He sido testigo de excepción y también víctima del desafuero sectario de todos estos bandos. He sentido la conmoción de apreciar la manera como el sectarismo es capaz de desfigurar la inteligencia de quien cae en sus garras. He podido observar, aterido de dolor, la derrota del pensamiento.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Pensándolo bien, no existe abismo alguno entre un chiste de Quino, (el soberbio ilustrador y pensador argentino que le dio vida al universo de Mafalda) y los predicamentos de Protágoras de Abdera o las reflexiones de Marco Aurelio. Solo hay matices.
Miguelito, el de Mafalda, tiembla aterrorizado sosteniéndose apenas, apoyado en la puerta de la nevera que acaba de cerrar abruptamente. Felipe, su amigo, le pregunta qué pasa y Miguelito apenas balbucea al responderle que ahí, adentro del refrigerador, acaba de ver el cadáver de un pollo. Felipe se indigna. “No seas tonto” – le dice- “es un pollo“. Y entonces Miguelito le da una estocada: “pero está muerto, ¿o no?”. En el cuadro final de la viñeta cómica, la mamá de Felipe no entiende la razón por la cual, a la hora de la cena, él no quiere recibir nada distinto a verduras, verduras, verduras…
Michel Onfray refiere que, en Las Meditaciones, Marco Aurelio hace referencia a un método que denomina la “psicagogia”, concebido para privar de valor a todo aquello que la gente estima, ya por la influencia de su cultura, la influencia de su tiempo, o la influencia de la civilización. Demuestra, sin querer – queriendo, el axioma según el cual, el mundo ES como cada quien lo mira.
Marco Aurelio recurre a la lógica de su “psicagogia” para neutralizar el apetito de Petronio, un sibarita que se enloquecía con los jabalíes confitados a la miel y rellenos de liebres, de aves pequeñas trufadas de especias y de lenguas de gorrión; demostrándole a Petronio que allí solo hay cadáveres, ingestión de cadáveres, digestión de cadáveres y, al final, deyección de cadáveres. ¡Uf!
Así, entre Quino y Marco Aurelio, he terminado por entender que existen mas similitudes que diferencias entre los sectarios desatados de todos los bandos, que protagonizan las grandes discusiones del momento.
Esta conclusión es razonable, habida cuenta de que, como es bien sabido, los sectarios de un lado y los sectarios del otro, son poseedores de verdades inmutables. Cada uno de ellos habita en una convicción: “la idea del mundo en el que yo pienso y vivo, es la idea del mejor mundo posible, el único y verdadero mundo feliz. Ergo, quien no piensa como yo, no solo está equivocado, sino que es enemigo de la verdad y atenta contra mi felicidad y contra la felicidad colectiva. Su presencia es dañina para la verdad y para la felicidad. Es un ser despreciable. No debe existir”
Esto explica que una de las características de las últimas elecciones en Colombia, fue la unificación de criterios entre el sectarismo de los cardenales, obispos, sacerdotes y párrocos católicos de las ciudades y los pueblos, orientando a su feligresía a enfilarse contra el comunismo; con el mismo entusiasmo y estructura argumental sectaria de centenares y miles de pastores, apóstoles y correligionarios cristianos no apostólicos y romanos, que predicaban la misma causa anticomunista.
Los del otro lado, los sectarios “comunistas” , no lo hacían de manera muy diferente en la prédica de su verdad y en su visión de los otros, su visión de quienes tienen una idea diferente a la de ellos.
Ambos sectarismos desaforados, tienen su historia.
El 4 de mayo de 1929, en su discurso a la Cámara de Diputados, Mussolini expresó de manera categórica: “El Estado fascista reivindica plenamente su carácter ético: es católico, pero ante todo, es fascista, exclusiva y esencialmente fascista”. Alguien podría objetar que esa es una declaración de Mussolini, pero no de la Iglesia católica. Dirá que puede ser que Mussolini privilegie la espada de Pablo y escoja con entusiasmo esa imagen del Cristo furioso que echa a los mercaderes del templo. Y sustentará que es una elección lícita. Pero ocurre que la historia documentada demuestra que tres meses antes, el 11 de febrero del mismo año 29, se firmaron los Pactos de Letrán entre el reino de Italia y la Santa Sede. En el célebre documento, Mussolini le da categoría de Estado al Vaticano, y el catolicismo se establece como la religión oficial del Estado italiano. Es pues, un contubernio sectario.
Si bien en los últimos 2000 años el cristianismo ha dado muestras de sus métodos de persuasión, a través de masacres y genocidios ejercidos con la espada y con el fuego de las hogueras y las bombas, sus actos se han justificado siempre por el carácter de verdadera que tiene su propia fe. Es una fe sectaria.
Pio XII, en su infalibilidad, murió en olor de santidad defendiendo la causa de Hitler, de Mussolini y de Franco, apoyando, sin matices, la causa anticomunista. ¿Qué es el comunismo?, puede preguntarle usted a cualquier defensor de la fe sectaria, y escuchará la misma respuesta: ¡todo aquello que no es la fe cristiana!
Lo cierto es que la gran mayoría de las “verdades” de este mundo, se han caracterizado por la enorme cantidad de sangre y de cadáveres que acompañan y justifican sus victorias sectarias. La otra verdad es que ninguna de esas “verdades” se sustrae de tener en sus filas a ejércitos sectarios de canallas, ignorantes, bestias que lo mismo han escalado hasta el poder o anidan en sus bases. Ninguna.
El bando de los sectarios es el de los que ven el mundo en blanco y negro.
La aclamada revolución francesa, que es el epítome del progresismo, fue un coctel de contradicciones: Hubo ahí humanistas connotados, claro, y también terroristas como Marat; padres de familia infames como Rousseau; déspotas como Robespierre. Hubo, en nombre de la defenestración de la monarquía y la instauración de la democracia, una generalización del terror, la arbitrariedad desatada de los tribunales revolucionarios, la violencia institucionalizada, turbas enardecidas, mucha ceguera y fanatismo, sectarismo en abundancia, hasta para botar.
El sectarismo borra todas las fronteras. El mismo culto al Estado fuerte que proclaman los fascistas, es defendido por la dictadura del proletariado. La proclama del orden y la autoridad, fascina tanto a la derecha recalcitrante como al sectario militante bolchevique que reverencia la voz invisible del Partido. De la misma manera que la derecha rinde culto a la virilidad, los compañeros de las fogatas universitarias en la década del 70 del siglo pasado declamaban impertérritos…”y vosotras, mujeres, levantaos las sallas y empezad a procrear hijos, que ¡hombres necesita la revolución!”. Los unos y los otros son dados a diluir al individuo en el Estado y a borrar del mapa a todos aquellos o aquellas que atenten contra la unidad de la nación.
He sido testigo de excepción y también víctima del desafuero sectario de todos estos bandos. He sentido la conmoción de apreciar la manera como el sectarismo es capaz de desfigurar la inteligencia de quien cae en sus garras. He podido observar, aterido de dolor, la derrota del pensamiento.
Y entonces me estremezco con esta conclusión que recién se me aparece: la verdad es que desde las filas del sectarismo de todos los bandos, no existen diferencias marcadas. Todos ellos, de manera voluntaria o involuntaria, están de acuerdo en lo fundamental, siempre…
