló su hipótesis de la “iconomanía” para referirse a una premonición que terminó siendo muy certera: la conversión del consumo de bienes materiales (tan finitos y a veces tan perecederos – dice-) en consumo de imágenes que dan la apariencia de ligereza inmaterial o incluso de inmortalidad. Ese es, decididamente, el predicamento de la imbecilidad desnuda, en estos tiempos deplorables.
Por Alberto Morales Gutiérrez
El filósofo coreano Byung Chul Han, define a la sociedad contemporánea como la “sociedad de la transparencia”. Se refiere a esa exhibición diaria y compulsiva que se estila hoy en las redes sociales; esa urgencia de contar lo que se hace minuto a minuto; ese imperativo de recibir aprobación y tener muchos “me gusta”. Tal desesperación demuestra hasta el cansancio, que el mundo de hoy opera como una especie de mercado en el que “se exponen, venden y consumen intimidades”. Vivimos -dice él- en una pecera. Lo nuestro es un desnudo existencial. Bueno, un simulacro de desnudo, porque ahí en las redes, lo que exhibimos es nuestro mundo virtual. Ahí no lloramos, no hay dolores, no tenemos defectos.
Todo esto es cierto, claro. Pero a partir de allí, emerge otra forma impúdica de desnudez que adquiere nuevas formas. Permítame hago un pequeño rodeo para explicarlo.
Susan Sontang alertaba a principios del siglo XXI sobre el exceso en la exhibición de imágenes de dolor registradas desde la realidad de tantas y tantas guerras y atrocidades que hemos atestiguado y que, a fuerza de ser mostradas en todos los escenarios, lograron, finalmente, hacernos indiferentes al dolor del otro.
Casi de manera concomitante, la profusión de imágenes de cuerpos hipersexualizados, que caracterizó la vida cotidiana de los últimos años, logró que la desnudez fuera trivializada.
Un contexto adecuado para entender lo que está sucediendo, es la discusión sobre la desnudez que afloró en el siglo XVIII, a propósito de un homenaje que se le tributó a Voltaire.
Es el año 1770 y está sesionando, en la mansión de madame Suzanne Churchod, un círculo literario que reúne a lo más granado de la intelectualidad del momento. Su anfitriona es la bellísima esposa del prestigioso banquero Jacques Necker. Ese día, los 17 amigos que la acompañan en la tertulia, han sido invitados a cenar. Ella tiene una idea que les quiere compartir. Casi todos ellos hacen parte de la crema y nata de la Ilustración. Entre ellos, Diderot, D’Alembert, Bonnot de Mably, Georges Buffon, Jean Françoise de La Harpe. Suzanne, en medio de la cena, propuso “comisionar una estatua de tamaño real de Voltaire”. Sustentó que se trataba de un homenaje que tendría sentido, si se le hacía “en vida”. La propuesta no solo fue aprobada con entusiasmo, sino que se abrió la lista de posibles donantes a esta empresa, para que “los notables de toda Europa quisieran contribuir”. Le entregaron la responsabilidad a un famoso escultor de la época: Monsieur Jean-Baptiste Pigalle.
El talante de Voltaire se hace evidente en la discusión que se generó en 1771, cuando Pigalle decidió que en la escultura, el filósofo aparecería desnudo. Hubo conmoción general. En una carta a D’Alembert, Voltaire fue inapelable con su argumentación: “el artista debía tener plena libertad de decidir”.
El tema se tornó complejo. Es bien sabido que toda la estatuaria griega vibra con la desnudez de protagonistas rozagantes, efebos, diosas, deportistas: todos con cuerpos perfectos. La complexión desnuda y vetusta de un anciano podría resultar repugnante a los espectadores. No entendían los críticos del artista, que Pigalle privilegiaba el homenaje a la inteligencia del maestro, a su pensamiento y a su obra, pues todo ello trascendía su presencia física, e iba más allá de los límites naturales del tiempo. De hecho, Voltaire tiene en esa escultura una pluma en la mano y sus partes íntimas están cubiertas por un extenso pergamino que se extiende hasta el suelo.
