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La miseria humana del acosador sexual.

Por Alberto Morales Gutiérrez

No creo que yo tuviese aún los 15 años cuando Jairo Mazo, ese compañero del colegio que era un genuino crápula, alborotador, audaz, resistente a toda norma, malcriado, grosero, inteligente, divertido y el más leal y solidario de los amigos; nos propuso sobornar al taquillero de un teatro arruinado que funcionaba en Manizales, para que entráramos a ver “Lujuria Tropical”, una película cuya promesa era la desnudez total de Isabel Sarli, el oscuro objeto del deseo de los adolescentes, los adultos y los ancianos de mi época.

¡Lo logramos! Pero la escena del desnudo fue una estafa monumental. Isabel se veía en una playa. La toma era a kilómetros y su imagen lejana era minúscula e indescifrable en la distancia. La frustración fue total. Ni siquiera alcanzamos a descubrir la trama de la película, porque los recortes de todas las escenas “impresentables” desbarajustaron cualquier argumento. El taquillero, más inteligente que todos nosotros, se dejó sobornar porque sabía que la proyección era no solo inocente, sino incomprensible.

Lo verdaderamente fascinante fue la parafernalia para conseguir el dinero de las entradas; las conversaciones en torno a la belleza de Isabel; lo que desencadenaba en nosotros el solo pronunciar su nombre, las fantasías sin fin. Ya a esa edad, las narrativas fundamentales del dominio patriarcal estaban debidamente instaladas en nuestros cerebros pequeñitos: Isabel era un “objeto”. Asumida esa lección, claro que acosamos a muchas de nuestras amigas. Nos sentíamos con el derecho.

Los estados calenturientos nos convocaban a imaginarlas desnudas, a mirarlas transparentando sus prendas con nuestros rayos X, a pensarlas como “cosas” de placer. La agitación sexual se había apoderado de nosotros. Era un horror porque, de otro lado, el párroco en la misa dominical y en el confesionario y el rector en las peroratas del colegio y en los retiros espirituales; no cesaban en su satanización de los “pecados de la carne” y en su promesa de un infierno para toda la eternidad. ¡Qué encrucijada!

Tres o cuatro años después, sin haber encontrado el reposo, me fue dado conocer a don Julius Evola en su texto más emblemático: “La Metafísica del Sexo”. El librito circulaba con cierto morbo porque trataba un tema prohibido, pero resultó ser una revelación. En mi caso, tuvo un efecto liberador.

Entendí con Evola un tema del que nadie me había hablado: “el amor sexual”, esa experiencia exclusivamente humana que puede comprender un conjunto de factores mentales, afectivos, morales e incluso intelectuales, que exceden el ámbito biológico.

Evola cita al filósofo Ludwig Klages quien sostiene que “es un error, una falsificación deliberada, denominar al instinto sexual, instinto de reproducción”, y ese ir en contravía del discurso del padre Esteban, el de la parroquia, y el del padre rector, me pareció extraordinario. Fui estremecido, de igual manera, por otra afirmación demoledora de Evola: “la sexualidad humana no es, decididamente, una prolongación de la sexualidad animal”.

Pocos años después, terminé de entenderlo todo con don George Bataille y su “Breve Historia del Erotismo” Ediciones Calden. Urguay, 1970. La embriaguez superior de los amantes -explica- es una frontera que traspasa la voluptuosidad incluso. Es una embriaguez no física, que constituye el trasfondo de todo eros. Supe entonces lo que era el erotismo y lo experimenté además de manera apoteósica, sublime, didáctica, con la bella Inés, esa chica mayor por la que fui desflorado con una exquisitez inolvidable.

El sexo ha de ejercerse entre dos y ejercerse de manera consentida. Es una relación de igualdad mediada por el respeto, en la que no deben existir protagonismos dominantes. El sexo es bueno, decididamente bueno. Lo voy a repetir: el sexo es bueno, y su bondad reside en que es placer compartido. Es una bella locura mutua que lo mismo puede durar dos horas o una vida.

Y entonces, el acosador y su instinto patriarcal, desde el más profundo de los atrasos conceptuales, lo echa todo a perder. El acosador cree, desde su miseria humana, que ahí, en frente de él, hay un ser inferior, un objeto, una cosa de la que puede disponer para saciarse. Asume que tiene patente de corso para hacerlo, porque es un hombre, porque tiene el poder. El acosador carece de respeto, en él no habita la ternura. No existe la más mínima poesía en su gesto. Se comporta como una bestia. El acosador ve una boca, un cuello, unas tetas… no ve más. Sus estremecimientos son solo genitales, su pobreza afectiva es infinita.

El acosador suele defenderse alegando confusión. Que sus palabras y sus gestos carecían siempre de mala intención, que fue interpretado de manera inadecuada. Esa, lo digo desde mi posición de hombre, es una mentira colosal. El acosador premedita cada palabra, cada gesto y asume (esa es su fantasía) que la interlocutora lo va a entender como él quiere que lo entienda y, claro, va a ceder. Ignora, en su miseria, que la vibración de un acto de coquetería es sustancialmente diferente y cada mujer lo sabe entender a cabalidad. Por el contrario, la palabra del acosador la agrede, la intimida, la asusta; porque esa vibración meramente genital, sin alma, se siente a la distancia.

