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No hay altares para tanta gente…

Por Alberto Morales Gutiérrez

Uno de los problemas más severos en estos tiempos de guerras locales y globales, es la manera como brotan espontáneamente de la tierra, los líderes y los dioses inmarcesibles; los héroes inmortales, los salvadores, los libertadores; las hordas de aspirantes al abrazo de la historia.

Todos caminan, hablan y vociferan con aires mayestáticos. Ninguno de ellos cabe en los trapitos.

Los Trump, los Netanyahu, los Milei, los Jong un, los Jamenei, los Putin, los Noriega, los Petro, los Bukele, los Maduro, los de La Espriella, los Uribe…la lista es larga y ancha.

Todos y cada uno de ellos está instalado en su propio altar. Se sienten cómodos erigidos en esas elevaciones . A todos ellos les gusta que les toquen el tambor. Hay que ver la manera como miran desde arriba a los siervos de su grey.

Porque la verdad es que, aunque parezca increíble, cada uno tiene su feligresía, gentes que los miran desde abajo y los adoran. Fieles que asumen, con genuina convicción, que sus altares están ocupados por unos personajes excepcionales, sabios, bellos, geniales, poderosos, inmaculados. “Divinidades” que todo lo que hacen lo hacen bien, carecen de margen de error y transitan por la vida en un ejercicio diario de perfección existencial.

No hay nada más deprimente que escuchar las argumentaciones de un converso. Sus certezas insultan la inteligencia y el sentido común, pero ellos no lo notan. Tienden, por el contrario, a mirar con conmiseración a quienes no les “entendemos”.

La humanidad ha padecido esta tragedia desde tiempos inmemoriales, pero lo cierto es que no hemos sido capaces de sistematizar ninguna de las experiencias vividas. Todos los héroes y los dioses son ídolos con pies de barro. Se derrumban, se diluyen, nacen, crecen, se reproducen, pero finalmente desaparecen. Algunos duran unos miles de años más que otros, pero su destino es inexorable, y nadie aprende nada.  

Mire usted, por ejemplo, la enorme injusticia que se ha cometido con el buenazo de Michel Montaigne (1533-1592) el gran pensador del siglo XVI, quien hizo enormes esfuerzos por desacralizar a la filosofía y a la academia. Su influencia como creador del género del “ensayo”, conmocionó y casi que definió el estilo reflexivo del Renacimiento.

La culpa de la injusticia es de Paul Landowski (1875-1961) un escultor francés de origen polaco, cuya fama está asociada a la enorme escultura del Cristo Redentor del Corcovado en Rio de Janeiro. Ladowski fue el autor de la estatua de bronce de Montaigne instalada en la plaza Paul Painlevé en el Barrio Latino de París, en frente de la Sorbona, desde 1935.

Montaigne está sentado, haciendo carrizo, como escuchando a un interlocutor. Las manos cruzadas en el regazo. No hay nada en esa escultura susceptible de ser asociado a gloria alguna. El escultor acertó en la interpretación, pero Montaigne no pudo hacer nada para detener lo que simboliza. Cuando usted se acerca, descubre que ese bronce ennegrecido  por más de 90 años a la intemperie, brilla de una manera inusual en la punta de su zapato derecho. Los estudiantes primero y ellos y los turistas después, se acostumbraron al ritual de tocar la punta de ese zapato porque la leyenda urbana afirma que al hacerlo, el estudiante supera cualquier examen, y el turista acrecienta su inteligencia.

Da cierto remordimiento ejercitar ese ritual que viola la vocación genuina de Montaigne de renunciar a todo honor y a toda gloria. Montaigne no quería, ni en vida ni después de muerto, ser víctima de ningún altar erigido en su nombre.

En el año 2010, en Página/12, Eduardo Febbro escribió un artículo en el que, sin querer queriendo, quedó registrado lo más parecido a una oración sacramental: “El zapato de Montaigne irradia en la noche de París el sueño redentor de la providencia, y el otro sueño, más esencial y universal, de un humanismo que nos salvará, a veces, de la inhumanidad que nos acecha…”

Nada qué hacer.

Montaigne vivió en tiempos difíciles, asumió tareas difíciles y enfrentó retos difíciles. Fue alcalde de Burdeos y un testigo excepcional de confrontaciones brutales e históricas, entre católicos y protestantes y entre los seguidores del Papa y los del emperador.

Stefan Zweig dijo de él: “A pesar de su lucidez, a pesar de la piedad que lo embargaba hasta el fondo de su alma, debió asistir a esta despreciable caída del humanismo en la bestialidad, a algunos de esos accesos esporádicos de locura que constituyen a veces lo humano”.

Su independencia, su narrativa humanística, su voz moderada, su práctica de la tolerancia, su vocación de diálogo y aversión a todo fanatismo, lo hizo un mediador que se ganó el respeto de todos los bandos. Es notable su manejo de la confrontación entre los reyes Enrique III y Enrique de Navarra.

De naturaleza enfermiza, murió relativamente joven a los 59 años. Tuvo en su vida un reconocimiento generalizado por su condición de estadista, pero tomó, a los 38 años, la decisión de encerrarse en su castillo a reflexionar y escribir. Lo hizo a lo largo de 20 años. Así las cosas, la grandeza alcanzada como filósofo y ensayista fue un logro póstumo.

Un reflejo de su enorme agudeza mental, fue el descubrimiento de que la idea de la certeza es absolutamente innecesaria. Su negación a escoger un bando, a adoptar una posición binaria (lo que es bueno y lo que es malo) sin atender a las exigencias de la complejidad, tiene una dimensión trascendental.

Montaigne construye sus “Ensayos” desde la perspectiva de una reflexión absolutamente personal, ajena a toda pretensión, salvo la de conversar con él mismo. Hay transparencia y una enorme honestidad. Usted se entera en ellos de la inutilidad del silogismo como construcción argumental, y se solidariza con su visión sobre la actitud de los pedantes. No tiene ninguna indulgencia con Aristóteles ni con Platón, a quien define como “un poeta descosido”, pero se entera además de las congojas que le genera su pequeña estatura, la manera como siente que en la medida en la que envejece, va perdiendo la memoria. Aprende usted, igualmente, sobre la enfermedad que le aqueja con sus cálculos renales, y también de la pequeñez de su sexo; las dudas frente a sus creencias, su pasión por cabalgar, sus amores tardíos.

Caben en sus “Ensayos” todas las críticas al pensamiento filosófico de su tiempo y protagoniza lo que con mucha inteligencia Onfray denomina “la ruptura entre la Edad Media y la modernidad”.

Su método de privilegiar el propio examen del mundo por encima de lo que dice el libro, va adquiriendo una dimensión jamás pensada. Mirarse a sí mismo como fuente de sabiduría; ese “sí mismo” que habita en la naturaleza y es también naturaleza, se constituye tal vez, en la lección más subversiva que se nos haya brindado desde los estertores del siglo XVI, hasta los tiempos modernos.

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