Todo se inició con el modelo de libre mercado, con el auge del capital financiero y la peste de la globalización. Casi sin darnos cuenta, en nuestros países, vivimos también una “muerte moral” y renunciamos a ser nosotros mismos. Perdimos igualmente “nuestro mundo de sentidos” y nuestros “modos de organiación social”.
Por Alberto Morales Gutiérrez
Yo creo que, tal vez en los últimos sesenta años, la acepción “crisis” ha sido utilizada con más regularidad, más intensidad, más cotidianidad, que nunca antes en la historia. Con ella, hemos terminado calificando muchas veces o definiendo el resto de las veces, todas las situaciones, todos los instantes. Desde la crisis de identidad, la crisis de pareja, pasando por la crisis social, la crisis de los inmigrantes, la crisis de la edad adulta, la crisis del capitalismo, la crisis de la adolescencia, la de la salud, la crisis climática; hasta lo que los analistas denominan “la crisis civilizatoria”. El listado de las crisis parece interminable.
Abusar de su uso es un problema real, porque al igual que ocurre con todo en este mundo, también las palabras se desgastan, pierden brillo y enfrentan conflictos reales desde el punto de vista de su significado y su significante.
En términos económicos, políticos y sociales, las batallas electorales que se están viviendo en el mundo este año, por ejemplo, son batallas libradas para que los electores de cada país lo “salven” de la crisis o lo “hundan” en la crisis. Colombia, desde luego, no es la excepción.
Es tan dramática la confrontación por la crisis que, quienes hemos sostenido que votaremos en blanco hoy domingo, hemos sido seleccionados, por unanimidad, como los únicos responsables de la crisis en la que se sumergirá el país. Somos los cobardes que nos negamos a adherirnos a sus candidatos salvadores.
En el año 2020, en plena pandemia, los filósofos, los economistas, los sociólogos, los médicos, los analistas; empezaron a escribir como unos desaforados, pontificando en caliente sobre esa tragedia global, esa crisis. Me sorprendía su capacidad de emitir opiniones sin un ápice de perspectiva. El primer ministro chino, Shou Enlai, en la Sorbona, se negó a opinar sobre las lecciones de la Comuna de París en 1971, porque los sucesos de 1871 (estaban celebrando el centenario) “habían ocurrido hacía muy poco tiempo”.
Recogí con mis compañeros de oficina, 83 documentos de análisis y reflexión que se hicieron en ese año, en los que se encuentran desde los filósofos “best seller”, hasta académicos brillantes e invisibles. Fue un ejercicio formidable. Aprendí sobre la vanidad intelectual, sobre las creencias, la superioridad moral, la prepotencia, y también sobre el reposo, la seriedad y la inteligencia. Uno de los textos que más me impactó fue el aporte de la filósofa, socióloga y psicóloga chilena Angela Boitano, quien escribió para la revista Mutatis Muntandis en su edición número 14 de junio de 2020 : “Noción de crisis: acepciones, límites y actualidad del concepto”. Es desde su mirada que nutro esta reflexión.
Para empezar por el principio, es bueno saber que la palabra crisis proviene de las acepciones griegas “krinein” o “krineiti”.
Lo que resulta apasionante es que esas dos palabras griegas tienen tres significados: decidir, separar, organizar. Esto tiene su historia.
Se atribuye a Tucídides en su texto “La guerra del Peloponeso” el uso más antiguo del término. El hombre recurrió a él para explicar la plaga de Atenas y organizar los hechos “en función de ciertos puntos de bifurcación”.
Tucídides separó, organizó, analizó, decidió.
Para hacerse entender, el texto de Boitano refiere la dimensión y magnitud de la crisis de la civilización indígena de toda nuestra América en el siglo XVI, que le hizo experimentar la destrucción casi total “de su mundo de sentidos y su modo de organización social”. ¡Una hecatombe!
Sobre la base de ese sucesos y las reflexiones de Tucídides, ella sistematiza la crisis como “la ocasión en que emergen ciertos elementos que impactan el significado de hechos dispersos y los reordena bajo cierta coherencia construida a posteriori”. Así, los fragmentos empiezan, no solo a tener nuevos sentidos, sino a conectarse para desencadenarlo todo.
La verdad es que aquí, en América, en el siglo XVI, una civilización, una cultura, se sometió a colaborar con la fuerza invasora, que era tanto como colaborar con el mundo y el poder establecidos. Para ello tenían que ejercer una “muerte moral”, una renuncia a ser ellos mismos. Fue el precio que pagaron por mantener “su existencia física, que es el fundamento real de toda moral y toda identidad”. Echeverría. Bolivar. LA CRISIS CIVILIZATORIA. Quito. octubre 2010.
Es necesario entender que las crisis sociales, políticas y económicas, las crisis de las sociedades, no aparecen repentinamente, ni aparecen de la nada. Las crisis se van fraguando. Una vez tienen efecto, entonces se pueden entender las señales que no vimos, se van uniendo los “fragmentos”.
La verdad es que nuestro país está inmerso en la crisis social, política y económica de toda la civilización occidental. Una crisis que lleva años en proceso de cocción y, en algunas partes de ese fogón occidental, ya está hirviendo.
Todo se inició con el modelo de libre mercado, con el auge del capital financiero y la peste de la globalización . Casi, sin darnos cuenta, en nuestros países, vivimos también una “muerte moral” y renunciamos a ser nosotros mismos. Perdimos igualmente “nuestro mundo de sentidos” y nuestros “modos de organiación social”.
Todo el relato individualista, toda la lógica consumerista, toda la estética, los deseos, los sueños, los formatos del invasor cultural y económico fueron debidamente asimilados. El “sueños americano” nos inundó hasta los poros y lo primero que lograron, en un tiempo récord, fue “derrotar el pensamiento”, como lo predijo Finkielkraut. Las señales de la “modernidad líquida” de la que habló Bauman, las reflexiones sobre la “sociedad del hiperconsumo” que denunciaba Lipovetsky y, sobre todo, la macabra aceptación del “dataismo”, el desafuero del “exitismo” , la inclinación servil ante y el dinero como única medida, única aspiración, único objetivo. La resignación frente a los estragos de las redes y el culto a la IA como símbolo de progreso.
Es patética la barbarie de la ignorancia entronizada y que se sintetiza en todo lo que representan personajes siniestros, ignorantes, como Trump, Milei, Bukele, que son la expresión concentrada del pensamiento neoliberal, un pensamiento que ha contaminado además la práctica política y “pragmática” de los Petro, los Lula, los Evo; genuflexos todos ante la banca internacional y amigos de los generales y senadores estadounidenses. Ese país país que es para ellos el faro de la civilización. Una vergüenza inclinarse a los pies de un imperio que agoniza.
La verdad es que la crisis de Colombia no la genera ninguno de los dos candidatos enfrentados hoy, ni el que gane. Con matices, desde luego, el neoliberalismo es su insignia. La crisis de Colombia está integrada a la crisis social, política y económica de la civilización occidental, que decidió negarse a pensar. Los retos que tenemos, frente a cualquiera de los candidatos que gane, son enormes.
