Pensé en la ética, pues esa palabra está llena de contenidos. Hay, en efecto, una narración, un relato que la sustenta. Esa ética que subyace en la última página, cuando Volpi aborda lo que denomina falso epílogo: “No solo ser uno. Ser legión. Ser yo y ser tú y ser él y ser nosotros y ser ustedes y, acaso lo más arduo, ser ellos…” Ese predicamento me reconcilia con él y creo que tiene toda la razón cuando dice: “Estos son los dones que nos concede la ficción”.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Mientras avanzaba en la lectura de “La Invención De Todas Las Cosas” (Alfaguara 2024) maravillado con ese abordaje de lo que Jorge Volpi, su autor, llama “una historia de la ficción”, a mí me iba corroyendo la envidia.
Hay, en el libro 5 de este ensayo monumental, una reflexión sobre “la invención de lo humano”, en la que hace alusión a “Don Quijote, a El Rey Lear y a lo que denomina “el yo moderno”. El título que reúne a esta trilogía, es sugestivo: “sobre cómo ser sensato y loco”.
Fue ahí que, por lo menos en mi caso, pude entender, sin que se me quitara la envidia, la inspiración de este recorrido que Irene Vallejo define como una guía “por los relatos que, desde el nacimiento de las palabras y los signos, hemos forjado para soportar el caos”.
Volpi confiesa que se rindió a los poderes del “Quijote” contagiado por el entusiasmo de su amigo Nacho Padilla, otro genio y cómplice que fue, no solo su contemporáneo (nacieron en el mismo año y en la misma ciudad) sino su “carnal”, como dicen los mejicanos. Tal contagio los introdujo en el ejercicio de “los juegos cervantinos” que practicaron con inteligencia y diversión hasta la temprana muerte de Padilla en el 2016. Su amigo murió, al parecer, víctima del virus quijotesco, pues se dedicó a escuchar con una pasión delirante el audiolibro con las andanzas del caballero de la triste figura, que repetía una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, mientras conducía. Su fatal accidente automovilístico fue en la vía que conduce a Guadalajara. En algún momento se le estalló el seso.
Y entonces hace una confesión sobre Padilla: “A su muerte descubrí que casi todo lo que me había contado sobre su vida – si no todo – era ficción. En sus últimos años acumuló un caudal de aventuras digno de un autor menos pudibundo, se inventó una personalidad caballeresca que nadie puso en duda, transformó decenas de aldonzas en dulcineas, se batió en duelo con varios enemigos – que acaso eran sus amigos- y se dejó vencer por esos demonios que estudió con tanto esmero…”. Concluye que su epitafio podría haber sido: “Aquí yace alguien que en las armas y en las letras, se entregó de lleno a la ficción”.
Fue ahí que lo entendí todo, incluyendo las razones de mi envidia: entendí el significado de la ficción, entendí el portento creativo de Volpi; envidié no solo lo que él ha leído sino la manera como lo ha leído; envidié las conversaciones con sus amigos, con sus pares, con sus hijos; y entendí la dimensión de mis limitaciones. La verdad es que la palabra correcta a utilizar debería ser “aprendí”. También se me ha exacerbado la razón. Me he quedado pensando.
En el libro 8: “Ficciones del fin” aborda las ideologías con otro título sugestivo: “Sobre cómo edificar tu propia jaula”. Alude a la juventud de quienes se convirtieron en los líderes y protagonistas de las confrontaciones más destacadas del siglo XX; revisa sus lecturas y concluye que también ellos terminaron reventados del seso. Define a los regímenes totalitarios como “porfiados productores de ficciones cívicas, familiares, éticas y estéticas…” y agrega que “sus ficciones oficiales terminan por ser creídas por millones”.
Pone el dedo en la llaga de la ficción neoliberal y su torbellino privatizador, que desata “las más oscuras ficciones nacionalistas, y desgaja países y regiones enteras en medio de una violencia cada vez más cruel”.
