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Al Alberto

Cuando los intelectuales justifican al pederasta.

Por Alberto Morales Gutiérrez

Apenas ahora me entero de la existencia de la escritora francesa Vanessa Springora; apenas acabo de conocer su poderosísimo libro “El Consentimiento” (Lumen. 2021) y aprendo, apenas ahora, no solo sobre los estragos de Gabriel Matzneff, el pederasta “insigne”, sino del escándalo que compromete a lo más granado de la intelectualidad francesa del siglo XX. Apenas ahora.

Me agobia el derrumbe de un “axioma” (?) que, con cierta inocencia, fui construyendo a lo largo de mi vida, y que ya me parece una afirmación insostenible: creía que la lectura, el pensamiento y la reflexión juiciosa, podría vacunarnos de incurrir en la barbarie. Ya sé que eso no es cierto, necesariamente.

Vanessa, graduada de la Sorbona en estudios avanzados de letras modernas, fue asistente y luego directora general de edición en Julliard; coordinó colecciones en Robert Laffont y es una escritora reconocida que, con este libro que refiero, conmocionó hasta sus cimientos no solo a la industria editorial francesa, a los lectores, a los medios de comunicación, a la legislación existente, sino y sobre todo, al Olimpo de la intelectualidad de ese país, por la posición adoptada de cara a los excesos de un pederasta confeso.

La novela de Springora es un testimonio desgarrador de cómo, a los trece años, fue seducida y utilizada por Gabriel Matzneff, quien la convirtió en un objeto.

En el prólogo de la edición de Lumen se esclarece la intencionalidad catártica de la escritora, quien decide relatarlo todo, una vez se entera con indignación que a Matzneff se le ha concedido el premio Renaudot en el año 2013. En 1987 había recibido el Premio Mottart y la Academia Francesa le había concedido, a los pocos años, el Premio Amic. Para ese 2013 ella ya tenía 41 años y estaba recuperada de todas sus heridas, entonces se da a la tarea de escribir esta novela… “llevo muchos años dando vueltas en mi jaula, albergando sueños de ase­sinato y venganza. Hasta el día en que la solución se presenta ante mis ojos como una evidencia: atrapar al cazador en su propia trampa, encerrarlo en un libro.»

Desde siempre, los libros lo representaron todo para ella. “Antes incluso de saber leer y escri­bir, me fabricaba libros con todo lo que caía en mis manos: periódicos, revistas, cartón, cinta adhesiva y cordel. Lo más sólidos posible. Primero el objeto. El interés por el contenido llegaría des­pués…”

Su madre, que era jefa de prensa de una editorial, la lleva a una cena en la que conoce al depredador. Se trata de un escritor conocido, muy prolífico y es 36 años mayor que ella. Le sonríe, le coquetea y empieza a esperarla a la salida del colegio; le envía poemas y cartas de amor, la envuelve, la adula y la lleva a la cama. La niña se entrega a él con una devoción total.

Se van a vivir juntos bajo la mirada cómplice de su madre, quien no puede ocultar el orgullo de que un escritor tan “eminente” haya escogido a su hija. La relación con el pederasta dejó a Vanessa devastada. En el libro describe “con luminosidad y sosiego, con total ausencia de juicios, con ironía, precisión y detalle”, el acontecer de esa tragedia.

¿Qué determina el “consentimiento?, se pregunta ella en una entrevista de Marta Moleón. De hecho, el consentimiento es una palabra “que permite atenuar la gravedad de los hechos”, reflexiona, y afirma a renglón seguido: “pese a la edad tan precoz que yo tenía en aquel entonces, también tengo un grado de responsabilidad en todo esto. No solamente no oculté el hecho de que me enamoré sinceramente de este hombre, sino que al mismo tiempo quise cuestionarme la noción que tenía de esta palabra”. Pero las dudas desaparecen cuando concluye: “consentir es decir “sí”, pero para poder decir “sí” uno tiene que ser capaz de poder decir “no””.