Cuando los acosadores tienen cierta presencia pública y tienen familia y son desenmascarados, es recurrente el clamor en defensa del sufrimiento de sus hijos, hijas y sus parejas. Hacen una extraña convocatoria al silencio para “no causar más dolores y otros daños”. Se trata de una falacia, una manera perversa de ocultar el hecho, cuando la responsabilidad de todo es exclusiva del acosador. Es él y solo él, quien ha causado el dolor a su familia.

Un texto de Belvy Mora que leí en “Mujeres en Red”, el periódico feminista, me permitió ver un aspecto adicional, cuando se define al sexismo como “un sistema de pensamiento y de conducta en el que el mundo se divide en sujetos y en objetos. Los “sujetos” ejercen influencia, controlan y son superiores, mientras que los “objetos” son influidos, controlados e inferiores”. Hay pues una asignación política de roles en los que los sujetos son los varones y los objetos las mujeres. Tal puesta en escena facilita la construcción de una fantasía que, es delirante desde luego, pero que encaja en el “ethos” patriarcal y que parece concebida para neutralizar a las mujeres inteligentes, es decir, las mujeres diferentes, en el ambiente laboral. Su impulso por penetrarlas, ya sea literal o simbólicamente, es para colonizarlas. Una manera de que pasen a ser suyas (del acosador) pues logrado su objetivo, esa mujer ya no es diferente y deja de ser una amenaza. Su acoso es una lucha inconsciente por la sobrevivencia. Por eso no existe en el acosador el más mínimo arrepentimiento. El acoso es su “buena” causa.

Las mujeres en el trabajo son muy incómodas para los acosadores. Su visión patriarcal del mundo las concibe solo aptas para las labores en el hogar, para tener hijos, para cocinar. Así, el acoso sexual funciona entonces “como un medio de control.” Detener a esa intrusa que se fue de la casa y es ahora una “callejera”

Es ahí en donde reside el silencio cómplice, el mirar a otro lado, el no darle importancia en las organizaciones; no solo para eternizar esa dominación, sino para que nadie señale los culpables.

Ahora, cuando ese escenario se sale de las manos, cuando no hay manera de controlar el escándalo, fingen sorpresa y emergen entonces, como por arte de magia, los comunicados institucionales cuidadosamente redactados para la historia, en los que se quiere dar la sensación de que se está del lado de las víctimas. Están mintiendo y son miserables. Eso todo el mundo lo sabe, pero ellos se niegan a creerlo. Confían en la dimensión de la logia patriarcal, en el abrazo protector de su relato dominante, pero no van a lograrlo…

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30 respuestas a «La miseria humana del acosador sexual.»

Nada más abominable que este tipo de personajillos producto de eso tan abominable, también, como el “machismo”. Si hay algo bueno, demasiado bueno, para hacer por dos es el amor y jugar tenis.
Hombre Alberto te lucistes y saludos a la bella Ines… Yo pensaré, estaré, en Beatriz

Pues por lo menos, ahora se habla del tema y se define como tal: Acoso, maltrato ,abuso de poder, de superioridad. El tema en los medios de comunicación era ” un secreto a voces”, dejó de ser secreto…veremos en adelante qué sucede

Hola Sandra. Si, se habla del tema, se denuncia, se activa la sororidad, se avanza. Gracias por pasar por aquí.

Trabajé desde los 90 en EPM cuando el número de mujeres era muchísimo menor al de los hombres. Fui objeto, literal, del acoso sexual de compañeros y jefes que no solo me violentaban con miradas morbosas y palabras de doble sentido disfrazadas de piropos sino que por esas trampas de la educación de monjas me hacían sentir culpable por suscitar esas emociones. Aún hoy cuando atrás quedaron las pasiones de la adolescencia sufro y me castigo cuando un compañero o “amigo” me utiliza como objeto de sus perversidades y fantasías. Aún me siento sucia y me autoagredo en mi autoestima. Mucho por trabajar en mí y en cómo poner en su lugar a mis machistas agresores

Hola Ángela. Me gusta mucho verte por aquí. El acoso es un horror. Me parece muy poderosa la frase de Gisèle Pelicot a propósito de estos temas: “La vergüenza debe cambiar de bando”. Eso es lo que hay que hacer. Abrazooooo

Alberto este tema es sensible para mí por otras razones y causas que no son del caso tratar aquí en este evento temático y se del estrago amargo o veleidoso que pudieroan sentir no sólo las mujeres puestas en la situación de inferioridad que divide a los sujetos enfermos de los objetos del deseo…….

Alberto, tú siempre tan preciso para nombrar lo innombrable. Tu escrito, revelador y directo, da un fresquito… sí hay quienes entienden y defienden que las mujeres tenemos derecho a ser respetadas.
Los acosadores están por todas partes. Y los recintos laborales siempre han sido lugares propicios para que los acosadores desplieguen sus tácticas malintencionadas. ¡Todas lo sabemos!

