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Al Alberto

Hasta la vista, baby

Por Alberto Morales Gutiérrez

Creo que la denominación de “Inteligencia Artificial” dada a los desarrollos tecnológicos asociados a la recolección, sistematización y gestión de datos, fue un acto de prepotencia ingenieril que, no solo ha hecho mucho daño a los humanos, por la equivocada percepción de su significado, sino que empieza a tener costos severos para esa industria.

La noticia de esta semana fue la intempestiva renuncia de Ben Coxon, quien había estado vinculado a Open AI y Anthropic, dos gigantes del negocio de la IA.

Coxon, francamente asustado, se sumó al clamor de otro técnico, Samuel Marks, que renunció a la misma compañía. Los dos hacen referencia a los alcances no solo reales sino incontrolables de los nuevos modelo de IA, que han protagonizado hackeos realizados de manera autónoma y otros “comportamientos” erráticos.

Claro que el asunto mete miedo. Pareciera el amanecer de Terminator

La resonancia dada a estas renuncias presionó a que algunos líderes de la industria, como el mismísimo Darío Amodei, director ejecutivo de Anthropic, tanto como Sam Altman, director ejecutivo de Open AI, pidieran a la dirigencia de ese sector que era necesario ralentizar el ritmo del trabajo. Desde luego Donald Trump y Mark Zuckerberg, entre otros, se opusieron a tal propuesta. ¡“Son negocios, socio”!

Los manejos de la información, las estrategias de marketing asociadas a sus logros y la innegable velocidad en los avances, cubrieron a la “Inteligencia Artificial” de un halo de destino inexorable y de desarrollo sin fin, que nos llevaría a ser reemplazados totalmente por esta máquina colosal que, como dice Ramió Arnau, está compuesta de una enorme cantidad de capas o actividades independientes que terminan interactuando. 

Una capa son las App o modelos como Chat GPT, cuya función esencial es ser un archivo repleto de datos. Otra capa son los diseñadores de chips. Una tercera capa son los fabricantes de los chips. Esos componentes se reúnen en un cuarto nivel que Arnau llama “la máquina que fabrica las máquinas”: los espejos de los chips.El quinto nivel entrega el sofisticado artilugio en donde se guarda la descomunal memoria existente y que se alimenta más y más cada día. El sexto nivel es el centro de datos, otra instalación de dimensiones impensables y el séptimo nivel es el denominado “mundo físico” de la IA: el transporte de la energía necesaria para que todo esto funcione, un mundo que, aunque es más complejo, se sintetiza en el cobre, el metal que lo conecta todo; al que se suman el acero, el agua, el suelo, la mano de obra y el talento humano que participa.

Cada uno de esos niveles opera en un territorio diferente del planeta, desde Taiwán, pasando por Holanda, EE UU y China. Se trata de la cadena industrial más grande y compleja que jamás haya existido, una cadena que devora energía en cantidades alarmantes; energía que, ya se sabe, dentro de cinco años no les va a alcanzar.

En el siglo XVII, don Julien Offray De la Mettrie definió al cerebro humano como una máquina perfecta, dotada de células que, al interconectarse entre ellas, hacían funcionar la mente. Esta es la idea que se impone entre los arquitectos de la IA. Simular la estructura del sistema neurológico de la especie humana, desencadenar sinapsis como las de nuestras neuronas, de manera tal que el pensamiento emerja al interior de las máquinas. Elon Musk, que es un truhan, dice que falta muy poco tiempo para lograrlo.

Ha de saber usted que Musk adora a los profesores Warren McCulloch y Walter Pitts quienes, en el ya lejano 1943, crearon el primer modelo matemático de una neurona artificial, con entradas y salidas. No es una tarea fácil. Aunque han logrado conectar los abundantes datos y establecer relaciones entre ellos, de manera tal que una máquina pueda programarse para jugar ajedrez, por ejemplo, pero no jugar parqués al mismo tiempo, y hay también programación de conversaciones, y pueden surgir textos bien elaborados sobre diferentes temas; la verdad es que el camino es más complicado. Las neuronas reales están dotadas de “arborizaciones dendríticas” que exhiben propiedades no solo eléctricas sino químicas y que “no son nada triviales”. Una de las complejidades más relevantes es que las neuronas “pueden tener conductancias iónicas que producen efectos no lineales”, de manera tal que pueden recibir decenas de millares de sinapsis variando en posición, polaridad y magnitud.

Bueno, otro experto refiere además, que la mayor parte de las células del cerebro no son neuronas, son células “gliales” que no solo regulan el funcionamiento de las neuronas, sino que también poseen potenciales eléctricos, generan ondas de calcio y se comunican entre ellas.

Tal vez el asunto más importante surge de una pregunta simple: ¿puede dotarse a las máquinas de sentido común? Se ha dicho de este sentido que se trata de un fenómeno que trasciende la capacidad de raciocinio individual y conecta al sujeto con su historia, sus experiencias, la sabiduría popular, las creencias colectivas y todo ello imbricado en la cultura y en esa condición de seres sociales que nos identifica como especie.

Percepción, representación, razonamiento, acción, son cuatro componentes esenciales que deben desarrollarse con solvencia en el intrincado universo de los microcircuitos para empezar a avizorar el verdadero sentido humano de aprender. Están lejos.

El problema delicado es que la gran mayoría de las gentes asumen que ese proceso ya está logrado. Conversan con Siri o con Alexa, como su fuera otro ser humano que está ahí en frente; resignan en la IA los trabajos escolares y las tareas profesionales; tienen una confianza total en la data que les suministra, no la confrontan. Le piden diagnósticos, recomendaciones, caminos a seguir. Se niegan a pensar, resignan en el silicio el transcurrir de sus existencias…se  d-e-s-h-u-m-a-n-i-z-a-n.

No pareciera que los trabajos de programación estén incorporando objetivos que dialoguen con las intenciones, intereses y valores humanos, no. La programación se centra en la eficiencia y rapidez de respuesta al interrogante específico, no en el contexto, ni en sus efectos.

En el sector empresarial la situación es patética. La obsesión con el alto rendimiento ha desencadenado un disturbio real y están abrumados al máximo. La mediocridad se ha entronizado. La IA no tiene quien la gobierne. Es en la IA que se ha resignado el análisis de los mercados, las predicciones de demanda, la detección de los riesgos, la recomendación de las acciones, el diseño de la estrategia.

La automatización no logró que el trabajo humano se desplazara hacia el juicio, la creatividad, la colaboración, el liderazgo, la resolución de problemas. Ejecutivos y operarios se levantan cada día con la certeza de que van a ser reemplazados.

Ni qué decir de lo que está pasando en el mundo académico.

Si nos negamos a entender, a luchar por conquistar la prevalencia de la inteligencia humana sobre el volumen y la velocidad del dato, estaremos transitando voluntariamente hacia una patética condición de zombis; precipitándonos hacia los abismos de la ignorancia plena. La IA es una herramienta, una muy buena herramienta para seleccionar información en tiempos récord. Qué hacer con esa información debe ser nuestra tarea irrenunciable. Lo otro es aniquilar el más mínimo ejercicio del pensamiento. Así nos quieren los Musk, los Trump, los Zuckerberg…no podemos permitirlo.

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