De la Espriella, cuya vulgaridad e ignorancia no tiene fronteras, se exhibe en Santa Marta con una pistola al cinto, sin entender su propia pequeñez; jugando a ser Clint Eastwood, el vaquero impasible, indomable, certero. Así, el macho más macho entre todos los machos, desdice de la dignidad presidencial y termina protagonizando una imagen patética de adolescente estrenando rol. “¡Plomo es lo que hay!”
Por Alberto Morales Gutiérrez
Los atarvanes en el poder, esos patanes repletos de liviandad grosera; modelos deplorables de la política en el mundo de hoy: los Trump, los Milei, los De la Espriella, los Bukele, para no citar sino cuatro ejemplos contemporáneos, parecen constituirse en la punta de lanza de la “catástrofe civilizatoria”, eso que los pesimistas definen como el fin de las democracias.
John Adams, quien fuera el segundo presidente de los Estados Unidos, afirmó en 1808 que todas las democracias se habían suicidado. Tal vez unos diez años después, James Madison, el cuarto presidente de ese país, sustentaba que la vida de las democracias es corta y que su muerte es violenta. Estos dos datos le permiten a Daniel Innerarity explicar la democracia como una construcción política que, no solo experimenta avances y retrocesos, sino que no tiene asegurada su inmortalidad.
Desde luego, nadie está en capacidad de afirmar hoy que la democracia es el único modelo posible, pero Innerarity aventura un concepto según el cual, más que complots contra la democracia, “lo que hay es debilidad política, falta de confianza y negativismo de los electores, oportunismos de los agentes políticos o desplazamiento de los centros de decisión hacia lugares no controlables democráticamente…” (La Libertad Democrática. Galaxia Gutenberg. 2023)
La verdad es que esa manipulación de las redes sociales, la ausencia de pensamiento crítico en el electorado, y la conspiración de los ejes del poder, se constituyen en una especie de coctel enajenante que selecciona a estúpidos altamente manejables, para que sin tocar los intereses de esos poderosos que los aúpan, exhiban sin pudores toda su ignorancia, sus banalidades, su vulgaridad, y se sientan superiores.
Es desde la ignorancia y la ordinariez, en donde la política y la descalificación del otro, del diferente, del que no piensa lo mismo que yo, se transfigura en odio. Emerge el fanatismo. Todos los otros son despreciables.
Innerarity trata de matizar este severo problema con el argumento de que “debemos interpretar bien ese odio” y apela a la filósofa y psicoanalista francesa Cynthia Fleury quien ha desarrollado la idea de “la hipocresía del odio que se practica en las sociedades populistas” que, según ella, “son belicosas bajo la condición de no tener que pagar ningún precio”. Así, escupen provocaciones que “afortunadamente no incendian más que las redes” (¿?¡!) Cynthia, sin lugar a dudas, está delirando e Innerarity ha sucumbido a su delirio.
El odio está ahí, instalado en el corazón de “las gentes de bien” con la misma severa profundidad que está instalado en las “fuerzas del mal”. Ya no hay fronteras ni matices. “Mataos los unos a los otros” es el mandato del nuevo evangelio y esta macabra idea parece que ya no le molestara a nadie.
Trump es un auténtico matón enajenado. Gesticula, grita y amenaza. Día de por medio “destruye”, “arrasa”, “acaba” con una civilización. “Soy el mejor gobernante del mundo, comando el ejército más poderoso de la tierra”. Ese es el balbuceo que lo identifica y lo define.
De la Espriella, cuya vulgaridad e ignorancia no tiene fronteras, se exhibe en Santa Marta con una pistola al cinto, sin entender su propia pequeñez; jugando a ser Clint Eastwood, el vaquero impasible, indomable, certero. Así, el macho más macho entre todos los machos, desdice de la dignidad presidencial y termina protagonizando una imagen patética de adolescente estrenando rol. “¡Plomo es lo que hay!”
Michel Onfray en su texto La Política del Rebelde (Anagrama 2020) esclarece que el tema del poder democrático de hoy es unidireccional, como debe ser. Se ejerce solo desde la perspectiva e intereses de lo que denomina el varón blanco, adulto, occidental, cristiano, heterosexual, casado, con un capital cultural y un volumen de bienes materiales codificados, que es, además, el único dotado para poseer y ejercer la violencia social autorizada y legitimada contra los otros…¿quiénes son los otros?, las mujeres, las gentes de color, los jóvenes, los adolescentes, los viejos, los musulmanes, los homosexuales, los incultos, los analfabetos, los delincuentes, los pobres, los minusválidos físicos o mentales, los célibes, los solitarios, los insumisos… De la Espriella, Trump y los otros, están con los que son.
Me seduce la sugerencia de Onfray frente a este desafuero. Propone un ejercicio combativo de la “ética pagana” y una práctica irrenunciable y libre del pensamiento crítico; de manera tal que tanto la ética como la política estén instaladas “en el perpetuo terreno de la resistencia”. Se trata de asumir una actitud, un estilo, un modo de ser, una manera de decir y de hacer, un temperamento que, inspirado por la resistencia, esté dotado para ejercerla sin tasa ni medida.
La resistencia de Spinoza, por ejemplo, es una lección profunda, inconmensurable.
Aprendí, gracias a Álvaro Lobo, que Baruch Spinoza, su nombre judío, se transformaba en Benedictus Spinoza, en latín y Benitus en portugués. En los tres idiomas se traduce “bendito”.
Es fascinante cómo un hombre que nace en el seno de una familia judía, es capaz de sacudirse de las verdades reveladas y construir una visión del mundo y un pensamiento filosófico de gran profundidad que es, además, una concepción propia. Murió a los 45 años (1632-1677) que le bastaron para recibir el abrazo de la historia. Spinoza es un monumento erigido al pensamiento crítico.
Álvaro Lobo en su texto Vermeer y Spinoza: Dos Holandeses (Pí Editorial. 2020) plantea que Benedictus creyó que, “para alcanzar un estado político estable, debería ejercerse un gobierno con criterios racionales, permitir y prohijar la libertad de pensamiento y de expresión”. Un postulado que desencadenó el rechazo de la Iglesia y el régimen político.
En 1656 (tenía 24 años) la comunidad judía lo expulsó porque consideraba insoportable su pensamiento. Declaró un “cherem” en su contra. La excomunión judía. Todo lo que Spinoza decía o escribía, era visto por los jerarcas judíos como “abominables herejías”.
La Inquisición también lo persiguió. El testimonio de un monje agustino ante ese tribunal, expresa que Spinoza le había declarado que la ley mosaica no tenía sentido; que el alma muere junto con el cuerpo. Una carta del médico Olaus Borch relata que Spinoza consideraba que el nuevo testamento y el Corán “valen tanto como las fábulas de Esopo”. También dice que Spinoza supera a Descartes en múltiples aspectos.
El célebre polímata Gottfried Wilhelm von Leibniz lo visitó, y salió de allí francamente impresionado con su conocimiento. Spinoza fue un ateo dotado de enorme consistencia, una coherencia a prueba de terremotos y una vida virtuosa hasta el extremo. Rebelde entre rebeldes.
Su “Tratado Político”, que quedó inconcluso (fue su última obra) es una lección que, de cara a la vulgaridad reinante, tiene hoy una especial vigencia conceptual, aunque está centrado en el régimen monárquico. Es razonable. Se trata de un texto de hace 350 años.
Pero bueno, hay que entender también que a la vulgaridad no le gusta la lectura.
