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Al Alberto

¡Pero claro que los otros están equivocados!

Por Alberto Morales Gutiérrez

Hay un fenómeno que es difícilmente explicable: ¿por qué somos capaces de reír al observar lo que consideramos el absurdo de las creencias y rituales de los otros, pero somos incapaces de observar el absurdo de nuestros propios ritos y creencias?

Es una pregunta que lleva miles y miles de años sin respuesta.

Mucho antes de que Mateo, el evangelista, registrara la parábola de ver la paja en el ojo de tu hermano y no ser capaz de ver la viga en tu propio ojo; ese proverbio ya estaba popularizado en todo el Oriente Medio, y era atribuido a otros múltiples autores.

Este negarme a ver o escuchar lo que no coincide con aquello en lo que creo, habita en lo más profundo de los laberintos de nuestro ego.

El budismo, a propósito, hace reflexiones profundas sobre el ego y su relación con las creencias: “sé un testigo, aunque seas participante. No tomes causa ni partido. No adoptes prejuicios”.

Se trata de un consejo sabio, pues está demostrado que si tus creencias son tus verdades, eso significa que los equivocados son los que se encuentran en la creencia contraria. De hecho, el instinto nos lleva siempre a tener prejuicios con los que piensan diferente a nosotros.

Ahora, en plena campaña electoral, el tema de las creencias se exacerba. ¡Hay que ver a los arúspices pontificando sobre las encuestas! Esos sacerdotes sin sotana, obispos sin mitra, interpretan los números que arrojan los dioses del mas allá, para que sean el caldo en donde se cuece la sabiduría de los expertos del más acá.

El hecho verdaderamente fascinante es que, en las encuestas, ¡todos ganan! No es nada fácil de entender, lo sé, pero es evidente que todos ganan.

El cristal de cada arúspice concluye verdades que no coinciden con las verdades de los otros.

Se repite ese ritual antiquísimo, previo a las batallas de los tiempos pretéritos: tener un sabio encargado de interpretar el vuelo de los pájaros, para predecir lo que va a ocurrir; tener quién observe, desparramados en la mesa, los intestinos de esa gallina, y que nos sean leídos por el sabio en las claves del combate por venir; tener los traductores del corazón que recién le han sacado a la paloma, para que nos revele sus secretos y podamos saber exactamente lo que nos va a pasar.

Pero, una vez se conocen los resultados de las elecciones (los resultados de la batalla) ocurre también un “milagro” inexplicable: los pontífices de la adivinanza se transmutan en historiadores. “¡Se los dije!” – nos dicen- y escriben largos textos o difunden peroratas, sustentando la manera críptica cómo nos dijeron lo que nos dijeron, pero que nosotros no fuimos capaces de entender.

¡Todo es una charada!, ¡todo es explicable en la lógica de un chiste!

Es decididamente fantástico observar cómo los adeptos ven a sus propios candidatos y cómo los inundan de virtudes, entre tanto, para ellos, los candidatos de los otros apenas pueden sobrevivir a sus defectos.

Y entonces, casi que accidentalmente, me encuentro con Evémero de Mesina, en Sicilia, que vivió entre el 300 y el 240 a. C. ¡Qué tipazo!

El buen hombre logró, creo, explicar las razones de todo esto que no hemos podido terminar de comprender.

Evémero se dio a la tarea de encontrar la genealogía de los dioses y hasta hoy, nadie se ha atrevido a contradecirlo seriamente. Lo hizo de manera novelada. Todo sucede en la isla de Pancaya, en el océano Índico, en donde se esclarece que Zeus, sí, Zeus, “cuando reinaba en el mundo habitado” mandó a grabar con jeroglíficos una inscripción en moldes de oro, en donde lo clarificaba todo: Urano, Cronos, Ártemis, Apolo y el mismo Zeus, fueron todos reyes orientales, hombres y mujeres de carne y hueso, que protagonizaron gestas heroicas en los primeros tiempos. Desvela cómo Cadmo, el cocinero del rey, huyó con una hermosa tocadora de flauta, cuyo nombre era Harmonía y que Venus fue la primera prostituta cuyas artes admirables, iniciaron en su oficio a las mujeres de Chipre.

Y explica entonces cómo se pasa del estado de hombre al estado de divinidad. Basta “con hacer cosas grandes y bellas en la vida”. Una práctica ejercida, según Evémero, por reyes, jefes guerreros, grandes marinos, almirantes, fundadores de ciudades, tanto como por mujeres que dan placeres a los hombres e incluso humanos que han sido capaces de motivar a los suyos a emprender grandes aventuras. Gente toda – ojo – que “ha hecho creer al pueblo llano, que se hallaban relacionados con el mundo celestial, en el cual se les escuchaba y se les gratificaba”.

Así, todo queda perfectamente claro. Se pasa del estado de hombre al estado de divinidad, porque las gentes creen que esos hombres y mujeres son divinidades.

Entonces Evémero, para sacarnos del error, narra con precisión la vida humana de esos “dioses”, su lugar de nacimiento, su existencia, su trayectoria, sus hazañas, sí, su boda, sus hijos, su descendencia, su muerte, claro. Incluso el lugar en donde está su sepultura. El relato que contiene su argumento es absolutamente integral, tiene principio y tiene fin.

