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Al Alberto

Modestia, apártate…

Por Alberto Morales Gutiérrez

Encontré por casualidad un texto del abogado chileno Jorge Correa Sutil, en donde “para acertar o errar en este caminar a tientas”, aborda el tema del debate público y expresa la necesidad de construir una aceptación más generalizada de que vivimos en la incertidumbre y que nos necesitamos en esa deliberación

Escribe que esa ausencia de debate, tiene su origen en la deliberada actitud de quienes creen tener la superioridad moral para imponer sus puntos de vista y para descalificar al otro. No les gusta a los “superiores” lo que Correa denomina el ejercicio de “un diálogo de razones”, en el que cada cual se disponga a convencer, claro, pero también se disponga al riesgo de ser convencido. Esa opción se les hace inaceptable. Hay una total incapacidad – concluye – de reconocer que todos somos igualmente dignos e imperfectos y que nos necesitamos todos para alcanzar mejores decisiones colectivas.

En el ejercicio de la actividad política parece haberse entronizado la desaparición total del mas mínimo rasgo de modestia. Basta con que mire usted a su alrededor y que, incluso, mire un poco hacia afuera, y podrá evidenciar el desafuero de la inmodestia irradiando su oscuridad sobre el resto de los mortales.

Incluso el personajillo anodino e invisible cuya abyección y lagartería con los “superiores” le sirve para hacer “carrera”, es dado a verbalizar su inmodestia con el ciudadano de a pie que le objeta o le impide cualquier tipo de acto incorrecto, escupiéndole públicamente y con un alarido, el ya célebre “¡usted no sabe quién soy yo!”.

Esos elegidos, únicos, necesarios, sobresalientes, iluminados, tocados por las manos de todos los dioses, pierden la conciencia de su propia insignificancia existencial. Les ocurre lo del cuento “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen: todo el mundo ve su patética desnudez, pero los insignificantes no lo saben.

En la Francia del siglo XVII François de La Mothe Le Vayer (realmente nació en el siglo XVI, en 1588 y murió en 1672) fue, a no dudarlo, un intelectual sobresaliente. Su trascendencia está asociada no solo a su evidente talento sino a su manera de actuar. François fue un tipo realmente modesto. Desde luego, siendo un hombre público, esa modestia tuvo múltiples interpretaciones, muchas de ellas concebidas con mala fe, pero que no alcanzaron a oscurecer su brillo. De él se ha dicho que fue “un filósofo difícil de captar y, por tanto, fácil de encerrar en clichés y petrificar en malentendidos”

Es cierto. También lo definen como un cristiano que pasó por ateo, un escéptico que pareció dogmático, un filósofo al que se le endilgó ser “el Plutarco Francés”. Se ganó, ciertamente, muchos insultos y fue víctima de asombrosos malentendidos. También la modestia tiene un precio.

Onfray lo define bellamente: “La Mothe Le Vayer piensa de la misma manera en que crece una planta tropical”. Fue un prodigio: abogado en el Parlamento; sustituto del procurador general a los dieciocho años; fue preceptor del duque de Anjou antes de llegar a ser Duque de Orleáns; admirado por Richelieu para quien escribió muchos textos por encargo, ya contra las aspiraciones imperialistas españolas, ahora para celebrar las alianzas protestantes de Francia, o para contradecir a los jansenistas. Este último, en particular, con un título soberbio: De la virtud de los paganos. Su excepcional relación con Mazarino y Ana de Austria lo llevó a ser preceptor de Luis XIV.

Sorprende que este hombre familiarizado con las cortes de los reyes, allegado a los grandes de su época, acostumbrado al protocolo rimbombante de los viajes diplomáticos, educador de príncipes; dejara saber tan poco de su vida privada.

Es el típico caso de una vejez exitosa. Se casó tardíamente, a los treinta y tres años, con la viuda de un profesor de griego. Tuvo con ella un hijo también brillante que llegó a ser abad.

Su mujer murió cuando él tenía sesenta y siete años y también muere su hijo nueve años después. Tenía setenta y seis años cuando se volvió a casar con una “joven cuarentona”. Le importaron muy poco las burlas de las gentes que veían esa unión como un exabrupto. Supo ejercer con eficiencia en esa relación.

Nunca le cayó bien a Voltaire, quien utilizó su nombre para firmar opiniones que nada tenían que ver con su pensamiento. Una manera de desprestigiarlo con premeditación.

Fue hábil en fustigar el dogmatismo y tuvo a lo largo de su vida una vocación más que ecléctica, escéptica. Su pensamiento lo hace discípulo de Montaigne. Es tan escéptico que no cree en la amistad. No se atormenta. Le basta con transitar en paz consigo mismo.

Trató con soltura a los más poderosos de su época, pero jamás perdió su condición de hombre libre y conservó siempre su independencia de espíritu.

Es Onfray quien lo define de nuevo: Siempre mantuvo la distancia adecuada “ni demasiado cerca, pese a las apariencias, ni demasiado lejos”.