El escultor la entregó en 1776 y se armó una especie de debacle con esta “rareza” que no tenía en dónde ser ubicada. Pasó años en el estudio del artista, y luego se entregó a los herederos de Voltaire, quienes en 1806, la donaron a la Academia Francesa, en donde estuvo oculta en alguna bodega. Fue solo en 1962 que llegó al Louvre, en donde más de 150 años después, adquirió una dimensión mítica. La desnudez desencadenaba, en esa época, discusiones filosóficas.
Y entonces, terminado este rodeo, aparece la evidencia de que la desnudez hoy se ha despojado de toda consideración estética, se ha despojado de los cuerpos, y exhibe con verdadera impudicia la precariedad humana, las limitaciones, los comportamientos y las acciones deplorables de quienes se muestran. Es una especie de ejercicio de la indecencia destinado a que todo el mundo se entere del nivel de incultura, ordinariez, vulgaridad y estupidez de los protagonistas. Desaparecieron los filtros, ya no existe la cautela. Mas aún, hay una especie de orgullo en exhibir su imbecilidad.
El infausto Iván Duque, por ejemplo, evolucionó a convertirse en DJ después de haber hecho una carrera como animador de eventos. Su paso por la presidencia de la República de Colombia (gracias a los buenos oficios del nefasto Álvaro Uribe, su presidente eterno) le pasó como un rayo de sol por un cristal, sin romperlo ni mancharlo. Ajeno a todo sentido de las proporciones, el señor Duque se exhibe en las redes al lado de un genocida como Netanyahu, y se le ve no solo henchido de engreimiento , sino pleno de satisfacción. La imagen es vergonzosa.
Trump se ha constituido en el campeón mundial de la nueva desnudez. No hay día, desde su posesión, en el que no exhiba con orgullo su profunda estrechez intelectual, su enorme vulgaridad, su ignorancia a prueba de balas.
Hay mandatarios devorados por las redes sociales que son incapaces de gobernar, porque su nueva ocupación es la búsqueda de “likes”. Habitan en un mundo paralelo en el que se asumen como hombres sabios y lanzan citas a diestra y siniestra, en las que confunden a sus autores o mencionan historias de libros famosos que no encajan con lo que quieren sustentar. Son el hazmerreír de sus audiencias y siguen así, completamente desnudos y tan campantes.
Hay también señoras y señores que adoptan nuevas personalidades en sus redes, personalidades que no encajan con las vidas que viven y se dedican a exhibir sus puestas en escena inundadas de amistades inexistentes, viajes inexistentes, reuniones inexistentes, amores inexistentes.
Y hay los que graban videos grotescos, narraciones grotescas. Los protagonistas de la vulgaridad, los desnudos difusores de la ignorancia.
En “La Obsolescencia del Hombre” (Pre-Textos 1956) Günther Anders (1902-1992) desarrolló su hipótesis de la “iconomanía” para referirse a una premonición que terminó siendo muy certera: la conversión del consumo de bienes materiales (tan finitos y a veces tan perecederos – dice -) en consumo de imágenes que dan la apariencia de ligereza inmaterial o incluso de inmortalidad. Ese es, decididamente, el predicamento de la imbecilidad desnuda, en estos tiempos deplorables.

16 respuestas a «Las desnudeces…»
La vergonzosa imagen de el bufón expresidente junto al genocida bufón nos informa de algo muy importante a tener en cuenta : que ellos están respondiendo a sus audiencias enfermas y degeneradas y que tanto allá como aquí adoran esa vergonzosa desnudes.
Quedamos informados que una considerable muchedumbre depravada aplaude a un bufón como ese desnudo y descarado.
Hola Eduardo. Agradezco siempre tu lectura y comentario. Tienes razón, hay un comportamiento depravado en el aplauso a ese tipo de exhibicionismo de las carencias.
Vea ud Don Alberto. Cuanta precariedad y ausencia de sensatez y maquillaje cuando se cree blindado por su mecenas y amigotes como el genocida ese.