Gabriel Matzneff no solo es un depredador sexual, es un cínico. Fue capaz de “intelectualizar” su pedofilia y su pederastia (no son sinónimos) amparado en uno de los gritos de combate de la revolución estudiantil de mayo del 68: “prohibido prohibir”. Muchos de sus textos y libros relatan sus procesos de seducción. De hecho, Vanessa terminó registrada en una de sus “obras”.

Siniestramente provocador, publicó en 1974  “Los menores de 16 años” un ensayo en el que a partir de sus propias experiencias, expresaba su satisfacción con esos cuerpos que él “desposeía de toda suerte de inocencia o autonomía”. Durante décadas detalló impunemente en sus libros, las relaciones con niños y niñas.

Y entonces, ¡ah de la intelectualidad!, Vanessa descubre que no tiene con quién hablar. Desesperada, se acerca al muy reconocido Emil Cioran, el filósofo rumano, el pensador, el hombre de la “ociosidad reflexiva” y le confiesa sus penas, le pide un consejo. Cioran le explica que su papel es acompañar a Matzneff en el camino de la creación y también doblegarse a sus caprichos. Da fe de que aquel la adora y le suelta una frase de contenido abominable “a menudo, las mujeres no entienden lo que necesita un artista…” porque la mujer de un artista debe dar a su amado “un amor sacrificado y oblativo” (¿?¡!)

Para el año 1977, Matzneff estaba inundado de gloria y su ensayo sobre los menores de 16 años lo había convertido en un adalid de la libertad sexual. Él era un monumento erigido a la inteligencia libertaria. Propuso entonces una carta abierta que publicó Le Monde el 26 de  enero de ese año, a propósito del debate público sobre la edad a la que una persona puede decidir tener o no relaciones sexuales. El documento se enmarcaba además en el famoso juicio del “caso Versalles” en el que se juzgaba a tres individuos que se enfrentaban a cargos de 10 años por “atentado al pudor sin violencia contra menores de 15 años”.

La carta de Matzneff, fue suscrita por personalidades tales como Roland Barthes, Jacques Derrida, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Francis Ponge, Guy Hocquenghem, Giles Deleuze, Louis Aragon, André Glucksmann, Jack Lang, Bernardo Kouchner, entre otros.

Los intelectuales definían ese episodio como un “simple asunto de moral”, sustentaban que los niños “no fueron víctimas de la más mínima violencia” y que existía una “manifiesta desproporción entre la calificación del “delito que justifica tal gravedad y la naturaleza de los hechos alegados”.

Fue solo después de la publicación del libro de Spingora, que la fiscalía francesa abrió un expediente contra Maztneff y en el 2023 inició un juicio formal que se nutrió de otras denuncias. Para ese momento el hombre estaba acorralado por el desprestigio y la sanción social, aunque persistía en balbucear en su defensa que  era cultor de “la libertad sin límites” y que en su condición de “creador”, buscó en la pedofilia “la expresión misma de su singularidad autoral y su universo propio”.

Nunca una expresión de la “inteligencia” francesa en torno a estos sucesos. Silencio total. Solo la escritora canadiense Denise Bombardier, en los días de gloria de Matzneff, participaba en un programa de televisión en donde el pederasta recreaba sus excesos, y soltó, acusadora, esta frase lapidaria: “la literatura no puede servir de coartada”.

No puedo evitarlo, siento dentro de mí que algo se desmorona en la admiración y el respeto que me suscitaban los nombres legendarios que aparecen suscribiendo esa carta abierta.

Diez años atrás de la publicación de Le Monde, Roland Barthes, uno de los intelectuales que la suscriben, escribió un ensayo: “La muerte del autor”. En él reflexionaba algo así como que para efectos de la interpretación de un texto, la intención del autor era irrelevante. A nosotros, que éramos muy jóvenes en esa época y fácilmente impresionables, nos pareció que esa afirmación era brillante y majestuosa. Pero no. Hoy sé que no. No es cierto que en el acto de escribir el autor se borra a sí mismo. El sueño compartido con S. Elliot en el sentido de que la obra se defienda por sí misma, es una falacia narrativa. Creo que, aun mintiendo, aun posando, el autor está indefectiblemente ligado a lo que escribe y que su propia mentira debe, finalmente, subyacer en su obra.

