“Me estremezco. Esta deprimente descripción habla de pintarnos todos con los colores de la resignación, de auto derrotarnos, de declarar que nada vale la pena ser vivido, que todos los sueños son imposibles, que hemos sido encadenados. Me estremece a su vez el saber que eso es lo que quieren de nosotros y, por supuesto, me rebelo.”
Por Alberto Morales Gutiérrez
No dudo que, con esto que le voy a contar después del punto y aparte, usted va a pensar que le estoy proponiendo la lectura de un “ladrillo”. Le ruego que me tenga paciencia, porque el tema real de hoy es el desasosiego con lo que está ocurriendo en el mundo y en nuestro país, aunque, pensándolo bien, el tema del desasosiego es también un “ladrillo”.
Astrid, se llama mi nuera, la que vive en Barcelona con Andrés. En estos días me regaló un libro: “Mensaje” de Fernando Pessoa, en edición soberbia de Livraria Lello 2025, cuyo prefacio de Onésimo Teotónio Almeida es desconcertantemente inteligente. ¡Qué regalo! Se trata del único libro publicado por Pessoa sin heterónimo.
El segundo poema de “Blasón”, la primera parte de este libro, parece una descripción profética de la hecatombe social y política que viviremos en este fatídico siglo XXI, merced a los desafueros del nacionalismo cristiano blanco, que ha tomado la iniciativa global.
Venden los dioses cuanto dan.
Se compra la gloria con desgracias.
¡Ay de los felices porque son
solo lo que pasa!”
¡Es cierto! La abyección del nuevo presidente colombiano con la administración Trump en particular y todo lo que ella simboliza y representa, permite prever que, en términos ideológicos, todas sus movidas; su transmutación a la fe cristiana; la configuración de su gabinete, las promesas más recientes; perfilan a la “patria milagro” como una respuesta a lo que ellos consideran la decadencia moral generada por los relatos y conquistas del pluralismo y del progresismo. Han declarado la desaparición definitiva del feminismo y la “ideología de género”, “la educación sexual” que es, a su juicio, una perversión institucionalizada; “el matrimonio igualitario” que consideran un insulto y una inmoralidad; “los derechos humanos” que van en contravía de las leyes de la naturaleza, en fin. Y van a regresar a la normalidad mediante el ejercicio de un liderazgo fuerte, capaz de poner el orden y volver las cosas a donde deben estar. “¡Los buenos somos más!”
La designación de Viviane Morales como ministra de educación, confirma esa previsión. Desde luego, profesar una religión, cualquiera sea, no inhabilita a nadie para vivir, ejercer un oficio o ser designado en un cargo. La inhabilidad se desencadena cuando esa persona asume que su creencia religiosa debe imponerse en todas las decisiones de su cargo, para impactar con ellas a la vida de los demás.
Con esta última premisa, vamos a ser testigos del carácter implacable de la “cruzada moral” que va a movilizar a todos “los buenos y las buenas” de este país desangrado, quienes han decidido “salvarnos” a sangre y fuego. Salvarnos a todos. Hay que expresarlo de esta manera porque el “todos y todas” va a ser proscrito irremediablemente.
Así, los pastores, los cardenales, obispos, sacerdotes, apóstoles y sus séquitos de legionarios y monaguillos, junto con los demás creyentes, están felices, pues Colombia, como todas las almas buenas del mundo, se van a encargar de reivindicar, instaurar e imponer nuestra .“herencia cristiana”, por la fuerza si fuere necesario.
De la misma manera que los Estados Unidos de América es una “nación cristiana”, el presidente, sus ministros y ministras, sus gerentes, directores, y demás burócratas, acompañados de los ciudadanos de bien, se encargarán de que Colombia brille con el esplendoroso título de “nación cristiana”, como debe ser.
Esos mismos defensores de la fe, serán los felices encargados de “recuperar” y “gobernar”, las “instituciones gubernamentales”.
Viviane lo ha dicho: “¡vamos a meter a Dios en los colegios!”. Su Dios, desde luego. El testimonio verbalizado por su esposo, quien dirige el equipo de empalme, da cuenta de toda la inspiración del nuevo gobierno: “Dios estuvo con nosotros desde el primer día de la campaña”. El Dios de ellos, claro, que los va a “acompañar” por siempre.
Estas metamorfosis de los políticos contemporáneos me regresan a Pessoa y su manejo de los heterónimos. Cuatro fueron los nombres más destacados que suscribieron los libros de Pessoa: Bernardo Soares, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis. Sus biógrafos afirman que inventó cerca de 70 heterónimos.
Hay una diferencia entre heterónimos y seudónimos. Los primeros son identidades literarias independientes frente a los cuales Pessoa no desapareció, mientras que los segundos son nombres falsos detrás de los cuales los autores se ocultan. Ocurre así mismo que los heterónimos tampoco reflejan un caso clínico de personalidad múltiple.
Los heterónimos son una creación artística sobre la que el autor tiene control. La personalidad múltiple es un trastorno de fragmentación mental involuntario sobre el que el paciente no tiene control.
Trump, por ejemplo, tiene múltiples personalidades. Un día es un bebé berrinche, otro día es un depredador sexual; otro es, tal vez, un mitómano incurable, luego un ignorante elemental. El presidente ganador de las últimas elecciones en Colombia amanece un día siendo un guache bullicioso; otro día es un sargento de la policía, más tarde un cantante, después un vividor. El presidente perdedor es, un día, un sujeto bochornoso; otro día un vendedor de baratijas; el día siguiente un soñador delirante y más tarde un “influencer” que no deja de “trinar”.
Los tres mencionados, para no referirme a otros de sus pares, han convertidos sus vidas en ser gestores de los desasosiegos.
Tal vez la mejor descripción de ese sentimiento, la hace Bernardo Soares el heterónimo de Pessoa, “autor” del “Libro del Desasosiego”. Es una descripción inquietante, poderosa, contundente: “… pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios”
Me estremezco. Esta deprimente descripción habla de pintarnos todos con los colores de la resignación, de auto derrotarnos, de declarar que nada vale la pena ser vivido, que todos los sueños son imposibles, que hemos sido encadenados. Me estremece a su vez el saber que es eso lo que quieren de nosotros y, por supuesto, me rebelo.
“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, sentenció Neruda.
