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El “Malleus maleficarum” de Fico Torquemada.

Por Alberto Morales Gutiérrez

Fue en el año 2019 en Medellín, fue en una manifestación “contra la violencia” y de apoyo a Álvaro Uribe y su doctrina, cuando un anciano enardecido que hacía parte de los marchantes, gritó increpando a unas personas que le parecieron “enemigas” y para que lo oyera todo el mundo: “¡plomo es lo que hay, plomo es lo que hay!”. Pocos días después, en una entrevista que le hicieron para celebrar su audacia y valentía, se le ve sonriendo a la cámara, inofensivo y manso, junto a un cuadro de la virgen o del sagrado corazón de Jesús, tal vez. El anciano sintetizó, con su grito, la convicción cerrera del fanático, esa convicción según la cual, quien no acepta su “verdad” debe morir, ya como consecuencia del plomo recibido, ya por el fuego de la hoguera.

Federico Gutiérrez, el alcalde de Medellín, apoyado en su bastón de mando, disparó el pasado 21 abril desde su trinchera de la red social X, un texto que encaja perfectamente en esa actitud sectaria y enfermiza de los fanáticos; una actitud que, casi siempre, es capaz de borrar todo signo de inteligencia. Disparó a propósito de un evento que a ese alcalde le pareció execrable, peligroso, dañino, amenazante, perverso: ¡el lanzamiento de un libro!

Es un texto del profesor Jaime Rafael Nieto López, sociólogo de la Universidad de Antioquia y “Doctor en Pensamiento Político, Democracia y Ciudadanía”, cuyo contenido es el de su tesis de grado, requisito para el título de “Magister en Ciencia Política”. Escribió y presentó el texto hace 30 años. Apenas ahora tomó la forma de libro. El título horrorizó al alcalde fanático: “El M-19: de la guerra a la política”.

Presa de una ira santa proclamó en X una orden terminante: “!!Este evento se cancela (sic)/ En Medellín nunca tendrá espacio la apología al terrorismo. / Acabo de ordenar la cancelación de este evento en la Biblioteca Pública Piloto. El M-19 no fue un “relato romántico”: fue un grupo armado terrorista que dejó víctimas, dolor y muerte en Colombia. / Recordemos el Holocausto del Palacio de Justicia. / Nuestra ciudad respeta la memoria de las víctimas, no la propaganda de quienes empuñan las armas. / Este evento tiene un carácter evidentemente político y ninguna entidad pública puede albergarlo, además, por ley de garantías. (sic)/ Inaceptable que alguien de la Biblioteca (sic) hubiera permitido esta agenda. / Aquí defendemos la legalidad. / La @AlcaldiadeMed , ni mucho menos yo, nos vamos prestar (sic) para esto”. El hombre estaba desatado.

Es necesario destacar que el libro, finalmente, analiza con sentido crítico, el actuar de ese grupo y sus incoherencias. Fico lo descalificó sin conocerlo. Es el prejuicio del fanático.

Hay un diagnóstico claro de este tipo de comportamientos. Los expertos sintetizan que la mentalidad de quienes prohíben o queman libros (el que hace lo uno, hace lo otro) tiene su fundamento en el miedo, en el dogmatismo y en el deseo irrenunciable de control social e ideológico. Solo lo que el fanático piensa, en lo que el fanático cree, es lo que se puede aprobar o salvar, el resto hay que prohibirlo o quemarlo, o desaparecerlo.

En honor a la verdad, debo decir que ese tipo de fanatismo no corresponde a un espectro político en particular. Se trata de manifestaciones y “pánicos morales” que florecen en todos los bandos.

No debe sorprender la evidencia de que el fanático es altamente selectivo. La inquisición, por ejemplo, quemó libros y seres humanos sin consideración, sobre la base de que su delito era la herejía, solo la herejía y nada más que la herejía. Todo aquel o aquella que se apartara del dogma cristiano era un hereje. Pero ojo, jamás quemó un libro o algún ser humano que estuviera en estado de “pecado”, ejerciera prácticas “pecaminosas” o incitara a hacerlo. Perdonarnos los “pecados” es el gran negocio de la Iglesia.

Un personaje como Torquemada, el fraile dominico que fue definido como “el martillo de los herejes” se excitaba quemando libros de contenidos no católicos, poemas de escritores no católicos, novelas, estudios, análisis de escritores no católicos, y cerrando y calcinando bibliotecas judías y árabes.

Es razonable creer que las hogueras de libros fueron una práctica de siglos pasados. Pensamos que hoy, en la era de la información, todos tenemos acceso a todo. Es una creencia errónea. Los censores aún queman libros, los prohíben, cierran centros de lectura e impiden el acceso. Están regados por el mundo. Un ejemplo notable se remonta al 2001 en Nuevo México: un pastor promovió la idea en su congregación de hacer una hoguera alimentada por todos los libros de Stephen King y de otros autores, también discos de AC/DC porque eran “obras del diablo”. Fue un espectáculo de enajenación “mística” francamente aterrador.

En 2022, la “Ley de la libertad individual” en Florida, obliga a los profesores a retirar o cubrir todos los libros de las bibliotecas de sus aulas hasta que hayan sido “revisados” por las autoridades competentes. El dato de prohibición de libros en ese año se elevó a 565.

Fico es ciertamente un fanático, pero no es nada original.

La exacerbación de la manipulación virtual ha desencadenado además una conspiración contra la lectura, la reflexión y el pensamiento. A la banda de los fanáticos eso no les interesa. Mire un último dato: en el 2025, ayer nada más, el gobierno de Trump con el argumento de devolver a los padres la educación de sus hijos, promovió la prohibición de libros y la censura, en la idea de que hay que poner fin al “adoctrinamiento radical” en escuelas y universidades, y “defender a las mujeres del extremismo de la ideología de género”. Son centenares y centenares los títulos que han salido de circulación.

“El Nombre de la Rosa” (Lumen 2016) de Umberto Eco, cuya trama se desarrolla en una abadía medieval y en su biblioteca, ha sido analizada desde todas sus aristas. Leí alguna vez que el laberinto que aparece en la narración es “una metáfora de nuestra mente” y esclarece con gran ingenio y brillantez el tema del miedo al pensamiento crítico, al pensamiento libre.

Queda claro para el lector que el censor del libro asume que quien tiene la información tiene el poder, de manera tal que al pretender controlar lo que tú puedes saber, está controlando además tu capacidad de imaginar.

Tal vez el ejemplo más patético para demostrar la imbecilidad y la ceguera del censor, lo protagonizó el califa Omar en el año 640 de nuestra era, cuando ordenó quemar todos los volúmenes de la biblioteca de Alejandría, en Egipto. Su razonamiento es un monumento erigido a la estulticia: “si estos escritos de los griegos concuerdan con el libro de Dios, son inútiles y no es necesario conservarlos; y si discrepan, son perniciosos y deben ser destruidos…”

Tanto Julio César en el 48 a.C como el emperador Teodosio en el 391, hicieron con esta biblioteca ejercicios similares.

El colofón de todos esto tiene un aire de comedia. Fico, dotado del Malleus Malificarum, ese “martillo de las brujas” que tanto defendieron los monjes dominicos medievales, entró en trance y sentenció que ni el libro ni el evento, serían permitidos; pero la presentación si se hizo y el libro sigue vivo, feliz con su inesperada promoción y la desaforada dotación de oxígeno mediático. Ite, missa est.

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