Afirma que es ficción la democracia, como es ficción el populismo. La ficción de la primera es que “la mayoría gobierna para todos” y la ficción del segundo es desmantelar la primera, de manera tal que “la mayoría gobierne para la mayoría”
Mire usted esta premisa: desde los presocráticos – dice- la ciencia nos ha enseñado a desconfiar de nuestros sentidos, el mundo no es como lo vemos. Se trata del antídoto contra nuestras ficciones más pueriles; aunque a nuestros ojos el mundo parezca plano, sabemos que no lo es…
Esa premisa es una especie de prolegómeno a lo aprendido sobre el ADN, cuando refiere la conclusión de Richard Dawkins en el sentido de que los seres vivos no seríamos sino “dóciles máquinas al servicio de nuestros genes”.
Y llega, indefectiblemente, a ¡La Red! en la que – sentencia – somos contratados como obreros a destajo que, en vez de nuestra fuerza laboral, les entregamos a nuestros amos invisibles nuestros gustos, aficiones, pensamientos, miedos e identidades. Parafrasea a Borges quien adelantaba ese destino en 1939: “…habrá millones de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias”.
Se me ocurre mucho, mucho más que un político, un gobernante, o un personaje público de hoy, como ejemplos de esa premonición borgiana.
Al final del libro, uno de sus personajes afirma: “ya sé que la ficción no equivale a la mentira, pero con frecuencia ambas se confunden o entremezclan y, una vez que eso ocurre, parecería que ya nada es verdad…”
Ya, al terminar, siento que es chueco el colofón de su última frase: “frente a tantas y tantas ficciones que solo benefician a los más despreciables bichos de este mundo, yo sigo creyendo que vale la pena luchar a brazo partido, sin descanso y con denuedo, por la verdad”.
La verdad, así enunciada, es una abstracción, se queda en ser solo una palabra. Pensé en la ética, pues esa palabra sí está llena de contenidos. Hay, en efecto, una narración, un relato que la sustenta. Esa ética que subyace en la página 665, cuando Volpi aborda lo que denomina falso epílogo: “No solo ser uno. Ser legión. Ser yo y ser tú y ser él y ser nosotros y ser ustedes y, acaso lo más arduo, ser ellos…” Ese predicamento me reconcilia con él y creo que tiene toda la razón cuando dice: “Estos son los dones que nos concede la ficción”.
Es claro que instalarse a vivir en la ficción, sucumbir a su dominio, deja de ser un acto creativo, deja de ser un milagro de la imaginación y se transfigura, horrorosamente, en una patología esquizoide. Es la enfermedad de esas gentes incapaces de establecer la diferencia entre la realidad y la fantasía. Creo que debe usted estar alerta, mirar a su alrededor, con el mayor cuidado…todos debemos hacerlo.

10 respuestas a «Vivir en la ficción…»
No hay paraísos perdidos, pero si infiernos en donde ciertos estancias semejan ser paraísos para unos pocos, mientras los más tienen que vérselas para sobrevivir, o apenas para anhelar las sitios de placer donde los menos pasan los días divirtiéndose, o simplemente haciendo planes o construyendo futuros solo para ellos. Esos son los peores infiernos: cuando creemos que todo fue bien construído y que lo único que se necesita son unos pequeños retoques, unos ajustes para que todo encaje y siga funcionando.
“¿Pero por que tiene que acabar con todo lo bueno?” Preguntan indignados. Porque no estuvo bien hecho y solo es una máquina de corrupción establecida para seguir robando y dispensando limosnas – no gratuitas- a ciertos estratos que tienen en algo, con que comprar servicios de algo que es un derecho. En el caso colombiano el sistema de salud es claro ejemplo sin temor a equívocos: un mecanismo vergonzoso de dilapidación de dineros públicos en favor de unos pocos. Modificarlo no es ninguna ficción -como nos lo quieren hacer ver-, es una necesidad como también lo es la transición energética.
Nos han querido vender la idea como imposible, utópica o ficticia, pero es. perfectamente posible y necesaria. Sucede que el negocio se les acaba y en las celdas de la carcel las cadenas se escuchan amenazantes.
¿Se imaginan lo preocupados que deben estar los hermanitos Vargas Lleras y la bonita de Noemí, con el “faltante” en la Nueva EPS?
