Felipe, impunemente, irrespeta al periodismo, a El Espectador, a su director; irrespeta los principios que ese medio ha defendido, y en un ejercicio vanidoso, soberbio, pedante; se declara poseedor de la verdad, poseedor del poder del milagro, poseedor de la sagrada voluntad de Cristo Rey; para exigir entre líneas, el despido de una periodista que está a años luz de la estulticia que él exhibe, y cuya independencia está probada.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Las historias populares tienden a cambiar de intención, a adaptarse a cada tiempo. Las leyendas evolucionan. Esta historia del “putas de Aguadas” es un ejemplo valioso. Encontré una referencia a su origen en un texto del años 2015, en el que se cita al artista aguadeño Carlos Alberto Osorio y a su blog. Pero, a no dudarlo, es una historia mucho más antigua.
Ese hombre que “todo lo puede y a nada le teme” , el “putas de Aguadas”, es definido como una especie de arquetipo del varón paisa, del arriero guapo, del colonizador heroico, del indomable “capaz de realizar misiones imposibles”. Se atribuye su origen al filósofo de Envigado, don Fernando González; otros hablan del cuentista Juan Ramón Grisales, y Osorio (el artista al que hice referencia) le atribuye un origen cercano a los 200 años atrás. ¡Vaya usted a saber!
Pero, la verdad es que la definición de “putas de Aguadas” fue tomando otros rumbos y trascendió las intenciones del folklor, que era la idea inicial, para convertirse en una especie de epíteto, de descalificación. El famoso dicho se despeñó por los abismos de la soberbia, de la prepotencia y de la altanería.
Hoy, los “putas de Aguadas” son los patanes, los “sobrados”, presuntuosos, inmamables en su vanagloria; esos tipos que tienen una pasión desenfrenada por ellos mismos, que se adoran. Nos miran como si fuéramos insectos. Jamás estaremos a su altura, pero la verdad es que son personajillos minúsculos.
Una patología que lo mismo exhibe, por ejemplo, el patético exfiscal Barbosa (no fui capaz de recordar su nombre), pasando por el desastroso Trump, el vergonzoso Milei, el muy pedante Bukele, o el petimetre De la Espriella. Todos ellos son “putas de Aguadas”, muy fáciles de detectar.
En términos médicos, este tipo de disfuncionales desarrollan su comportamiento como un mecanismo de compensación a sus inseguridades y complejo de inferioridad. De hecho, tienen egos frágiles.
Pero existen también unos personajes altamente representativos de eso que podríamos llamar el síndrome del “putas de Aguadas”, que pretenden pasar agachados y son decididamente repugnantes. Son los que “intelectualizan” su pedantería disfrazándola de “inteligencia”, su arrogancia disfrazándola de “verdad”.
Conocí una opinión audiovisual de Felipe Zuleta Lleras que él, con ínfulas mayestáticas, denomina “el zuletazo”, algo así como el juetazo, el zurriagazo. El “golpe demoledor”, debió ser la manera de describirlo, cuando le sustentó ese nombre a sus amigos del club.
Se trata de un nieto de Alberto Lleras Camargo que ha hecho “a pulso” una carrera como periodista, columnista, escritor, diplomático, en fin, “gente de bien”, claro. Muy premiado.
En la pieza que vi, el hombre luce un rostro agobiado, pero más que triste, está bravo. Y entonces nos derrocha “inteligencia”, “cultura”, “tacto” , “lógica informal”, “retórica” y “dialéctica” para persuadirnos a todos y a todas, pero fundamentalmente al director de El Espectador, de que la columnista Ana Cristina Restrepo, debe salir de esas páginas.
Voy a transcribir textualmente apartes esenciales de su vergonzosa intervención, para que no se diga que lo estoy tergiversando.
Dice que escribe en El Espectador “columnas de opinión hace 30 años, sin que jamás su director me haya censurado o me haya indicado o me haya dicho absolutamente nada sobre algunas columnas”. Nos está confesando, sosteniendo, declarando, que el medio en el que escribe respeta la libre opinión, independientemente de los contenidos, la ideología, la orientación sexual, los apellidos, el abolengo. Pero, a renglón seguido, expresa sin contemplaciones que a él eso no le gusta, porque quiere confesarnos que “a veces, me dan ganas de no seguir escribiendo. No porque no me guste el ejercicio de escribir, sino porque me muero de la pereza de tener que compartir página, en la misma página los domingos, con zurdos como la columnista Ana Cristina Restrepo…”. Claro que está bravo, a él no le gusta respetar la libre opinión, no le gustan los contenidos que él no comparte, no, no le gustan. ¡Qué pereza!.
Pero…¿por qué no le gustan? Me pregunté yo y se preguntará usted. Y el buen Felipe nos hace un contexto: “me mandó ( Ana Cristina) hace un par de meses un correo diciéndome que, como yo había dicho que los zurdos tenían que temblar, que ella ¿dónde se iba a esconder, que ahora ella qué iba a hacer?”. Desde luego en el zuletazo de ese día, no explica su afirmación de que los zurdos tienen que temblar, es decir, desaparecer, no dejarse ver, no respirar, no hacerse sentir. No, no lo explica. Le parece mejor acusar de paranoica a la insolente de Ana Cristina por haberle hecho esa pregunta, puesto que decirle que tiene que temblar no significa nada que sea mínimamente peligroso. Su diagnóstico es alucinante: ¿sabe por qué se asustan ante esa frase, por qué se sienten amenazados, sabe cuál es la razón de su demencia?, a él no se le ocurre nada distinto que argumentar: “Bueno, zurda al fin y al cabo”.
Y entonces, Felipe, revestido de paciencia, se torna didáctico: “volviendo al tema. Es que a veces abro El Espectador el domingo y digo: ah, qué mamera tener uno que quedar en la misma página con una zurda de estas”. ¡Gas fuchi fu! – parece afirmar. Y entonces protagoniza luego de este exabrupto, un acto de hipocresía exactamente igual al de la señora emperifollada en el atrio de la Iglesia, luego de la misa, cuando observando a una mujer de raza negra que se atreve a pasar cerca de ella, le dice a su amiga: “mira querida, tú sabes que yo no soy racista, pero…”
Felipe advierte: “no pretendo que El Espectador saque columnistas por su ideología política o por sus creencias religiosas, porque es un periódico demócrata y su director, pues, ni para qué hablar, pero…”
Y se despacha sin respeto por la libre opinión, por el periodismo, por la independencia: “es que esos columnistas y algunos otros periodistas hacen parte de ese grupo de los zurdos caviar, que no ven sino por un ojito, por su ojito izquierdo y claro…” Felipe “construye” su argumentación final, mirando desde luego, con su ojito derecho: “le perdonaron a Petro -esos periodistas- las amantes, las meretrices, esas alocuciones totalmente bajo la influencia de alguna sustancia psicotrópica” y suelta una larga lista.
¿Cuándo, en qué texto, en qué intervención, hizo Ana Cristina Restrepo alguna profesión de fe petrista?
Felipe, impunemente, irrespeta al periodismo, a El Espectador, a su director; irrespeta los principios que ese medio ha defendido y, en un ejercicio vanidoso, soberbio, pedante; se declara poseedor de la verdad, poseedor del poder, del milagro, poseedor de la sagrada voluntad de Cristo Rey, para exigir entre líneas, el despido de una periodista que está a años luz de la estulticia que él exhibe, y cuya independencia está probada.
San Agustín, a quien los fanáticos de Cristo Rey dicen admirar y respetar, tiene una sentencia sabia: “la soberbia no es grandeza sino hinchazón…”
