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¿Los griegos o…los romanos?

Por Alberto Morales Gutiérrez

Es bien sabido que las gentes tomamos partido. Lo hemos hecho desde el principio de los tiempos, cuando los seres humanos empezábamos a habitar en nuestras creencias. Así, las ideas que se configuran desde nuestras culturas, desde nuestras religiones, las ideas que se asientan en la geografía que habitamos, las que se construyen desde nuestro género, o desde nuestra visión política; van trazando en nuestros cerebros unas rutas de rigidez física y conceptual a través de las cuales transitan nuestras “verdades”.

Siempre tomamos partido.

Nos asombra y se nos hace inadmisible que haya quien defienda la bárbara posición de Netanyahu y de muchos judíos, en la franja de Gaza, o, por el contrario, que haya quien no entienda el desgarre de los palestinos mientras los expulsan de sus tierras. ¿Acaso mi Dios no es más poderoso, bueno y sabio que el tuyo?, ¿no entiendes que mi Dios es el Dios verdadero, mientras lo tuyo es una charlatanería que no tiene manera de sustentarse?

Se nos hace virtualmente imposible observar los grises. Solo tenemos ojos y cabeza para entender lo blanco o lo negro.

Desde mi adolescencia, una de las “verdades” que asumí con mayor facilidad fue tomar partido por los griegos, por su arte en particular y su cultura en general; por sus pensadores y por sus logros.

Asumí, sin objeciones, la narrativa según la cual, desde la derrota infligida por los romanos a la Liga Aquea en el 146 a.C., cuando Grecia se convirtió en un protectorado del imperio, se presentó allí un fenómeno inédito: un “sincretismo” en el que el conquistador terminó “cautivado por los encantos del pueblo conquistado”.

No fueron pocos los autores citados por don Jonás Mendieta, nuestro profesor de historia universal, en los que se refería a este hecho con gestos emocionados y frases grandilocuentes, afirmando que el pueblo griego, “¡sin usar armas!” impactó en la mentalidad y conformación de una cultura que era diferente a la suya.

Poco me importó recibir otro tipo de informaciones en la universidad, cuando en estudios generales algún profesor habló de la cultura greco-romana e hizo referencia al hecho de que rasgos propios de esa civilización conquistada, como la pederastia, las doctrinas epicúreas y las bacanales, eran mal vistas en general por los romanos. Se me grabó, por el contrario, la frase célebre del poeta Quinto Horacio Flaco, muy romano él : “Grecia cautiva a su salvaje conquistador”.

Instalado pues en esa verdad, empiezo a leer “Las razones del Arte” de Michel Onfray, editada por Paidós en noviembre de 2023 y encuentro esta provocación sin anestesia que nos lanza el autor, en la que afirma que, “contrariamente a lo que se dice y se repite estúpidamente después de Hegel, la estatuaria romana no es una copia poco afortunada de la griega por parte de los ingenuos romanos insensibles al arte”.

¿Quién dijo miedo? Insiste el autor en que se han difundido las mismas “tonterías” respecto a la filosofía y llama la atención sobre lo que subyace en esas afirmaciones: “como si los romanos hubieran sido unos patanes incapaces de ponerse a la altura estética o metafísica de los griegos”.

Para Onfray, el tema de la “estatuaria” tiene más trascendencia de lo que se puede pensar, porque ella no solo sintetiza esa diferencia, sino que, en términos filosóficos, permite entender cómo cada una de esas dos culturas “asumió la filosofía del ser”.

La argumentación me pareció fascinante. Las esculturas griegas proponen un tiempo petrificado -dice- un tiempo que escapa al tiempo. Parece enredado, pero se pone uno a mirar y es cierto. Esas divinidades reflejadas en las esculturas, la abundancia de “gráciles” efebos, de deportistas con fabulosos cuerpos, son concebidos así para “conjurar la muerte”, para “atajar las consecuencias del tiempo que padece la carne”. Todos esos personajes están representados en su tiempo perfecto, en su momento más perfecto.

No ocurre así con la escultura romana, pues en ella se capta el tiempo real, inmanente, el tiempo concreto de quien es “retratado”. Para Onfray el tiempo de los griegos en sus esculturas es “el tiempo de la gracia”, el de los romanos es el “verismo del tiempo detenido”.