Colombia puede ser un país mejor, más bonito, más justo y no es ninguna ficción.
Hola Juan Fernando. Estaba hablando ahora con un amigo sobre esta columna y concluía que, en términos de política, la ficción se transforma en sueño. Me decía, con muy buen juicio, que ocurre igual, que hay gente que se pasa a vivir al sueño. Me pareció razonable su reflexión. Muchas gracias por leer y comentar.
Lo felicito Alberto, esa es la envidia productiva y gustosa porque Jorge Volpi ademas de gran productor de mundos literarios es un charlatán de esos que uno quiere de amigo toda la vida… en la feria del libro Ulibro creo que del 2010 lo tuvimos en Bucaramanga unos dias y disfrutamos sus conversatorios con otro personaje muy valioso… el creador de la facultad de literatura de la Unab Rymel Eduardo Serrano
Quien nos hizo el descubrimiento mas espectacular de nuestras vidas en ese momento..: nos mostró el camino liberador e infinito del universo literario en donde todo puede ocurrir exactamente como queremos..!
Hola Eduardo. Ha de haber sido muy buena la experiencia. Volpi es, ciertamente, un intelectua valioso y un conversador inmenso.
Alberto, gracias por tu provocadora columna. Humberto Maturana, el biólogo chileno cuyas enseñanzas vienen quedando en el olvido, decía que todo, absolutamente todo, lo que los humanos construimos como conocimiento, es una ficción, por cuanto nuestra estructura como seres vivos nos impide captar la realidad externa tal cual ella es, y solamente podemos formular teorías y explicaciones que resultan convincentes a quienes partan de las mismas premisas desde las cuales aquellas fueron formuladas. Maturana hablaba de la (objetividad entre paréntesis).
Ontológicamente Maturana no niega la existencia de una realidad externa al cerebro. Pero epistemológicamente afirma que, -dado que nuestro cerebro, que es la máquina que construye el conocimiento, está completamente aislado del mudo exterior y opera gracias a la información químico-eléctrica que le llega a través del sistema nervioso originada en nuestro sistema sensorial-, esos constructos son autorreferenciados desde las palabras, conceptos y teorías que personal o socialmente se han formulado para poder darle inteligibilidad a esas percepciones.
Así que desde esta perspectiva, y tal como lo plantean desde Wittgenstein hasta Rafael Echeverría, los humanos somos por excelencia seres interpretativos que construimos relatos y los asumimos como verdades objetivas. O sea, vivimos en ficciones.
Pero por otra parte, recordemos que vivimos en tres tipos de realidades: 1. la realidad objetiva, que es esa externa a nuestro cerebro, como el suelo, la mesa, la ropa que nos ponemos. 2. La realidad subjetiva, que son nuestro sistema de creencias, pensamientos, juicios, etc. Y 3. La realidad intersubjetiva, que son creencias colectivas a las cuales les conferimos estatus de objetivad, tales como el dinero, la patria, dios, etc. Tres tipos de realidades que terminan siendo ficciones.
Todo esto invita, me parece, a practicar la humildad sobre nuestras posiciones frente al mundo.
Teodoro hola. Muchas gracias por tu lectura y comentario. Comparto todo lo que dices sobre la subjetividad. De Ortega y Gasset aprendí que vivimos instalados en nuestras creencias.
Era un escritor que nunca estaba satisfecho con lo que escribía. Todo es ficción, decía. Entonces rogó entonces a los dioses le dieran ese don. Ellos le dieron un año para que aprendiera y entonces su mano y un bolígrafo comenzaron la aventura, pero lo hizo tan lento que al cabo de varias semanas apenas asomaba un trazo en el papel. Al año apareció una letra. Los dioses lo habían oído.
Hola Hugo. Muchas gracias por pasar por aquí. Me gusta mucho tu alegoría. Picasso decía que creía mucho en la inspiración, pero que aspiraba a que cuando la inspiración le llegara, lo encontrara trabajando. Un abrazo.
Se me fue un “entonces”. Que pena.
No te preocupes.