Hola Juan. Muchas gracias por tu lectura y comentario. Si, se exhiben en sus desatinos porque tienen quienes los aplauden.
Aunque difiero de tu comentario sobre Duque y Uribe, estoy de acuerdo con Las Desnudeces. Un abrazo
Muy selectiva doña Piedad!!!!
Maria Eugenia, gracias por leer y comentar.
Transparencia total pero ni de lejos la que necesitamos. Lo que esa transparencia revela es la pobreza mental y humana de las sociedades. Gracias Alberto
Gracias a ti Flor María, por leer y comentar.
Hola Piedad. Me gusta mucho que pases por aquí. Desde luego que podemos disentir en muchas cosas y coincidir en otras tantas. Un abrazo.
Yo creo que el ejemplo nativo, de máximo nivel es este señor diciéndole a un jugador de fútbol español que apuesten a la cantidad de cabezazos que le pueden dar a un balón y la desfachatez inconmensurable de posar con Netanyahu. Con este señor no se requieren más ejemplos de la desnudez de la idiocia que se disfruta. Bien dicen que la idiotez no la sufre el idiota sino quienes lo rodean
Hola Hernán. El personaje da vergüenza ajena. Es, como dices, el ejemplo de esa desnudez desfachatada que exhibe con orgullo su estupidez. Abrazo
Hola Alberto. Un texto de 1990 decía algo que creo recordar al leer tu escrito: “antes -en la modernidad- en el lugar de algo había algo. Ahora -en la posmodernidad- siempre en el lugar de algo siempre hay nada”. Esto ha evolucionado y en el lugar de la nada solo hay estupidéz, imbelicidad y puro porno. El porno muestra mucho pero detrás siempre hay nada, pura escatología. Creo que el primero en considerar lo escatológico fue el arte visual, antes de los 90. Damian Hirst expuso en una Documenta Kassel como obra de arte (y aplausos de los críticos) un tiburón en tajadas. Su “éxito” fue tal que lo repitió pero con un cerdito masacrado. Orlan -famosa artista francesa- se hacía operar para producir “videos” mostrando primero la carne cortada, luego la operación y finalmente la costura. Las galerías de arte, los “marchantes” y los historiadores de arte, y claro la prensa, fundaron con esto el llamado “bodyart” y “el videoarte”. Hasta tal punto influyó esto en nuestras academias de arte que se decía que los artistas se proveían de materiales, ya no en los almacenes de artículos de arte de Rafael Esteban sino en las carnicerías. A la realidad la mataron y nos presentaron en su lugar, el simulacro y luego el porno. Al fin y acabo todo da plata: “plata es plata, no pregunte” -dijo nuestro alcalde-. El sistema tecnoeconómico ha convertido la emoción en mercancía que se vende. Pero las mercancías de este tipo deben producir excitaciones fuertes con más frecuencia y en cortos tiempos. La “cultura” del espectáculo construye un sujeto emocionado y -ahora- cada vez más esquizofrénico. Te lo dije en un comentario pasado: Esta es una sociedad desgraciada conformada y construida por desgraciados.
Hola Hugo. Me gusta mucho y agradezco siempre tu lectura y comentarios. Me parece valiosa tu reflexión en la perspectiva de la degradación del concepto del arte como reflejo de lo que ocurre con la sociedad. Agregaría a tus ejemplos de degradación al reconocido Piero Manzoni que exhibió en 1961 90 latas cilíndricas de metal, muy parecidas a las latas de atún que conocemos por aquí, que contenían (cómo lo decía la etiqueta) “mierda del artista”. 30 gramos exactamente. La descripción no era metafórica. Ese era el contenido de las latas. Vendió una buena cantidad de ellas que llegaron a unos precios irracionales. Abrazo
DESGRACIDAMENTE LA MEDIOCRIDAD HACE PARTE DE LA HISTORIA Y LA DESNUDEZ DE LOS PERSONAJES MENCIONADOS, NO SON SINO EJEMPLOS DE MILLONES DE SINVERGUENZAS .
Hola Carlos. Muchas gracias por leer y comentar. ¡Eso es lo que representan!