La imagen que aparece al inicio de esta columna, es una escultura romana, la de Marco Tulio Cicerón, ese ecléctico notable que brilló como abogado, filósofo, político y orador. En la imagen, Cicerón aparece con el cráneo despoblado, con arrugas en la frente, en el rabillo de los ojos, alrededor de la nariz. Tiene la carne flácida, la barbilla hinchada, pliegues en el cuello; con su toga de senador patricio, fijado ahí y así, por y para el imperio. No soy yo quien lo describe, es Onfray quien lo revela.

Explica que la verdad de Cicerón no está en su infancia, en su adolescencia o en su juventud detenidas, sino en la sabiduría alcanzada con el tiempo, la experiencia, sus vivencias. Lo resume muy bien: “el tiempo vivido”.

Me emocionó esa mirada, ajena al blanco y negro. Entendí la importancia de los matices y sobre todo la conclusión: “en ambos casos (Grecia-Roma) una misma y única cuestión atormenta a los artistas: mostrar que, frente a los efectos del tiempo, la nostalgia de la gracia es una solución y esta es la respuesta ateniense, o bien – y esta es la respuesta romana- hay que aprender a amar el propio destino, “amor fati”. Esta es toda la lección de la sabiduría romana…”

Fue para mí, un mazazo en la cabeza, una especie de catarsis. Soy propenso al sectarismo, a encerrarme en mis verdades y esto está lejos de ser una virtud. Vivimos además tiempos complejos, violentos, dispares, en donde es muy fácil zanjar cualquier diferencia ignorando al otro o borrándolo. Me gusta reflexionar en el sentido de que, salvo los principios éticos irrenunciables, todo pensamiento es susceptible de enriquecerse, transformarse o de cambiarse.

Ser capaz de mirar en otra perspectiva, encontrar matices, revisar la consistencia de nuestras verdades, puede ser una alternativa para reconstruirnos. De repente, se me ocurre que esta postura que implica un no a la resignación de creer en lo que creo, es también una forma de rebeldía y de insumisión.

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10 respuestas a «¿Los griegos o…los romanos?»

Gracias por tu confesión del penúltimo párrafo, yo siempre te he visto así, algo sectario, sobretodo en el análisis de la coyuntura política local y nacional, pero cuando te dedicas a los asuntos del espíritu es como si floreciera el desierto. Gracias Alberto.

Hola John. Bienvenido por estos parajes. Muchas gracias por tu lectura y comentario.

Gracias por ese recorrido cultural ya aprovechándolo y trayéndolo a nuestros tiempos es profundo el final de la columna y valioso para el mundo actual lleno de intolerancia, egocentrismo ansia de poder y carente de solidaridad
“Ser capaz de mirar en otra perspectiva, encontrar matices, revisar la consistencia de nuestras verdades, puede ser una alternativa para reconstruirnos”.

Hola Jesús. Te agradezco la lectura y el comentario. Pienso que recibirás nstruirnos es una urgencia!

No hay que pasar por alto que fueron los de Hamás los que el 7 de octubre atacaron con sevicia, alevosía y ventaja a inocentes israelíes que estaban en un festival de música electrónica. Entraron los de Hamás que estaban en Gaza y masacraron esa pobre gente que se encontraba indefensa. Israel respondió como respondería cualquier país del mundo y con la promesa de Netanyahu de acabar con el terrorismo hasta el último de ellos.Cosa imposible de llevar a cabo pues ellos,como nuestros “guerrilleros” se esconden entre el pueblo palestino y es por eso que hay tantos muertos. A ellos,los de Hamás,le importa un tabaco el pueblo palestino. Solo su odio visceral y el deseo de esa venganza ancestral los harán insistir en esa guerra que no podrán ganar nunca. Yo lo siento en el alma por el pueblo palestino, más no por Hamás y demás terroristas, a quien Dios o Alá confunda.

Hola Eduardo. Gracias por leer y comentar. La historia, la ética y la exacerbación de la crueldad, nos han enseñado a lo largo de miles de años que no existen las guerras justas.

Don Alberto, que delicia leerlo!!! Mil gracias por abrirnos ventanas de conocimiento. Mis respetos

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