El justo medio parece ser su medida de la vida y de las cosas. Entendió como si fuera suya la palabra “acatalepsia”, ese término filosófico que hace referencia a la incapacidad de comprender o concebir algo, pero que él asume desde la perspectiva escéptica, en el sentido de que el conocimiento humano es solo probable y nunca cierto. Un postulado tranquilizante a no dudarlo, pues le da paso a la “ausencia de trastornos”, que es el escenario feliz de la verdadera calma.

La Mothe Le Vayer está en las antípodas de los “superiores” que todos conocemos, (puede hacer usted su propia lista) cuyas vidas carecen de paz, y cuyas mentes carecen de pensamientos, toda vez que esas gentes caminan por el mundo repletas de certezas. La Mothe Le Vayer dudaba y  eso lo hizo diferente.



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12 respuestas a «Modestia, apártate…»

Hola Piedad. Gracias por pasar por aquí. Es sorprendente esa actitud unilateral que ejercemos siempre, de aceptar deliberaciones con la intención y certeza íntima de que seremos nosotros los capaces de persuadir al otro, pero ni se nos pasa por la cabeza que el otro nos pueda persuadir. Debatimos desde nuestra verdad y asumimos siempre que el otro está equivocado.

De lo francés y sus políticos tenemos hasta hoy la muestra viva pasando de un canalla a un imbécil con toda la facilidad que lo permite el sistema ..lo de los perfumes parece que es invento de allá mismo.
En los círculos de poder no puede existir la modestia ni el equilibrio porque el piso donde se camina está construido con la pegajosa sustancia gelatinosa que emana de las mentiras necesarias en esos espacios.

Alberto:
Si de pronto entraran a tu casa unos malhechores depravados y además de robarte, pretenden violar a tu mujer y a tus hijas, y de súbito el líder frena la acción y te dice:
– Hablemos ¿Por qué no he de robar y violar a sus mujeres?
Usted, asombrado y lleno de terror no le responde nada y el hombre procede.
En esas usted armado de valor le grita:
– ¡Cómo se le ocurre animal infeliz!
Sin embargo el hombre no hace caso y le roba todo y sus hombres le violan a sus mujeres. Luego salen de la casa y usted empieza a vivir su tragedia.
Lo mismo ocurre cuando se finge querer un diálogo cuando no se aceptó el diálogo ni el acuerdo y se pone de espectador a la misma moral pública construida por los malhechores. No hay nada qué hacer sólo proceder, reformar y castigar.
En Colombia se intentó un diálogo y un pacto entre las fuerzas que ostentan el poder, y no se logró. Y no es cuestión de tener certezas ni de “tener la razón”. La realidad es más que evidente: un país atrasado esquilmado e hipotecado con más de la mitad de la población muriéndose de hambre.
La solución no es perfeccionar las tácticas, estrategias o enmendar los errores para continuar en lo mismo. Ese “gatopardismo” de cambiarlo todo para seguir igual, ya es anacrónico, más si quienes lo han liderado están sumidos en el delito.
Si demuestran que Gustavo Petro, Gustavo Bolívar, Carolina Corcho, Francia Márquez, Carlos Carrillo o el actual ministro de defensa y el director del ejército Almirante Cubides han cometido algun delito, aceptaré haber pecado de utópico e ingenuo y tal vez me refugie en mi condominio a tomarme un guarito y escuchar el “Cambalache” de Discepolín.

Hola Juan Fernando. Gracias por tu comentario y tu lectura. Me estoy deshaciendo de las certezas. No significa que asuma que todo lo que pienso es errado o absurdo, no. Alimento incluso lo que considero cierto. Pero estoy preparado para asumir que puedo estar equivocado. En esas estoy.

Don Alberto! Desde el título de su columna de hoy se engancha uno! Que maravilla! Hay que ceder de manera objetiva en nuestras creencias, muy difícil la tarea, pero no imposible, pues todo lo que sucede en la vida, pasa y hay que soltar ideas, conductas y etc etc, para entender que finalmente es una conciencia en paz y haber cumplido de acuerdo con el yo, lo que nos anima a la satisfacción de apartar la modestia. Un gusto leerlo!

Convencer o dejarse convencer es el dilema de quienes piensan tener la verdad, olvidando que la verdad es relativa; entonces, la idea debe ser la de mostrar alternativas para que el interlocutor escoja la que más compagine con su forma de pensar. Convencer con mentiras, miedos y propuestas efectistas como lo hacen los políticos, es engaño.
Nadie debe convencer a otra persona, porque si no tiene criterio propio, es manipulacion.

Hola Jose, agradezco mucho tu lectura y participación. Tienes razón, no solo la verdad, todo es relativo. Creo que no hay nada más constructivo y aleccionador que el diálogo. Poder dialogar, poder conversar es una de las razones de nuestra especie. Poder hacerlo libremente es la aspiración suprema.

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