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La falacia del voto útil.

Por Alberto Morales Gutiérrez

La inmensa mayoría de los votantes en la primera vuelta de las elecciones en Colombia, sienten, piensan, creen, que si gana el candidato diferente al que ellos votaron, Colombia se va a precipitar por un abismo y ya nunca podrá salir de esas profundidades. Así, la lógica argumental de la pregunta construida por cada bando, es la lógica apocalíptica: “¿Vas a votar por la democracia o por la guerrilla? / ¿Vas a votar por la justicia social o por el fascismo?”

Cualquiera sea el candidato que gane, sus opositores están absolutamente convencidos de que el país que conocen, va a desaparecer. Desde ese raciocinio, tratan de persuadir a todos aquellos que no votaron por ninguno de esos dos candidatos finalistas, para que lo hagan en la segunda vuelta por el que ellos proponen.

Piensan que depende de esos votantes, que el país “se salve”. Uno de los argumentos que más esgrimen es: “háganlo por sus hijos, por sus nietos, háganlo por lo que más quieran”. Y entonces, aparece el argumento del voto útil como la urgencia vital de estas horas aciagas. Ellos, desde luego, están confundidos, porque lo cierto es que el triunfo o derrota de cualquiera de sus candidatos, jamás puede depender de quienes piensan diferente a lo que ellos y esos dos candidatos finalistas, piensan. 

El argumento final para justificar el voto útil es una manera de edulcorar el carácter inmoral de lo que proponen. Dicen que hay que ser pragmáticos (para salvar al país) y que por ello se debe votar por el “menos malo” que es, en este caso, el candidato de las preferencias de quien está convocando a votar por él.

Esta extraña invitación, en un escenario de democracia; es una convocatoria a que, quienes votaron diferente, contribuyan a degradar hasta el extremo, todo lo de pensamiento, lo de libertad, lo de ideología, lo de visión del mundo; que anida y debe anidar en la decisión política del voto.

No existe diferencia alguna entre quien vende el voto, lo compra, lo obliga, lo cambia, lo corrompe; y entre quien lo transmuta en una supuesta decisión útil.

Así, toma forma específica el chiste de Groucho Marx: “estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Una frase que sintetiza la incoherencia, la ausencia de ideas, la hipocresía y la corrupción políticas. La verdad es que el voto útil hace que la decisión de votar pierda todo su significado.

Naturalizar su práctica ha contribuido de manera decisiva a envilecer la política y explica, en buena parte, la evidente desaparición de los partidos políticos. Cuando la política se transforma solo en una práctica electoral que, además, debe revestirse de pragmatismo: “hay que hacer todo lo que haya que hacer para ganar”, entonces ocurre que la ideología política, la ética política, la moral política, la práctica política, se convierten en una grosera colcha de retazos en la que cabe cualquier andrajo. 

El ejercicio del pensamiento ha sido sustituido por la emoción ciega. ¿Es De la Espriella un patán ignorante, un encubridor de delincuentes, un estafador?, ¡no importa!. ¿Es Cepeda un corifeo de Petro, que avala su disfuncionalidad, su egocentrismo, su protección desembozada de corruptos de siete suelas y  cultor del modelo neoliberal? ¡No!, ¡es un revolucionario!

Así, los partidarios del uno, gritan excitados: salve usted la patria, “¡por la razón o por la fuerza!; mientras los del otro responden con indignación: “¡hay quienes quieren ser gusanos para ser pisados!”. Todos ellos, sin distingo, quieren salvar a Colombia a como dé lugar. Incluso a garrotazo limpio

Los unos y los otros parecen desconocer el tortuoso camino recorrido por el voto, antes de que los mercaderes empezaran a hacer con él, lo que vienen haciendo.

¡Ah! de sangre derramada, de combates, de ideas, de debates y suplicios; los que están asociados al surgimiento del voto y al derecho a ejercerlo. La dimensión conceptual del voto no merece el destino al que quieren reducirlo.

Las revoluciones burguesas contra el despotismo monárquico y feudal, abrieron paso a las democracias y rompieron esa idea absurda según la cual el gobernante, el rey, el déspota, había de llegar allí por decisión divina. Tales revoluciones en auge desde fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, instauraron el sufragio como el derecho político y constitucional a votar los cargos públicos. Son los ciudadanos quienes eligen a sus gobernantes. Solo ellos.

No es cierto, nunca lo fue, que en la Grecia y la Roma antiguas existieran la democracia y el derecho al voto. Los senadores romanos que hacían parte de ese club privado al que solo accedían un puñado de privilegiados, eran quienes seleccionaban al emperador de entre ellos. Los ciudadanos romanos nada tenían que ver. La misma lógica de un cónclave de cardenales que se reúnen a elegir su Papa.

De hecho, aún en medio de las revoluciones triunfantes, la conceptualización del voto exigió más sangre, más dolores y nuevas revueltas. Ese derecho fue ejercido inicialmente solo por los hombres (el patriarcado no cedió un milímetro en esas épocas de transformaciones). Eran, además, hombres que debían tener capacidad económica y educación. El voto era elitista. Esas revoluciones no derrotaron el mundo de los privilegios.

Lo que hoy se conoce como el sufragio universal, el derecho que tiene todo ciudadano sin importar su género, su educación, sus condiciones económicas, a votar, a elegir y a ser elegido, fue estatuido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Antes, en 1893, Nueva Zelanda declaró el voto como un derecho que las mujeres podían ejercer. En nuestra América, fue Uruguay quien lo estatuyó en 1927. Las mujeres en Colombia solo pudieron hacerlo a partir de 1957. El acto legislativo fue aprobado en 1954.

En democracia, el voto es un poderoso mecanismo de participación ciudadana. Es un acto decididamente personal y por sobre todo, un acto de voluntad política. Es, en esencia, profundamente ideológico. El voto refleja una opinión personal sobre cómo quiere usted que sea su país, su región, su ciudad. Cómo interpreta su calidad de ciudadano, cuál es su idea de la vida en comunidad, su idea de la libertad, su idea del gobierno, su idea de los derechos y de los deberes. Entraña también una visión de futuro. La visión suya, desde luego.

Esa expresión de lo que usted piensa, explica la valide e importancia del voto en blanco, por ejemplo, porque implica que usted se traslada hasta el puesto de votación y ejerce su derecho ciudadano, aplicando todo el protocolo previsto por la ley; señalando en el tarjetón el espacio constitucionalmente previsto para votar en blanco. Ejerce, con ese acto, el derecho a expresar que ninguno de los candidatos representa lo que usted piensa, ni representa su idea de la ciudad, de la región o del país que quiere para usted y para los suyos. Nada que ver con el abstenerse de votar.

El voto útil, en cambio, no es nada distinto a una marrulla electorera. No está previsto en la Constitución, es un artilugio que solo le sirve a quien cree que la única idea válida en el ejercicio ciudadano, es ganar a como dé lugar. El voto útil lo instrumentaliza, deja de ser usted, se convierte en el otro. El voto útil es, a no dudarlo, una falacia.

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