Me gusta más (y no he escrito “gustar” sin intención) la lucidez que observo en Teodoro Adorno,  el filósofo y sociólogo marxista alemán, cuando afirmaba que no hay sistema sin grietas y reclamaba, convocaba, llamaba al ejercicio de pensar, porque entendía que era el pensamiento el que daba forma al mundo. El mismo Adorno que sentenció, como si estuviera susurrándolo en mis oídos, que “la inteligencia es una categoría moral”, destaca que “no hay ignorancia inconsciente o inocente” . Me aferro a esa idea, necesito aferrarme a ella, porque soy incapaz de aceptar las razones que tuvieron esos intelectuales, cuando defendieron y justificaron, sin rubores, al execrable ejercicio de un pederasta y de todos los pederastas. Lo vuelvo a decir: les he perdido el respeto.

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14 respuestas a «Cuando los intelectuales justifican al pederasta.»

No solo cae del pedestal ese pseudo libertario de la depredación abominable sino muchos pseudo escritores del mundo que con su arrebatos de intelectuales evacuan miserablemente y cagan a su presa sin consideración por los escogidos objetos sexuales. Escoger de joven a adulto con experiencia o sin pretenciones como las de esos pseudos personajes lo da el tiempo y nunca la inexperiencia.

Hola Juan, muchas gracias por tu lectura y comentario. Creo que la frase de Denise Bombardier que cito en el texto encaja perfectamente: “La literatura no puede servir de coartada”

Muy sugerente el articulo del maestro Morales. La premisa de que la ética del escritor es independiente de su obra se vuelve insostenible en este contexto porque la obra de Matzneff no solo coexistía con su conducta, sino que era la herramienta para documentar, validar y perpetuar el abuso. Cuando la obra se convierte en el registro de la victimización de un tercero, como en el caso de Vanessa Springora, la distinción estética desaparece para convertirse en una prueba testimonial de un daño real. Por tanto, evaluar una obra ignorando la moral del autor puede derivar en una complicidad intelectual que silencia a las víctimas en nombre del “arte”. Y queda la pregunta, se puede separar el autor de su obra? Pablo escobra, autor, hizo un barrio para los pobres en Medellin, por eso el pueblo del comun adora a Pablo escobar. ? Es eso reprobable?

Gerardo, hola, muchas gracias por leer y comentar. Creo que estos temas de la ética terminan siempre atravesados por subjetividades. Lo aberrante del caso de Matzneef es haber hecho de sus novelas, ensayos y textos, una coartada. Terminó siendo, como dices, una prueba testimonial. En el caso de Pablo y su estrategia de construcción de viviendas populares que desencadenaba el “gracias por el favor recibido”, no asumo en esas gratitudes, una transgresión ética.

Estimado Alberto no quiero apresurarme en comentar ya mismo esta columna porque para quienes hemos cruzado los siete mares y bajado los anillos de Dante… la conclusion no es del orden binario…

No sé si sería una coartada para aprovecharse de la muchachita. De pronto otras más mayorcitas y atractivas también hubieran caído subyugadas por su “encanto”. Pero como dices, le gustaban más las sardinas, como aquella canción del “Doctor sardinero”; y lo más extraño fue que la madre asintió la relación, incluso estuvo de acuerdo en que se la llevara a vivir con él como si fuera la hija jugando otro tipo de rol, tal vez incestuoso. Mira como se recompone de lado y lado la perversión. Con razón decía Freud que lo importante no era la obra sino el autor, y ahí caemos todos los que escribimos, cada quien con sus pretensión… o sus perversiones.
Muy feo el asunto, tanto por el lado del escritor, como por el lado de la madre que lo permitió. Habrá que leer la novela.
Saludos!