Alberto, excelente tu artículo. Me recuerda un libro q estoy leyendo, la llamada, en el que a las niñas argentinas,en l época de l dictadura militar, que eran violadas y no se hacían torturar o matar las calificaban de putas.
La cero tolerancia es el camino

Cataaaaa, siempre me emociono cuando te veo por aquí. Muchas gracias por tu lectura y comentario. “La vergüenza debe cambiar de bando”, esa frase de Giséle Pelicot que le referí a Angela sintetiza, me parece, tu intención sobre el ladrillo. Te quierooooooo

Estimado Alberto coincido en todo lo que expones como base definitoria de lo que es un sujeto acosador y un violador pero te pido que lo hagas de manera universal para ambos sexos por dos razones :
La primera es que en justicia a la verdad y los hechos demostrados todo individuo sea hombre ó mujer usará su poder e influencia para llevar a cabo sus fantasias sexuales sobre cualquier otro que se le antoje.
La segunda es que la aplicación de los procesos judiciales formales está plagado de casos en las que la motivación central subyacente es la obtención de una venganza erótica en términos económicos y sociales.
El erotismo no sólo se expresa genitalmente
Porque el termino mismo hace referencia al estado egoístico de la sensacion de placer.

Hola Eduardo, muchas gracias por leer y comentar. Pienso que, si bien es cierto que pueden presentarse acosos de ambos lados, en el acoso masculino subyace el tema del patriarcado que determina adicionalmente un tema ideológico profundo. Apelo al postulado dialéctico de “la contradicción principal”: el patriarcado hace estragos.

Querido Alberto, gracias por tu artículo tan lúcido, por tus referencias, tanto las emotivas de tus recuerdos adolescentes, como las intelectuales sobre las obras que pueden guiar una profundización en este problema que hoy es público, pero que ha estado ahí, en los diferentes escenarios. En las universidades ocurre desde siempre. Recuerdo con tristeza por nosotras, las estudiantes de la época, al profesor de una materia muy difícil en las áreas de ciencias, que durante el examen final dijo esta frase: “a las señoritas les recuerdo que están sentadas en la nota”. Posiblemente por los nervios del examen o porque en esa época era tolerada la expresión, nadie dijo nada, pero me quedó grabada como sentencia dolorosa. Un abrazo.

Maria Helena, hola. Agradezco mucho tu lectura y comentario. Tu ejemplo es notable, pues da una idea exacta de la manera como se fue naturalizando el acoso. Asumíamos todos y todas que eso era “normal”, cuando era una desvergüenza. Qué bueno que estas denuncias crecen y los acosadores ya no pasan de agache (no siempre) y está sometidos a sanción legal y sanción social.

Hay otros aspectos que podrían abordarse para mirar el fenómeno de las relaciones hombre/mujer o mujer/hombre en su más amplia complejidad, pero comparto tu lúcido punto de vista.

El hacerse público este escándalo, sale a flote también el doble rasero con el que se analizan las noticias. Igual sucede cuando es detenido un narcotraficante con vínculos de sangre con personas que se hacen llamar “gente de bien”. Circula una narrativa que todo fue una trampa o un complot con tan reconocidos periodistas. Quedé sorprendido al escuchar mujeres defendiendo esa posición, revictimizan a las periodistas que se atrevieron a denunciar. Su argumento a manera de cliché es” el hombre propone y la mujer dispone”, dejando de lado que muchas de las agredidas callan y soportan el asedio por temor a perder sus puestos de trabajo o el de que sean foco de escándalos qué puedan afectar su reputación y oportunidades futuras de trabajo.

Don Alberto, como siempre un gusto leerlo.
Yo creo todas las mujeres que crecimos en los años 60, fuimos acosadas y si se expresaba algún abuso era culpa exclusiva de quien padecía el abuso. Es bueno ver que la mujer hoy se expresa, pero si quedan secuelas.
Muy linda la forma en que nos lleva a ese amor vivido con Inés!

Hola Helena. Ya se visibiliza mas. Es una grata consecuencia de las luchas feministas.Muchas gracias por leer y comentar. Inés se me ha perdido del mapa pero la recuerdo con mucho cariño.

Dónde estará Inés. Alberto, desde la universidad he visto el acoso a las compañeras, en el trabajo, que lo realicé en una entidad machista por excelencia lo ví. Sólo ahora y por ser un medio visible hay bulla. Hay que revisar la historia y se verá como ha existido desde siempre, para ambos sexos, desde Roma y …

Hola Alberto. Felicitaciones por tu artículo. He escogido un párrafo que dice mucho, más de lo que suponemos. Ciro: :cuando ese escenario se sale de las manos, cuando no hay manera de controlar el escándalo, fingen sorpresa y emergen entonces, como por arte de magia, los comunicados institucionales cuidadosamente redactados para la historia, en los que se quiere dar la sensación de que se está del lado de las víctimas. Están mintiendo y son miserables” Y estoy acuerdo. Son unos miserables.

Hola Hugo. Agradezco mucho tu lectura y comentario. Es verdad que hay una vocación de engaño y distorsión en estos temas, que limitan con la estupidez

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