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El tal Tales, ¡se atrevió a pensar!

Por Alberto Morales Gutiérrez.

Es fácil de entender la manera como el pensamiento ha sido perseguido, aniquilado en el mundo de hoy. Hay fuerzas superiores que se han encargado de envilecerlo, ridiculizarlo, suprimirlo. Los medios de comunicación, la tecnología, la academia, la industria del espectáculo, la vida social, el universo aspiracional; actúan unidos en esta causa, y hay ya evidencias no solo de la paulatina disminución del coeficiente intelectual en el mundo, sino de la alarmante desaparición de muchas palabras, la reducción del lenguaje, la ausencia de reflexión.

Liderazgos tóxicos como los de Trump, Milei, De la Espriella, Bukele, no son la excepción sino la confirmación de la regla. Personajes incultos, ignorantes, elementales, mentirosos, bravucones, mesiánicos y decididamente incapaces, son aplaudidos por multitudes que ven en la suma de todos sus defectos, un dechado de “virtudes”.

Contrasta este desafuero de estulticias con lo que significó la existencia de Tales de Mileto. Un polímata notable (físico, filósofo, geómetra, matemático) de origen fenicio, que nació y murió en Mileto (624-546 a.C), una antigua población ubicada en lo que hoy es Turquía, bajo la denominación de Aydin, pero que pertenecía a Grecia en esos tiempos. ¡Hace ya 2.600 años!

Fue un personaje formidable, reconocido como el fundador de la escuela filosófica de Mileto, una corriente de la que se nutrieron Aristóteles y Platón, quienes hablaron maravillas de su método de pensamiento.

A tales de Mileto y a su discípulo Anaximandro se atribuye el surgimiento del pensamiento racional. Su enfoque pragmático y el hecho de haberse concentrado en lo que era para ellos decididamente observable, despejó los fenómenos existentes de todo contenido sobrenatural. Se requiere mucha inteligencia y mucho coraje para iniciar un combate temprano y sin cuartel, en contra de la magia y la mitología.

Hay un sector del ambientalismo cerrero cuya argumentación se ha enfocado en la magia y a quien le resultaría saludable remontarse a Tales de Mileto para entender en toda su dimensión el significado de su predicamento sobre lo que llamó “la naturaleza”, un término que le permite englobar todo lo existente y la razón por la cual “somos uno en un todo”.

Tan poderosa observación lo llevó a concluir que el principio de esa “naturaleza” y de la materia misma, era una única sustancia última: “arché”, ¡el agua!

Las mas grandes corrientes de la filosofía aplauden lo que se ha denominado como “el método de la escuela de Mileto”, cuyo principio básico es “deducir a partir de la observación”. De Tales de Mileto se ha dicho que es el “padre del pensamiento”

El mito del “despiste” filosófico.

Hay dos anécdotas que reflejan en toda su dimensión la personalidad de este científico, su relación con la vida, su pragmatismo a prueba de toda duda.

Relata Aristóteles que un día, transitando por una calle de Mileto, Tales estaba abstraído mirando hacia las estrellas, obsesionado con un tema astronómico, de manera que sin poder evitarlo, cayó a un pozo y se convirtió en el hazmerreír de los transeúntes. Lo veían totalmente despistado y ajeno a las cosas terrenales.

Tales, inmutable, pudo resarcirse de manera impecable, cuando gracias a sus conocimientos astronómicos, a su memoria y a su capacidad de síntesis, pudo prever acertadamente que la próxima cosecha de aceitunes sería francamente notable. No se lo contó a nadie. Se dedicó durante el invierno a comprar con paciencia y a muy bajo precio, la gran mayoría de las prensas de aceite (les decían almazaras) que había no solo en Mileto sino en Quíos, la población más cercana, de manera tal que al llegar la época de la recolección de las aceitunas, era a él a quien debían alquilar las prensas. Lo hizo a precio de monopolio y ganó una fortuna. Desaparecieron las burlas.

Su condición de polímata generó muchas leyendas a su alrededor. Las gentes no se explicaban de dónde habían salido sus abundantes y profundos conocimientos sobre las más diversas materias.

Todo apunta a que fue condiscípulo de Solón, el gran reformador griego y de Ferécides de Siros, el filósofo y escritor que salvó a Éfeso. En Egipto, fue alumno de los sacerdotes de Menfis y Diáspolis, cuya sabiduría era notable.

Se hizo experto en los ciclos de los eclipses babilónicos y pasó a la historia también por haber “predecido” con precisión el eclipse solar de junio del 585 a.C. También se dice que logró desviar el río Halys para que fuera cruzado por el ejército de Creso.

Diógenes Laercio, en el siglo III d.C escribió su texto emblemático: “Los siete sabios de Grecia. Filósofos presocráticos. Escuela Jónica”. En esa obra, Tales de Mileto ocupa un lugar relevante

Los teoremas de Tales de Mileto despiertan aún hoy gran curiosidad y en el libro “Elementos” de Euclides se registran los descubrimientos matemáticos más destacados de este personaje sin par. Acertó en el esclarecimiento de la altura exacta de las pirámides de Egipto mediante el método de medir la proyección de sus sombras a una horas determinada del día.

En geometría, no pierde vigencia su “teorema del ángulo inscrito” que demuestra cómo el diámetro de cualquier círculo lo dividirá en partes idénticas.

Tales de Mileto hizo de su geometría una experiencia más compleja y abstracta, poque dedicó más trabajo a las curvas y a las rectas, que al tema de las superficies. 

Atreverse a pensar, ejercer una curiosidad desmedida, dudar con convicción, no tragar entero, no adoptar ninguna actitud reverencial frente a nadie, son lecciones que hay que reivindicar hoy, cuando la imbecilidad cunde, las certezas abundan y las gentes no quieren aceptar nada que no se parezca a su verdad, ni pensar nunca en las consecuencias. Es como si Tales de Mileto hubiese hecho hace ya 2.600 años una especie de premonición, de llamado de atención, de convocatoria salvadora: “el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”.  

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