Vanessa Springora: para mi una perfecta desconocida, “El consentimiento”: un relato que sin haberlo abordado, al parecer legitima los abusos. El simple hecho de hacer del tema objeto de análisis sin condenarlo expresamente, habla muy mal del espíritu que animó la escritura de ese libro; es como si alguien se diera a la tarea de compilar y publicar las actividades de J. Epstein y el selecto grupo de clientes pedofilos, todos miembros de las altas sociedades mundiales: algo sin duda reprochable. Ya en la antigüedad, el marqués de Sade nos permitió entrever hasta qué punto las aberraciones sexuales son nombradas de manera sospechosa como “normales”: la existencia de un sádico supone la presencia de un masoquista, al parecer, diría cualquiera, la pareja perfecta.

El referido prólogo de lumen no exime de culpa a la escritora: la catarsis no justifica el relato de un delito, si, porque de eso hablamos: el abuso de menores es aquí y en cualquier parte un crimen abominable: es, en otro sentido pero igual de bárbaras las entrevistas concedidas × Netanyahu al referirse al genocidio del pueblo palestino y el sionista va + lejos: vende la idea de que su actuar cuenta con el visto bueno “del de arriba”, × ser Israel, “el pueblo elegido de dios”, con ese argumento cualquier acción, × descabellada y criminal que sea, está dentro de los límites de lo razonable y se plantea como “normal y aceptable”… de acuerdo con esas falsas premisas y, a este paso terminaremos justificando abusos como el bloqueo al que tienen sometidos los USA a los cubanos sólo × atreverse los isleños a escoger su propio camino como pueblo independiente y soberano. Volviendo al tema: no se puede tomar como un cortejo el que un hombre maduro, 36 años mayor que una niña se dedique a esperarla a la salida de su colegio, el obsequiarle dulces y flores no justifica un asedio, × que el vigilar a su víctima no legítima ni hace normal la criminal actitud del pederasta, × el contrario, en cualquier estrado judicial eso sería tomado como un agravante, sumes el gravisimo perjuicio causado × una padre complaciente, que deslumbrada × el volador, entrega, consciente de sus actos a su hija en manos del pedofilo. De acuerdo, tiene usted razon en su afirmacion de que G. Matzneff es un cínico, además de abusador, × que no sólo hace públicas sus depravación, sino que además, las adorna con visos literarios y engalana con los múltiples galardones que recibió × sus escritos.

El decir SI lleva implícita la opción de expresar rechazo, pero qué posibilidad para decir NO tiene una niña de 13 años, cuando × su edad confunde la atracción con el enamoramiento ?, a esa edad, en plena transición de la niñez a la pubertad, la persona se considera adolescente y es precisamente × eso: adolece de falta de criterio, aún no ha desarrollado su capacidad para discernir: en pocas palabras, la víctima perfecta para un pedofilo o cualquier pederasta. El hecho de que pensadores ilustres como Sartre y su compañera Simone, M. Fucoult y una decena + de connotados escritores hayan suscrito la carta “normalizando” los atropellos del siniestro personaje no legítima el abuso, × el contrario: evidencia el grado de distorsión o enfermedad al que ha llegado nuestra civilización: a veces pienso que es precisamente la búsqueda del progreso nuestra condena, × que… de qué sirven las comodidades alcanzadas × la sociedad de consumo ?, no estaremos convirtiendo nuestra infatigable ansia de bienestar en pretexto para justificar lo iinjustificable ?.

Podría seguir, la pieza que nos comparte da para un análisis + pormenorizado, pero hay momentos en la la rabia y la indignación pueden nublar nuestra objetividad.
Muchas gracias Alberto × compartir: escritos como este nos permiten crecer y visualizar nuestro futuro, que todos aspiramos sea mejor.

Hola Álvaro. Muchas gracias por tu lectura y por tu comentario. El libro es una denuncia brillante que desencadenó no solo una gran discusión en Francia sino que “destrozó” al depredador quien, no solo está siendo juzgado hoy, sino que muchas editoriales recogieron sus libros y la sanción social ha sido extraordinaria.

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