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Todo sátrapa piensa que el Estado es de él y nada más

Por Alberto Morales Gutiérrez

La historia es abundante en enseñanzas que son rápidamente olvidadas y eso explica que los errores y las tragedias de la humanidad, se repitan sin descanso. Hay, en particular, un perfil de personajes para quienes la memoria es una función bastante escasa: el perfil de los sátrapas, los dictadores, los abusadores, los delincuentes, los corruptos. A todos ellos les ocurre lo mismo que a los adictos a las drogas antes de ingresar a su etapa de autodestrucción. Cuando se engolosinan con las primeras pruebas y usan las drogas socialmente, dicen con convicción: “a mí no me va a pasar eso, yo la controlo”.

Aunque sátrapas han existido en todas las civilizaciones, los gringos y los europeos fueron dados a creer que los bufones en el poder eran un patrimonio exclusivo de América Latina o de África. Los Leonidas Trujillo, dinastías como la de los Somoza y gobernantes como Mobutu Sese Seko, eran una referencia permanente. Estaba también generalizada la idea de que la simiente del sátrapa abundaba solo en las muy ignorantes estirpes militares. Pero no. No solo en ellas.

Trump, cuya defenestración es inminente, se constituye en una especie de prueba reina en el sentido de que no hay país, cultura, civilización, economía; libre de ser liderada por un crápula. A su lado, marchan firmes, entusiasmados, delirantes; caricaturas de gobernantes como De La Espriella. No debe sorprender que Abelardo haya decidido conscientemente, deliberadamente, emocionadamente, convertirse en un clon de Donald.  

Uno podría extenderse en análisis sociopolíticos complejos para demostrar el origen, desarrollo y evolución del sátrapa, pero la verdad es que nunca fue más gráfica y contundente la célebre afirmación inglesa: “el diablo está en los detalles”. Veamos algunos de ellos.

Todo sátrapa, cuando llega al poder, asume sin sentido de las proporciones, que el Estado se convierte en su propiedad privada. El Estado es suyo y solo de él. En medio de su confusión, decide que el acto de gobernar, que la autoridad, que el liderazgo; consisten en hacer que ese Estado funcione a la medida exacta de sus deseos y caprichos.

En julio de 2025, Trump anunció que había decidido construir en la Casa Blanca una gran sala de eventos, un salón de baile colosal y ostentoso, “absolutamente necesario”. Se construirá junto a la sede gubernamental -dijo-, y “respetará totalmente el edificio actual”. Mintió, desde luego. Tan solo 10 semanas después, tres excavadoras destruyeron el ala oeste.

Todo en ese proyecto es un despropósito. La Casa Blanca ocupa un área de 5.100 metros cuadrados y el salón de baile tendrá 8.300

Trump inició las obras sin preguntarle a nadie y sin autorización alguna. Esa casa es de él, solo de él y nada más que de él.

Con la misma lógica del poder absoluto, despide a la mayoría de la gente que trabaja en el Departamento de Justicia; persigue a todos aquellos que lo investigaron en el pasado, despide al director del FBI, al fiscal general, decide que hay medios de comunicación que no pueden ingresar a la Casa Blanca; obstaculiza, insulta, empuja y sigue tan campante. Está absolutamente convencido de que nadie moverá un dedo en su contra.

Él nunca va a saber quién diablos fue el que dijo “el Estado soy yo”. No sabe si la frase es apócrifa, no sabe quién fue Luis XIV, no. Trump es incapaz de saber nada, pero se duerme todas las noches con la idea de que él es el Estado. No tiene dudas.

Ayer vi un video de Abelardo, marchando marcialmente. Es una toma general, hay un camino con alfombra roja y el aparato de seguridad es monumental. Detrás de él, y a sus lados y adelante, agentes lo resguardan con grandes escudos antibalas, otros con metralletas se mueven apresurados, el mundo entero tiembla en ese recorrido, mientras él, lechuguino, con la mano en gesto militar, camina inconexo. Se nota que aún no ha aprendido. La puesta en escena adquiere un matiz ridículo.

También Abelardo hace adecuaciones a la sede republicana de la casa presidencial en Barranquilla, sin preguntarle a nadie y, de la misma manera que Trump destaca que su salón de baile se hará con donaciones de amigos como Amazon, Apple, Hard Rock, Google, HP, Meta, Microsoft (a cambio de nada desde luego) Abelardo expresa que esa sede se financia “a través de una combinación de recursos propios, aportes patrimoniales y donaciones del sector privado” Recursos de él porque es rico y esa es su garantía de incorruptibilidad, y donaciones de, por ejemplo, Tecnoglass, de los hermanos Daess (a cambio de nada, desde luego) ¡Una belleza!

La teatralidad con la que se abordó el jueves pasado la presentación de su “contrarevolución cultural”, hace suponer que hace parte del libreto de algún documental que se está grabando para la historia. Abelardo, en efecto y sin previo aviso, se va “a paso firme por la patria” rumbo el Ministerio de Cultura y mientras vociferaba su “lucha abierta, decidida y patriótica contra el wokismo que busca transformar los fundamentos morales, culturales y sociales de occcidente”, en el Museo Nacional, un grupo de funcionarios se apresuraba a remover, sacar, desaparecer por lo menos 30 obras que hacían referencia (qué horror) a las víctimas de la violencia política contra la Unión Patriótica, a la historia de los movimientos feministas y LGTBI, a temas que no tienen cabida en la visión del mundo de la patria milagro. Sin proceso alguno, Abelardo lo decidió, lo ordenó y su orden se cumplió. Tres salas de exhibición de ese museo fueron desmanteladas.

Es la misma lógica de decidir, porque sí, que la ya famosa “Fundación Colombia, luz y sonrisas”, constituida por su esposa días después de la victoria electoral, debía recibir las donaciones nacionales e internacionales de la solidaridad con las víctimas del terremoto. Su lógica es impecable: Es lo mismo, porque la Fundación es nuestra y el país es nuestro. Fue entonces cuando se activó la campaña muy patriótica: “Colombia, un solo corazón”. Aunque lo han prometido insistentemente, aún no hay datos precisos de quienes donaron y cuanto donaron y qué se ha hecho con el dinero.

Personajes de esta calaña se consolidan cuando cuentan con lo que Hannah Arendt denomina “la complicidad social”, lo que le permite a esta filósofa e historiadora, concluir con una reflexión memorable: “El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido, ni el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre el hecho y la ficción, y la distinción entre lo verdadero y lo falso, ya no existen”.

Hay una preocupante obnubilación que afecta a los fanáticos de “firmes por la patria”.

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