La verdad de Evémero es incontrovertible: él no afirma de manera grosera: “los dioses no existen, los dioses están muertos”, no. Él concluye con sabiduría que “los dioses existen, no están muertos, están vivos, pero solo son formas veneradas de vivos que han tenido una existencia fuera de lo común…”

Es gracias a Evémero que las mitologías antiguas incluían en sus dioses virtudes y defectos, luces y sombras, como debe ser.

Pero no. Aquí somos incapaces de darnos esos lujos. Nos gusta creer y construir dioses perfectos, candidatos sin mácula, unos dioses tan idílicos que nos ciegan, somos incapaces de apreciar el nivel desgarrador de las ignorancias que exhiben, la estupidez de sus poses heroicas, la grotesca manera de argumentar, la mezquindad de sus actos.

Esa obnubilación, esa ceguera voluntaria con la que los miramos, da cuenta de la manera como exhibimos, sin pudor, nuestras propias limitaciones. Se cumple el axioma: cada pueblo elige los gobernantes que se merece.

He conocido una frase del poeta Juan Manuel Roca a propósito de los párrafos. Imagino que de todos los párrafos: ya los párrafos literarios, ya los de los discursos; los párrafos de las exhortaciones, los de las oraciones, los de las frases célebres; los párrafos de los aforismos sospechosos, los escritos en letras de molde… y no puedo menos que apreciar, en ese humor corrosivo del poeta, un consejo para aferrarnos tozudamente solo a lo que creemos y a lo que pensamos. Una manera de persistir en la idea de que los equivocados son los otros: siembre en su huerto un espantapárrafos” .

Eso es, precisamente, lo que no debemos hacer…   

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12 respuestas a «¡Pero claro que los otros están equivocados!»

Excelente Alberto..

Circularmente argumentativo y preciso.. como un dardo que a pesar de girar sobre su centro no pierde su destino…

Tal vez podría decirse que *Cada “perfección” de nuestro candidato, es apenas la medida de la lnconmensurable estupidez de nuestras creencias más intimas*

Hombre Alberto, solo quedaría decir que los domingos se espera tu columna, como se esperaría a los dioses…

Es decir imperfecto, pero puntual y certero. No para adorarte más, sino para revelar la terrible sentencia: no es que los otros esten equivocados, es solo que sus dioses son apenas humanos, mientras el mio ha sido, es y será infalible.

Abrazo fuerte. Y gracias..!!!!

Gracias Juan Bernardo. Me gusta mucho verte por aquí. Sí, las perfecciones de nuestros dioses son inversamente proporcionales a nuestras carencias. Un abrazo muy, muy agradecido!

El budismo mi estimado Alberto, es creencia para individuos en un mundo de masas a diferencia de las religiones occidentales que son creencia para masas que diluyen al individuo…
Me parece que allí radica el asunto porque la libertad que provee la multitud permite diluir la responsabilidad y la cordura y se hace ciega y sorda para poder ignorar lo evidente, las masas de gentes no son nada distinto a la arena de la playa o las olas del mar…
Somos testigos del encuentro de esos dos mundos a escala de país…
Algunos desean una pareja de lideres semidioses de esos que pusiste en el encabezado blancos rubios hermosos sexualmente atractivos pero los otros trajeron parejas asimétricas feas degeneradas y llenas de defectos…

Hola Eduardo. Buenos días. Me parece excelente tu diferenciación entre creencias para individuos en mundos de masas y creencias para masas que diluyen al individuo. Gracias.

Bien dicen por ahí que la diferencia entre un ciego y un fanático es que el ciego sabe que no ve.

También es bueno hacer énfasis en la tontería de quienes se hacen matar por ideales y personajes ajenos. La tiranía de los “ismos” y la obligación de defender y justificar cada disparate que se les ocurra, por encima de cualquier lógica, mientras sus dioses, impunes, van planeando movidas a su conveniencia y el defensor de turno solo hace parte de una frágil infantería.

Qué falta de respeto, qué atropello a la razón.

Hola Juan. Muy contento de verte por aquí. Muchas gracias por tu lectura y por tu comentario. La gran ceguera es negarnos, precisamente, a ver y oír los disparates monumentales que, de verdad verdad, lo invaden todo, todos los días.

Mi querido Alberto…Salgo a buscar a Evémero. La política de hoy es de ciegos y sin bastón. Todos coronados de esos…no han hecho nada en su vida, solo perseguir el poder.

Carmeeeen, me gusta mucho que pases por aquí. Vas a gozar mucho con Evémero y su portentosa imaginación. Un abrazoooooo

Hola, Don Alberto. Existe mucha falta de criterio en todos nosotros los humanos. Y este se tiene del conocimiento que se tenga del otro.
En el caso particular de nuestros candidatos. Cómo tenerlo si recibimos una información a medias y bastante sesgada de acuerdo con el criterio del que la trasmite.

Hola Olmedo. Muchas gracias por leer y participar. Parte del problema es también, la pavorosa capacidad financiera y las herramientas de manipulación que exhibe la política conemporánea.

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